Durante décadas, Polly Niles fue poco más que un nombre perdido en las notas al pie del folk estadounidense, una sombra en el metraje de Super Fly o un eco mal conservado en los archivos de Ember Records, aquel sello londinense que tenía la extraña habilidad de enamorarse de un artista y, acto seguido, esconderlo en un cajón. El suyo es uno de esos casos que obligan a volver atrás, a recomponer la figura a partir de sus restos: fotografías dispersas, un puñado de singles abortados y un álbum que, durante casi medio siglo, existió solo como una leyenda doméstica. Si Atonal ha desarrollado una debilidad casi romántica por estas historias de brillo truncado, la de Polly merece capítulo propio.
Nacida en Staten Island como artista de múltiples vidas —modelo en anuncios de televisión, actriz de formación rigurosa, cantante con un pie en Ramblin’ Jack Elliott y el otro en The Main Ingredient gracias a los matrimonios cruzados que fueron moldeando su trayectoria—, Niles entendió pronto que la versatilidad podía ser virtud… o un pasaporte directo a la confusión. Su voz, cálida y flexible, era capaz de sostener un spiritual, un estándar folk, un número de soul blanco o un pop orquestado sin despeinarse. Y ahí empezó el problema: cada productor veía en ella una artista diferente. El resultado fue un álbum —Sunshine In My Rainy Day Mind— concebido para demostrarlo todo a la vez, como esas cintas de audición que intentan agradar a cinco departamentos de marketing al mismo tiempo.
Grabado entre Londres y Nueva York entre 1969 y 1970, el disco fue víctima directa de esa amplitud estilística. En sus mejores momentos, aparece una intérprete luminosa: la versión de “I Am a Child” de Neil Young, impulsada por un ritmo entre Motown y autopista nocturna; el tema titular, una pequeña maravilla de pop-soul psicodélico que podría haber sonado en cualquier radio liberal de la Costa Este; “If I Let You”, composición propia que, años después, otra artista rescataría para demostrar que la intuición de Niles como autora no era mero accidente. Es un álbum donde los géneros se alternan con la misma naturalidad que en la vida sentimental de aquella época: folk para el día, R&B para la noche, orquesta para convencer al ejecutivo británico de turno de que había allí potencial comercial.
Pero Ember Records tenía otros planes. O peor: no los tenía. La orquesta del sello, entusiasmada como un departamento de extras en una película de época, intervino allí donde no hacía falta, decoró canciones que pedían espacio, envolvió versiones ajenas —ese “I Walk the Line” de Johnny Cash reducido a souvenir kitsch— con un gusto por la grandilocuencia que, visto desde hoy, parece casi ciencia ficción. Las cuerdas, omnipresentes, actuaban como una cortina constante entre el oyente y la voz de Niles, a veces ahogándola, a veces desviando el foco hasta convertirla en acompañamiento de su propio disco. El folk orquestado se convirtió en un pequeño laberinto sonoro donde cada giro parecía diseñarse para demostrar que Ember sabía lo que hacía… aunque no fuera así.
La consecuencia fue el archivo del álbum. Ni single, ni gira, ni plan de lanzamiento. Solo una canción —Sunshine In My Rainy Day Mind— rescatada de milagro para un sampler promocional de 1970. La artista, agotada por el control excesivo del sello y golpeada por una tragedia personal, cortó la relación y dejó atrás la música antes de que la música pudiera sostenerla. Su siguiente aparición sería en Super Fly (1972), interpretando a Cynthia, la amante del protagonista. Después, el silencio: vida familiar, anonimato voluntario y una historia que, sin arqueólogos sonoros, habría desaparecido.
Su rescate en 2019, gracias a Grapefruit Records, reveló algo que nadie había podido escuchar entonces: las tomas desnudas del álbum, esas grabaciones con guitarra, armónica, percusión mínima y la voz al frente, son demoledoras. La Niles real emergía con claridad, sin el velo orquestal que tanto había confundido el proyecto original. En ellas hay una artista que habría merecido su lugar junto a nombres como Karen Dalton o Evie Sands, mujeres que transitaron la frontera difusa entre folk, soul y pop con una naturalidad que solo el tiempo supo valorar. Si la reedición funciona como documento histórico, también actúa como rectificación: la música estaba ahí, simplemente la habían enterrado bajo una montaña de arreglos mal medidos.
En Operación Rescate solemos hablar de álbumes que cambiaron poco o nada en su momento, pero que hoy, vistos desde la perspectiva adecuada, iluminan zonas enteras de la música popular. El caso de Polly Niles pertenece a otra categoría: la de quienes nunca llegaron a entrar en el mapa. Su versatilidad —esa llave maestra que abría demasiadas puertas— se convirtió en un obstáculo cuando Ember intentó encajarla en un molde inexistente. El azar, la indecisión ajena y el desajuste entre talento y contexto hicieron el resto.
Y, sin embargo, escuchado hoy, Sunshine In My Rainy Day Mind no es solo un álbum perdido: es un recordatorio de que la industria de finales de los sesenta estaba llena de vidas paralelas que nunca llegaron a completarse, de caminos que prometían algo grande antes de perderse en una bifurcación absurda. En cada nota despojada de aquellas sesiones de 1969 late una artista que podría haber sido muchas cosas, quizá demasiadas. Un eco del tiempo en que las carreras podían naufragar no por falta de talento, sino por un mal arreglo de cuerda, un productor distraído o una decisión tomada en alguna oficina de Londres que ya no existe.


