A veces nieva en abril. A veces una canción llega con la puntualidad cruel de los aniversarios y te recuerda que el calendario también sabe hacer de verdugo con guante blanco. Se cumplen justo ahora, en abril de 2026, diez años de la muerte de Prince, y hay versos suyos que vuelven con una nitidez incómoda, como si hubieran estado esperando esta fecha apoyados en una esquina de la memoria. “Sometimes I wish that life was never-ending / And all good things, they say, never last”. Pocas líneas resumen mejor esa mezcla de fatalidad, elegancia y mala educación sentimental que dejó el hombre de Minneapolis. Uno piensa en Sometimes It Snows in April y comprende que Prince tuvo algo raro entre los grandes compositores populares: sabía escribir epitafios antes de necesitarlos.
Pero reducir su legado a la obra firmada con su nombre sería como visitar una ciudad quedándose en la estación. Prince Rogers Nelson no fue sólo un artista torrencial, ni únicamente el autor de una discografía de dimensiones más bien indecentes, sino también un traficante de canciones para terceros, un diseñador de identidades, un alquimista capaz de entregar un diamante a otra voz y comprobar, con media sonrisa, que seguía brillando. A veces lo hacía con seudónimo, otras a plena luz, otras desde esa penumbra estratégica en la que se movía mejor que casi nadie. Ceder canciones no era para él una obra benéfica: era otra forma de componer el mapa.
Esta playlist de diez piezas permite asomarse a otro Prince: el autor que prestó repertorio, el productor que afinó destinos, el fantasma amable —o travieso— que aparece en discos ajenos con más autoridad que muchos propietarios. Son canciones que explican hasta qué punto su universo funcionaba como un sistema abierto. Cambiaba la voz, cambiaba el peinado, cambiaba incluso el decorado, pero el nervio seguía allí. Como esos edificios firmados por un arquitecto reconocible aunque les pinten la fachada de otro color.
La primera parada debía ser Sinéad O’Connor con Nothing Compares 2 U, porque hay canciones que no admiten rodeos. Prince la escribió para The Family, uno de sus proyectos satélite, y ahí ya era una pieza magnífica, contenida, con una melancolía recta, casi educada. Sinéad la convirtió en otra cosa: no en una versión, sino en una herida pública. La llevó del desgarro elegante al duelo a cielo abierto, y el mundo hizo el resto. Lo fascinante no es sólo que la canción sobreviviera al cambio de contexto, sino que pareciera esperar precisamente esa otra voz para completar su biografía. En manos de Prince era una despedida nítida; en las de O’Connor, una habitación entera vaciándose de aire.
Con Chaka Khan y I Feel for You ocurre algo distinto pero igual de revelador. El original, incluido por Prince en su disco homónimo de 1979, ya exhibía una intuición melódica formidable, pero la lectura de Chaka convirtió la canción en un artefacto mutante: funk, pop de alto voltaje, rap primerizo, sofisticación de pista de baile y un sentido del gancho casi obsceno. Ahí se ve una de las grandes virtudes del cancionero de Prince: soportaba reforma integral sin que se viniera abajo la estructura. Otros escribían buenas canciones; él escribía planos maestros.
Bajo el alias de “Christopher” llegó Manic Monday, cedida a The Bangles después de haber pasado por la órbita de Apollonia 6. Puede parecer un desvío menor en comparación con sus himnos más carnosos, pero en realidad es una demostración bastante fina de su talento. Prince entendía que el pop más liviano sólo funciona cuando está fabricado con una seriedad casi maniática. Manic Monday tiene ese don de las canciones perfectas: parece sencilla hasta que uno intenta desmontarla. También sirve para recordar que sabía escribir sobre la rutina sin convertirla en una asamblea. El lunes, en sus manos, podía sonar como una comedia romántica con ojeras.
Algo parecido sucede con The Glamorous Life, entregada a Sheila E., aunque aquí el asunto se vuelve más sinuoso. La canción brilla, desfila, mueve las caderas y parece disfrutar del champán y del tacón alto, pero en el fondo lleva incorporada una observación bastante aguda sobre el vértigo del lujo y la soledad del escaparate. Prince le regaló a Sheila E.mucho más que un éxito: le dio una pieza central de su teatro moral, una canción que se mueve con soltura entre el placer y la ironía. La percusión muerde, la melodía se contonea y, detrás del espejo, alguien toma notas.
Con Martika y Love… Thy Will Be Done aparece otro de sus registros más finos: el del misticismo sensual, esa zona en la que lo espiritual y lo carnal dejan de discutir y se sientan en la misma mesa. La canción, construida a partir de ideas de Martika y pulida por Prince, tiene algo de plegaria pop suspendida en el aire, como si hubiera sido grabada entre velas y sintetizadores con una ventana abierta a las tres de la mañana. Aquí el genio de Minneapolisno invade tanto como orienta: ilumina el contorno de la artista sin borrarla. No era poca cosa. Mucho productor entra en una canción ajena como un turista con megáfono; Prince, cuando quería, sabía entrar descalzo.
Más punzante resulta el caso de Sheena Easton con Sugar Walls, firmada por “Alexander Nevermind”, otro de sus alias con sonrisa de jugador profesional. La canción fue un pequeño escándalo en su momento, claro, pero interesa sobre todo por lo que revela del método Prince. No se limitaba a escribir un tema pegadizo: entendía el poder de una canción para alterar la narrativa pública de un artista. A Easton no le entregó sólo una provocación de escaparate, sino una pieza diseñada para tensar su imagen y desplazarla unos centímetros fuera de su casilla. En el pop, a veces esos centímetros son una revolución entera.
La conexión con Céline Dion merece capítulo aparte, más aún ahora que el archivo de Paisley Park ha recuperado la versión original de Prince de With This Tear, grabada en 1991 y publicada precisamente en este abril del décimo aniversario. La Céline de 1992 la convirtió en una gran balada contemporánea, con esa amplitud de foco que parecía exigir telón, foco cenital y una producción a la altura del drama. La toma de Prince, en cambio, tiene algo más reservado, más espectral, menos musculado. Se apoya en sintetizadores, en arreglos orquestales de Clare Fischer, en una forma de intimidad sofisticada que no necesita empujar para conmover. Escuchadas juntas, ambas versiones cuentan una historia preciosa: la de un compositor capaz de imaginar una canción para una gran diva sin renunciar a la extrañeza elegante de su propia cocina nocturna.
Luego están las versiones ajenas de su repertorio, que abren otra ruta igual de fértil. Cyndi Lauper hizo When You Were Mine y encontró en ella un equilibrio delicioso entre fragilidad, desparpajo y pop luminoso. El original de Dirty Mind tenía la urgencia encantadoramente nerviosa de un Prince todavía joven y ya peligrosamente preciso; la lectura de Lauper llevó la canción a otra clase de exposición sentimental. Ahí aparece de nuevo la condición hospitalaria de su escritura: eran canciones muy suyas, sí, pero permitían otras vidas sin resentirse. Como los buenos pisos del centro, admitían reforma sin perder el encanto de la finca.
Con Kiss pasó algo todavía más divertido. The Art of Noise y Tom Jones tomaron aquella miniatura felina de Parade y la transformaron en un artefacto exuberante, hipertrofiado, casi teatral. Y, contra todo pronóstico, funcionó. El hallazgo de esa versión no está sólo en el contraste, sino en recordar que el humor formaba parte del sistema nervioso de Prince. La sensualidad, en su universo, nunca estaba demasiado lejos de la caricatura fina, del guiño, de la broma hecha con traje de etiqueta. Kiss podía ser minimalista y libidinosa en su versión original; también podía convertirse en un festival de pliegues barrocos sin perder la pegada. No todas las canciones aguantan ese viaje. Esta sí, y además llega peinada.
La playlist puede cerrarse con Alicia Keys y How Come You Don’t Call Me, que quizá sea la mejor prueba de hasta qué punto el excedente de Prince estaba por encima del material titular de muchos contemporáneos. Originalmente cara B de 1999, la canción parecía pertenecer a esa trastienda fastuosa donde él dejaba piezas que otros habrían protegido con alarma, notario y perro guardián. Alicia Keys la rescató años después y encontró en ella un vehículo ideal para cruzar soul clásico y sensibilidad moderna sin que sonara a embalsamamiento. La canción seguía respirando. Esa es la cuestión. En el repertorio de Prince, incluso lo aparentemente secundario tenía pulso de primera división.
Escuchadas en conjunto, estas diez canciones dibujan un retrato más complejo y quizá más exacto del personaje. Prince fue un autor ferozmente celoso del control sobre su obra, un artista que convirtió la pelea por sus grabaciones y su autonomía creativa en una batalla pública cuando muchos todavía aceptaban el contrato como quien acepta el parte meteorológico. Pero esa pulsión de control no contradice estas cesiones; las explica. Precisamente porque sabía lo que valía una canción, decidía con precisión de orfebre cuándo guardarla, cuándo esconderla, cuándo reformularla y cuándo dejarla marchar.
Quizá por eso esta playlist no funciona como un apéndice ni como una curiosidad para coleccionistas con lupa. Funciona como otra manera de entender a Prince: no sólo el hombre que ocupó el centro del escenario con una autoridad casi insolente, sino también el compositor que siguió dejando huella en voces ajenas, como si su obra estuviera siempre en movimiento, buscando nuevas formas de permanecer. A veces nieva en abril, sí. Y a veces un aniversario no sirve para clausurar una ausencia, sino para comprobar que ciertas canciones siguen cayendo sobre nosotros con la misma extrañeza, la misma belleza y el mismo frío intacto de la primera vez.


