Puma Blue / Croak Dream (Blue Flowers, 2026)

El insomnio, cuando se cronifica, deja de ser una anécdota romántica de artista bohemio y pasa a convertirse en una disciplina involuntaria. Durante casi una década, Jacob Allen escribió de noche porque no podía hacer otra cosa. Mientras la ciudad dormía, él afinaba guitarras, programaba ritmos y aprendía a convivir con esa vigilia forzada que acabaría definiendo el ADN de Puma Blue. De ahí ese “sonido nocturno” que no es postureo sino consecuencia: bruma, latido contenido, una melancolía que no posa para la foto. Si el puma azul existe —y a estas alturas uno ya no lo descarta— no corre detrás de su presa: espera agazapado en la penumbra del estudio y salta cuando el oyente baja la guardia. Emboscada emocional, dentellada limpia en la nuca de la conciencia.

Desde los días de Swum Baby hasta el confesional In Praise of Shadows, Allen fue construyendo un catálogo de etiquetas propias —“dream soul”, “gothic R&B”, “dial tone blues”— que más que géneros parecen estados de ánimo. Pero en Croak Dream (Blue Flowers, 2026) hay un desplazamiento claro: de la penumbra estética a la exposición directa. Donde antes había letras crípticas, casi cuadros colgados en una galería sin cartela, ahora aparece una franqueza incómoda. “Desire” no se esconde tras metáforas opacas; habla de intimidad y cuerpo con una claridad que el propio Allen habría evitado años atrás por exceso de información. Aquí no hay cortinas gruesas: hay la luz fría del extractor del baño a las cuatro de la mañana, esa que no favorece a nadie y, precisamente por eso, no miente.

El concepto del disco —ese “sueño del estertor” en el que uno asiste a su propia muerte— podría haber derivado en solemnidad gótica. Sin embargo, Allen lo utiliza como prisma para mirar la vida con urgencia quirúrgica. Si sabes que el final tiene fecha, cada gesto adquiere relieve. Croak Dream opera como un memento mori sin campanas fúnebres: más bien como una conversación incómoda contigo mismo en la cocina, con la puerta del frigorífico abierta y el zumbido eléctrico marcando el tempo.

Sonoramente, el salto es evidente. Mantiene la arquitectura R&B y el jazz brumoso de sus inicios, pero introduce densidades nuevas: trip-hop noventero en la línea de Massive Attacko Portishead, ritmos que remiten al jungle y a esa estética industrial que uno asociaría con The Matrix o Fight Club. No es un guiño generacional gratuito; es la banda sonora lógica de alguien que ha pasado demasiadas horas despierto frente a una pantalla azul. La mezcla de Sam Petts-Davies —habitual colaborador de Thom Yorke— aporta profundidad y relieve, como si cada pista estuviera excavada en capas sucesivas de insomnio. En “Mister Lost”, un patrón rítmico suena a impresora vieja trabajando en la madrugada; en “Hush”, el Rhodes y un saxo espectral dibujan algo que podría haber sido un tema de Bond en versión insomne; en la pieza titular, las guitarras avanzan desde el caos hacia una claridad casi clínica mientras la frase “This is the death” se repite con obstinación hipnótica.

El disco avanza compacto en sus once cortes. No hay altibajos evidentes ni concesiones estratégicas: todo responde a una lógica de cocción lenta. Abstenerse amantes de melodías radiantes y estribillos eufóricos. Aquí el fuego es bajo y constante, y el guiso requiere tiempo y silencio. “Hold You” trabaja el espacio negativo con una precisión casi quirúrgica; “Cocoons” introduce una sensualidad contenida, sostenida por cuerdas disonantes y armonías en capas que no buscan aplauso sino cercanía física.

Hay también un componente catártico. Allen ha descrito el proceso como un exorcismo, y el término no parece exagerado: más que recrearse en la angustia, el disco parece querer despedirse de ella sin dramatismos. Los fantasmas no desaparecen, pero se sientan en la mesa y escuchan. Tras los experimentos de 2025 —Antichamber, Extchamber—, este trabajo suena a regreso a las raíces espectrales de Puma Blue, aunque con mayor músculo y una producción más ambiciosa.

En un panorama saturado de urgencias digitales, Croak Dream propone otra temporalidad. No compite por volumen ni por velocidad. Se instala en la noche y espera. Y cuando finalmente ataca, lo hace con la precisión de un depredador paciente: sin estridencias, sin aspavientos, dejando una marca que tarda en borrarse.

Puma Blue / Croak Dream (Blue Flowers, 2026)
A pesar de sus influencias evidentes, termina por trascenderlas y construir un lenguaje propio.
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