Pentangle / Solomon’s Seal (Reprise, 1972 / Cherry Red, 2025)

Los cinco vértices del pentáculo brillaron juntos por última vez en 1972. Jacqui McShee, John Renbourn, Bert Jansch, Danny Thompson y Terry Cox ya no eran la cofradía luminosa que había hecho vibrar al Royal Festival Hall en 1967, ni los alquimistas de compases imposibles que habían convertido Light Flight en sintonía televisiva nacional. A esas alturas, Pentangle era más bien un matrimonio que había perdido la pasión pero no la cortesía. El fruto de esa última convivencia se llamó Solomon’s Seal, un disco que cierra con solemnidad –y cierta fatiga– la edad dorada del grupo.

A lo largo de sus cinco primeros discos, Pentangle construyó una obra sin parangón: del debut homónimo en 1968, todavía impregnado de folk acústico y blues británico, al doble Sweet Child, que documentaba en tiempo real la amplitud de su lenguaje; de Basket of Light, su inesperado éxito comercial y estandarte del folk británico tardosesentero, al más austero Cruel Sister y el convulso Reflection. Siempre huyeron de etiquetas: Renbourn flirteaba con el laúd renacentista, Jansch con el blues más crudo, McShee se anclaba en lo tradicional, y la rítmica jazzística de Thompson y Cox otorgaba un swing insólito a melodías que, en otras manos, habrían sonado a museo. Ese equilibrio les permitió convertirse en referencia para músicos tan distintos como Shirley Collins, Nick Drake o incluso Pete Townshend, que veía en ellos un aire nuevo frente al rock de estadio.

Grabado en Sound Techniques bajo la producción de John Wood, el álbum ofrece nueve piezas que oscilan entre la tradición británica y los experimentos de autor. La apertura, Sally Free and Easy, ralentiza hasta el paroxismo la balada marina de Cyril Tawney, convirtiéndola en un blues fantasmal. En Willy O’ Winsbury, la voz cristalina de McShee resuena con la gravedad de siglos, mientras el banjo de Jansch y las cuerdas de Renbourn trenzan un tapiz de aire céltico. Más ligera, Jump Baby Jump aporta una pincelada casi irónica: un paseo etílico por los acantilados irlandeses transformado en canción. Y People on the Highway, con Jansch al frente, parece un epitafio adelantado para la propia banda: carretera infinita, desencanto y adiós.

No todo convenció. La crítica de la época lo acusó de tibio, de carecer de la audacia rítmica que había hecho de Pentangle un grupo imposible de clasificar. Colin Harper lo resumió años después como “un disco de desgaste”, aunque ejecutado por músicos que seguían en la élite de su tiempo. La paradoja es que, mientras Jacqui McShee lo reivindica como su favorito, Bert Jansch lo detestaba: diferencias pimpinelescas que ayudan a entender por qué la disolución fue inminente.

Más de medio siglo más tarde, el álbum reaparecerá en edición doble gracias a Cherry Red, con remasterización de Eroc y la labor supervisora de Colin Harper. La reedición no solo rescata el repertorio original: añade sesiones de la BBC, directos en Guildford y St. Albans, y hasta músicas perdidas para documentales corporativos. Un botín inesperado que convierte a Solomon’s Seal en algo más que un cierre: en el archivo arqueológico de una banda que supo mezclar madrigales con blues, baladas tradicionales con métricas de jazz, y que hasta Pete Townshend describió como “fresca e innovadora”.

En retrospectiva, Pentangle fue un prodigio de equilibrios imposibles: la medievalista que cantaba como un laúd humano, los dos guitarristas que parecían cruzar espadas con cada acorde, el contrabajista que venía del jazz de club, el batería que entendía la percusión como un arte discreto. Solomon’s Seal no fue su cima, pero sí su rúbrica. Un círculo cerrado, con las aristas ya desgastadas, pero con suficiente brillo como para seguir deslumbrando a quien decida abrir este sello mágico medio siglo después.