Peter Ames Carlin / Este grupo se llama R.E.M.

That’s me in the corner, that’s me in the spotlight, losing my religion…”

La última vez que vi a Mike Mills en directo fue en un escenario de Valencia (noviembre de 2023), acompañando a The Music of Big Star  en un tributo a la banda de Alex Chilton trenzado por guitarras brillantes y armonías que parecían flotar en el aire. En un ejercicio de remembranza casi insuperable, Mills, con su bajo colgado y esa expresión entre concentrada y despreocupada, parecía estar pasándoselo como un niño con un juguete nuevo: tocando las canciones de otros, sin la carga de sostener el peso de una (otra) banda que definió una era. Y sin embargo, ahí estaba ese halo, ese rastro invisible pero palpable que lleva consigo cualquier miembro de R.E.M. No importa lo que toque, con quién lo haga o cuán lejos esté de Athens, Georgia: su sombra siempre proyecta una señal que remite a la banda que cambió el sonido del rock independiente para siempre.

“Oh no, I’ve said too much. I haven’t said enough.”

R.E.M. nunca necesitó explicarse. Esa era parte de su encanto, o su truco, si preferimos llamarlo así. Surgieron en 1980, cuando la música independiente todavía no sabía que iba a tener un nombre propio ni mucho menos un mercado. Athens no parecía el lugar más obvio para una revolución musical, pero tal vez esa era la clave: un pueblo universitario donde la indiferencia de la industria permitía experimentar sin la presión de convertirse en algo más grande. Y, por supuesto, se convirtieron en algo más grande. Mucho más.

Su primer sencillo, “Radio Free Europe”, no parecía hecho para convertirse en un himno. Era críptico, ruidoso en el sentido más elegante de la palabra, con una letra que parecía un borrador olvidado en el fondo de un cuaderno. Pero funcionó. ¿Por qué? Tal vez porque Michael Stipe cantaba como si no quisiera ser entendido, pero asestando un veneno melódico que inoculaba en el oyente las ganas de saber más. O porque Peter Buck tocaba la guitarra como si hubiera descubierto el jangle pop por accidente. O porque Bill Berry y Mike Mills eran la sección rítmica más discreta e indispensable de su generación.

“It’s the end of the world as we know it, and I feel fine.”

Peter Ames Carlin, autor de “Este Grupo Se Llama R.E.M.” (recién publicado en España por Contra), intenta desmenuzar esa alquimia. Carlin no es un novato en estas lides: ha escrito sobre Bruce Springsteen o Paul Simon, diseccionando sus trayectorias con la precisión de un cirujano y la curiosidad de un fan que aún no ha perdido la capacidad de asombro. Su enfoque siempre ha estado menos enfocado en los puros hechos y más sobre el tejido conectivo entre la música, el contexto cultural y las pequeñas decisiones humanas que crean algo más grande que la suma de sus partes. En este libro, hace lo mismo con R.E.M., siguiendo las huellas que dejaron a lo largo de más de tres décadas de carrera.

Look up, what do you see? All of you and all of me

El periodista y escritor neoyorquino aplica aquí su sello distintivo: una narración que combina el rigor periodístico con una sensibilidad casi novelística. Más que un simple recorrido cronológico, el libro se construye como una biografía cultural, donde la música de R.E.M. es el hilo conductor para explorar el contexto social, político y emocional que moldeó a la banda. Carlin no se limita a describir cómo un grupo de amigos universitarios de Athens, Georgia, se convirtió en la última gran banda de rock americana; su interés radica en cómo esos mismos amigos resistieron las presiones de la industria, las expectativas del público y sus propios demonios internos sin perder del todo la brújula. Aunque la banda no participó activamente en la creación del libro, Carlin logra algo notable: capturar la esencia de R.E.M. no a través de anécdotas heroicas o mitologías prefabricadas, sino a través de una observación minuciosa de sus contradicciones, sus momentos de vulnerabilidad y esa extraña mezcla de casualidad y determinación que definió su trayectoria.

El problema —o tal vez la fascinación— es que R.E.M. no es una banda fácil de embotellar en una narrativa. Eran famosos por su democracia interna, su resistencia a las fórmulas, su capacidad para desaparecer de la vista pública justo cuando parecía que el mundo estaba listo para adorarlos como dioses del rock. Carlin hace un trabajo admirable rastreando esa línea discontinua: desde el murmullo (literalmente, Murmur) de sus primeros discos hasta la grandilocuencia contenida de Automatic for the People. Desde el ruido deliberado de Monster hasta la introspección melódica de Reveal.

“Everybody hurts sometimes.”

Quizá por eso, después de la disolución de la banda en 2011, cada uno de sus miembros ha seguido un camino que refleja, de alguna manera, lo que fueron juntos. Michael Stipe se ha dedicado a las artes visuales y la música experimental, como si hubiera estado esperando décadas para explorar su lado más enigmático sin la necesidad de traducirlo en hits. Peter Buck se ha lanzado de cabeza a la colaboración compulsiva, tocando con quien se cruce en su camino, como si necesitara llenar el vacío de la banda con más y más música. Y Mike Mills, bueno, ahí estaba en Valencia, tocando canciones de Big Star, dejando claro que puede rendir homenaje a otros sin dejar de ser inconfundiblemente él mismo.

Carlin no intenta ofrecer una conclusión definitiva porque, sinceramente, no hay una. R.E.M.no tuvo un final dramático ni una explosión de egos. Simplemente decidieron que ya estaba bien. Se despidieron con una elegancia casi sospechosa para el estándar del rock. Ninguna tragedia (más allá de los problemas de salud de Bill Berry), ningún escándalo, solo una banda que supo cuándo cerrar la puerta y apagar la luz al salir.

“Not everyone can carry the weight of the world.”

En el fondo, “Este Grupo Se Llama R.E.M.” es un intento de sostener ese peso un poco más, de entender por qué una banda que parecía construida sobre la fragilidad se mantuvo en pie durante tanto tiempo. No es la biografía definitiva porque ninguna lo será. R.E.M. no es un rompecabezas que necesita ser resuelto; es más bien una serie de fragmentos que siguen resonando mucho después de que la última nota se ha desvanecido. Y tal vez, justo ahí, esté la respuesta.