El 29 de diciembre de 1984 Paul Pena buscaba en su radio de onda corta unas lecciones de coreano. En lugar de eso apareció una voz que parecía hacer trampas con la física: una sola garganta lanzando varias notas a la vez. Venía de Tuva, una república remota de Asia central donde se practica el canto difónico. Pena se quedó escuchando. Aquel sonido, grave y extraño, tenía algo que le resultaba familiar. Quizá porque el blues —cuando se canta con el cuerpo entero— también tiene esa cualidad: una voz que parece multiplicarse.
Con el tiempo aprendería aquellas técnicas —khoomei, sygyt, kargyraa— de manera autodidacta. Los tuvanos acabarían llamándolo Cher Shimjer, “Terremoto”, cuando en 1995 ganó el Simposio Internacional de Khoomei en Kyzyl. Pero la raíz de esa historia, si se mira con calma, ya estaba plantada mucho antes. En 1971, dentro de un disco que llevaba su nombre sin más adornos: Paul Pena.
La primera canción, Woke Up This Morning, abre el álbum con un blues que no disimula el cansancio. “Hunger about to gnawin’ me through”, canta Pena, como si el día hubiera empezado antes de tiempo. No hay dramatismo de manual, más bien una conversación consigo mismo. En la letra se sube a un avión en Boston intentando dejar atrás sus problemas y descubre, tres días después, que los problemas viajan en el mismo asiento. Lo interesante es lo que viene después: la idea de coger un tren hacia un lugar donde el sol calienta y la gente todavía se presta ayuda. Un blues con aspiración de salida de emergencia.
A comienzos de los setenta Paul Jerrod Pena era un joven músico de Hyannis (Massachusetts) con una biografía poco común. Ciego de nacimiento por un glaucoma congénito, creció en una familia de origen caboverdiano donde la música era parte de la vida diaria. Tocaba piano, guitarra, bajo, trompeta o violín con la naturalidad de quien cambia de conversación. Cuando se instaló en San Francisco ya había compartido escenario con nombres como T-Bone Walker, B.B. King o John Lee Hooker. No tardó en entender que el blues podía mezclarse con cualquier cosa si la canción lo pedía.
Ese espíritu es el que atraviesa el álbum. Grabado en Intermedia Studios de Boston y producido por Gunther Weil, el disco reúne a músicos con los pies en varios territorios. Entre ellos aparece el guitarrista Jeff “Skunk” Baxter, más tarde pieza clave en Steely Dany The Doobie Brothers, además del percusionista Juma Santos. La banda toca con una soltura que evita la etiqueta fácil.
I’m Gonna Make It Alright entra con un riff pegajoso y un ritmo que podría haber salido de una sesión de The Meters. El bajo empuja y Pena canta con una mezcla de confianza y desgaste, como si estuviera convenciendo al mundo de que todo va a salir bien mientras se sirve otro café.
Luego llega The River, una balada larga que se toma su tiempo. El piano abre paso a un coro gospel dirigido por Ronnie Ingraham, y la canción avanza con ese aire de domingo por la tarde en el que nadie tiene prisa por terminar la frase.
Uno de los momentos más intensos es Something to Make You Happy, un blues de siete minutos sostenido por órgano Hammond B-3. Décadas después The Derek Trucks Band la recuperó para su disco Already Free (2009), una versión que terminaría ganando un Grammy. No es casualidad: la canción tiene ese tipo de estructura que permite a los músicos recrearse en cada nota y, a su vez, explorar.
El disco también muestra el lado más soul de Pena. En My Adorable One la voz se vuelve sorprendentemente elegante, con ecos de Otis Redding o Sam Cooke, aunque siempre con esa rugosidad que lo mantiene cerca del blues. Pena no canta como un crooner; canta como alguien que ha pasado demasiadas horas tocando en bares donde el público decide en el primer minuto si la banda merece atención. El cierre, Lullaby, baja el volumen del álbum. Guitarra acústica, arreglos de cuerda y un aire de góspel que funciona como despedida tranquila.
El disco recibió buenas críticas en su momento, pero el éxito comercial nunca llegó. Poco después Pena grabó New Train junto a Ben Sidran y músicos como Jerry Garcia, pero una disputa con el mánager Albert Grossman dejó aquel álbum guardado en un cajón durante décadas. De aquellas sesiones salió Jet Airliner, convertida en éxito por Steve Miller Band en 1977. Durante años el público cantó la canción sin saber quién la había escrito.
Con el tiempo, varias generaciones de músicos se acercaron a sus composiciones. Susan Tedeschi grabó Gonna Move en 2002, The Derek Trucks Band llevó Something to Make You Happy a nuevas audiencias, y Taylor Hicks incluyó otra versión de Gonna Move en su debut tras ganar American Idol. Las canciones de Pena siguieron circulando mientras su autor permanecía en una esquina discreta de la historia del blues.
Escuchar hoy Paul Pena tiene algo revelador. No es solo un gran disco de soul y blues; también es el retrato de un músico curioso, dispuesto a mirar más allá de su propio barrio sonoro. Ese mismo impulso fue el que, años después, lo llevó hasta Tuva para cantar con pastores de Asia central y terminar convertido en una figura improbable del canto difónico.
Al final todo encaja. El blues siempre ha sido una música de viajes: trenes, carreteras, huidas, regresos. En el caso de Paul Pena, el trayecto terminó llevándolo mucho más lejos de lo que cualquiera habría imaginado cuando grabó aquel primer disco en Boston. Y aun así, cuando suena Woke Up This Morning, todo vuelve a empezar en el mismo lugar: una voz profunda intentando abrirse paso en medio de la ponzoña del mundo.


