Entre la depresión posterior a la ruptura de The Beatles, la reivindicación tardía de Ram, las aventuras de Wings, los experimentos electrónicos, los éxitos inesperados y los inevitables tropiezos, pocas carreras resultan tan fascinantes y contradictorias como la que Paul McCartney ha construido lejos de los Beatles. Un recorrido que obliga a observar al compositor más allá de la leyenda, allí donde las canciones importan más que las alabanzas con vendas en los ojos.
“If I ever get out of here”, cantaba Paul McCartney en Band on the Run. Si alguna vez consigo salir de aquí. “Thought of giving it all away / To a registered charity / All I need is a pint a day”. La frase siempre ha parecido una canción propia de una fuga. Con los años también ha terminado sonando como una confesión involuntaria. Porque cuando The Beatles se rompieron, McCartney descubrió que abandonar el grupo más famoso de la historia no significaba necesariamente quedar libre. Había ayudado a construir una de las grandes catedrales culturales del siglo XX y ahora tenía que averiguar qué hacer con el resto de su vida.
La situación tenía algo de ironía británica. Millones de músicos habrían vendido un órgano perfectamente funcional por ocupar su lugar durante una tarde. Él, en cambio, pasó buena parte de los primeros años setenta intentando escapar del personaje que acababa de convertirle en inmortal.
Mientras los periódicos buscaban culpables para la ruptura de los Beatles y los abogados convertían los desacuerdos musicales en montañas de papel timbrado, McCartney se refugió junto a Linda McCartney en una granja escocesa. Bebía más de la cuenta, dudaba de sí mismo y observaba cómo la crítica recibía su primer disco en solitario con una mezcla de desconcierto y decepción. Años después reconocería que había atravesado una depresión. Resulta difícil imaginarlo hoy. La historia ha terminado transformándolo en una institución nacional británica, una mezcla improbable entre caballero del Imperio, tesoro cultural y fabricante industrial de melodías. Pero durante un tiempo fue simplemente un hombre de treinta años preguntándose qué demonios hacer después de haber estado en los Beatles. Y esa es quizá la mejor manera de acercarse a su carrera en solitario.
Durante décadas se ha hablado de ella desde posiciones extremas. Para algunos, nunca volvió a alcanzar las alturas de su antigua banda. Para otros, cualquier nuevo lanzamiento merece admiración automática por el simple hecho de llevar su firma. Ambas posturas resultan insuficientes. McCartney no necesita indulgencia. Tampoco una absolución preventiva cada vez que publica un disco. Necesita contexto.
Porque la historia que comienza en 1970 no es la de un genio infalible ni la de una vieja gloria empeñada en prolongar la fama. Es la de un compositor extraordinario enfrentándose a un problema insólito: seguir escribiendo canciones después de haber participado en unas cuantas que parecían definitivas.
Resulta revelador que su debut en solitario, McCartney, naciera casi como una reacción nerviosa. Mientras medio planeta seguía discutiendo el final de los Beatles, él grababa canciones en casa tocando prácticamente todos los instrumentos. Aquello fue interpretado entonces como una muestra de desgana. Hoy parece justo lo contrario. Escuchado desde el presente, el disco anticipa buena parte de la filosofía que décadas después abrazaría el indie: grabaciones espontáneas, imperfecciones visibles y una libertad creativa ajena a cualquier obligación de grandeza.
Pero conviene no perder de vista que en medio de aquel aparente repliegue apareció Maybe I’m Amazed, una de las declaraciones amorosas más hermosas de su carrera, escrita para Linda McCartney cuando todo alrededor parecía desmoronarse. Pocas veces el agradecimiento ha sonado tan desnudo y tan orgulloso. También estaba Every Night, pequeña pieza de supervivencia cotidiana, y Junk, una miniatura que ya traía consigo el perfume de las canciones abandonadas en los márgenes del catálogo beatle. Aquel disco no era una retirada. Era un hombre intentando aprender a hablar en voz propia después de años de conversación coral.
Aquella intuición alcanzaría una de sus cimas con Ram. Pocos discos han experimentado una rehabilitación crítica tan espectacular. Durante años fue tratado como una excentricidad menor. Ahora suele aparecer en cualquier tertulia de aficionados a la melodía sobre los mejores trabajos de McCartney. Y no resulta difícil entender por qué. Allí convivían la psicodelia, el humor absurdo, las armonías vocales imposibles y una imaginación melódica que parecía incapaz de permanecer estática durante más de treinta segundos. Too Many People funcionaba como primer misil lanzado hacia John Lennon, aunque venía envuelto en una melodía tan luminosa que casi disimulaba la dentellada. Dear Boy convertía la sofisticación vocal en arquitectura aérea; Monkberry Moon Delight parecía escrita por un McCartney poseído por un vodevil con sobredosis de azúcar; y The Back Seat of My Car cerraba el viaje con una euforia adolescente, sentimental y algo kamikaze.
La paradoja es que gran parte de su carrera posterior puede explicarse a partir de esa misma tensión. Su talento para la melodía era tan extraordinario que a menudo ocultaba otras virtudes menos evidentes. McCartney siempre ha sido mucho más raro de lo que suele recordarse. También más aventurero. Y bastante más divertido.
La historia de Wings sirve como ejemplo perfecto. Durante años fue presentada como una especie de versión reducida de los Beatles, una lectura tan injusta como poco imaginativa. Lo que realmente ocurrió fue mucho más interesante. En lugar de instalarse cómodamente en el pedestal de ex-Beatle ilustre, McCartney decidió formar una banda nueva y volver a empezar. Llegó incluso a recorrer universidades británicas preguntando si podían tocar aquella misma noche. Hay algo admirable y ligeramente cómico en la imagen de uno de los músicos más famosos del planeta actuando como una banda de carretera. Como si Pablo Picasso hubiese llamado a una academia de pintura de barrio preguntando si quedaba un caballete libre para la tarde.
Sin embargo, aquella aparente locura terminó produciendo discos como Band on the Run, Venus and Mars o Wings at the Speed of Sound. Obras repletas de canciones que todavía hoy conservan una vitalidad asombrosa. Band on the Run transformó la idea de huida en suite pop de precisión casi novelesca; Jet convirtió un estribillo inexplicable en puro combustible; Let Me Roll It jugó a mirar de reojo a Lennon con una guitarra que parecía arrastrar una sonrisa torcida; y Nineteen Hundred and Eighty-Five cerró el disco como si un piano decidiera levantar una pequeña revuelta.
También aparecen allí algunas de las contradicciones que acompañarían a McCartney durante el resto de su trayectoria: junto a momentos extraordinarios conviven canciones que parecen haber abandonado el estudio sin pasar el último control de calidad. Esa convivencia entre genialidad y ligereza forma parte de su personalidad artística. Mientras John Lennonperseguía la trascendencia y George Harrison buscaba respuestas espirituales, McCartney nunca mostró demasiada vergüenza por escribir canciones pequeñas, juguetonas o directamente absurdas. El problema es que la crítica de rock ha confundido demasiadas veces la profundidad con la solemnidad. Y McCartney siempre ha desconfiado de la solemnidad. De hecho, parece aburrirse profundamente cuando alguien coloca esa idea encima de la mesa.
Ahí resulta especialmente reveladora Silly Love Songs, su respuesta burlona a quienes le reprochaban escribir canciones de amor demasiado livianas. McCartney no redactó una defensa. Escribió un éxito gigantesco, con bajo elástico, estribillo de seda y una pregunta que todavía conserva filo: ¿qué hay de malo en las canciones de amor tontas? La broma, como suele ocurrir con él, escondía una poética.
A finales de los setenta volvió a sorprender con McCartney II. Un disco que todavía conserva algo de ovni llegado de otro planeta. Sintetizadores, cajas de ritmos y experimentos electrónicos convivían con canciones pop aparentemente sencillas. Mientras muchos de sus contemporáneos intentaban comprender el futuro, él jugaba con él como quien desmonta un juguete para descubrir qué hay dentro. Coming Up conservaba la ligereza de un artefacto pop casi infantil, mientras Temporary Secretary parecía una máquina de oficina soñando con convertirse en canción. Durante años fue considerada una rareza incómoda; hoy resulta difícil no escucharla como una de sus travesuras más audaces. El hombre que cargaba con la fama de artesano amable también sabía construir pequeños monstruos eléctricos.
Los años ochenta consolidaron otra constante de su carrera: la dificultad para distinguir dónde terminaba la inspiración y dónde comenzaba el capricho. La misma persona capaz de escribir Here Today, una de las despedidas más conmovedoras dedicadas jamás a John Lennon, podía alumbrar canciones que parecían nacidas durante una sobremesa especialmente optimista. Es una contradicción que acompaña a McCartney desde hace décadas. También una de las razones por las que sigue resultando interesante. Porque, a diferencia de otros artistas que acabaron refugiándose en la respetabilidad, él nunca renunció del todo al impulso de probar cosas nuevas. A veces acertaba. A veces no. Pero seguía avanzando.
Con el paso de los años llegaron nuevas reivindicaciones. Flaming Pie devolvió parte del prestigio perdido. Calico Skies, escrita con una sencillez casi desarmante, figura entre las canciones más hermosas de su madurez. The World Tonight y Young Boy recordaban que aún podía moverse con naturalidad dentro del pop adulto sin parecer un invitado en su propia casa. Más tarde, Chaos and Creation in the Backyard confirmó que seguía siendo uno de los grandes compositores vivos de la música popular: Jenny Wren retomaba el hilo acústico con elegancia, Fine Line avanzaba con nervio y Too Much Rain encontraba una melancolía limpia, sin aspavientos.
Después aparecerían trabajos como Electric Arguments, New, Egypt Station o McCartney III, discos desiguales pero llenos de momentos capaces de justificar por sí solos su existencia. Sing the Changes mostraba una energía casi de principiante bajo el alias de The Fireman; Queenie Eye jugaba con la memoria infantil como quien revuelve una caja de botones viejos; I Don’t Know abría Egypt Station desde una fragilidad poco habitual; y Women and Wivesofrecía una gravedad sobria, de piano en claroscuros y mirada cansada. Lo verdaderamente sorprendente no es que haya firmado obras irregulares. Lo sorprendente es que continúe encontrando canciones memorables después de más de seis décadas escribiéndolas.
También resulta revelador observar cómo McCartney se relaciona con el pasado sobre los escenarios. Mientras otros veteranos administran su legado con la solemnidad de un conservador de patrimonio, él sigue despidiendo sus conciertos entre las explosiones de Live and Let Die. Cuando suenan los primeros compases de la canción, el escenario se transforma: columnas de fuego se elevan hacia la oscuridad, destellos cegadores iluminan al público y las detonaciones sacuden el aire como si el concierto hubiera entrado de pronto en otra dimensión. Es un ritual que repite desde hace décadas y que conserva intacta su capacidad para sorprender.
McCartney ha narrado en alguna ocasión una escena que resume bien esa actitud. Instantes antes de una de esas explosiones, distinguió en primera fila a una mujer de noventa años. Por un momento sintió una punzada de preocupación: el estruendo estaba a punto de estallar y temió que aquella descarga de luz y sonido pudiera resultar excesiva para ella. Pero cuando volvió a mirar tras la detonación, la encontró radiante, completamente entregada al espectáculo, disfrutando de cada llamarada y cada estallido con una energía contagiosa.
La anécdota ayuda a entender algo importante. A sus 83 años, McCartney no parece especialmente interesado en convertirse en una reliquia cultural ni en administrar respetablemente su legado. Sigue comportándose como alguien que cree que un concierto debe provocar asombro, sorpresa y esa emocionante sensación de peligro controlado que hace que el público contenga la respiración por un instante. De todas formas ¿Paul necesita de esa pirotecnia?. Quizá por eso continúa grabando discos nuevos. No porque necesite demostrar nada ni porque aspire a competir con músicos varias generaciones más jóvenes, sino porque la curiosidad que impulsó buena parte de su carrera sigue viva, empujándolo siempre hacia la siguiente canción.
Todo esto nos lleva hasta The Boys of Dungeon Lane, publicado en 2026. Un disco recibido con entusiasmo por algunos sectores y con prudencia por otros. Entre las valoraciones más equilibradas se encuentra la de Juanjo Frontera en Muzikalia, quien señalaba que estamos ante una colección de buenas canciones, aunque lejos de cualquier idea de obra sublime. La observación resulta especialmente pertinente porque apunta al epicentro del debate.
Existe una tendencia recurrente a examinar cada nuevo álbum de McCartney como si estuviera obligado a justificar la existencia de Band on the Run, Ram o Abbey Road. Como si cada nueva canción tuviera que dialogar inevitablemente con medio siglo de historia del pop. Pero también existe la tentación contraria: considerar extraordinario cualquier movimiento simplemente porque procede de una figura histórica. Ninguna de las dos posiciones resulta especialmente útil.
The Boys of Dungeon Lane contiene oficio, elegancia, algunas melodías magníficas y una melancolía serena que atraviesa buena parte de sus canciones. También muestra limitaciones evidentes. Y no pasa absolutamente nada. A los 83 años, McCartney ya no compite contra nadie. Ni siquiera contra sí mismo.
Quizá la mejor manera de observar su trayectoria sea aceptar precisamente esa mezcla de grandeza y fragilidad. La carrera en solitario de Paul McCartney está llena de hallazgos, accidentes felices, intuiciones geniales, canciones inmortales, desvíos desconcertantes y algún que otro momento en el que el piloto automático decidió hacerse cargo de la situación mientras el propietario se tomaba un té. Pero incluso entonces permanece algo difícil de encontrar en otros compositores: la capacidad de convertir una idea mínima en una melodía que parece haber existido siempre.
McCartney no ha pasado los últimos cincuenta años intentando demostrar que aún podía escribir una canción perfecta. Eso sería demasiado sencillo, casi rutinario. Lo verdaderamente extraño es que haya seguido escribiendo después de haber agotado muy pronto buena parte de las coartadas disponibles para cualquier compositor. Cuando acierta, todavía parece capaz de encontrar una puerta secreta en una habitación que todos dábamos por conocida. Cuando falla, al menos lo hace con la obstinación de quien prefiere mancharse las manos antes que vivir barnizado por el prestigio. Y quizá esa sea la lección más útil de su carrera en solitario: incluso los imperios terminan, pero una melodía irresistible sigue teniendo la mala educación de sobrevivirlo todo.


