Pau Riba / Electròccid àccid alquimístic xoc (Movieplay, 1975 / Munster, 2025)

Decía Pau Riba a Pepe Coquillat en una entrevista de 2019, tirando de esa mezcla suya entre desparpajo lisérgico y lucidez medieval, que jamás tuvo problemas con la censura franquista. Su explicación: que no lo entendían. “Creo que en el peor de los casos nos encontraban juguetones y daban el visto bueno sin problemas”. El contexto no es menor: Electròccid àccid alquimístic xoc se grabó en el invierno de 1975–76, apenas unas semanas después de la muerte de Franco, cuando la música en catalán comenzaba a desprenderse del folclore militante y a explorar lenguajes más híbridos y desacomplejados. Y ahí estaba Riba, justo donde nadie le había pedido estar, montando un disco con título imposible y estructura todavía más intrincada.

Antes de todo esto, claro, estuvo Dioptria. Editado en dos entregas entre 1969 y 1970 por cuestiones de presupuesto, el disco fue concebido originalmente como un LP doble de pop-folk psicodélico grabado íntegramente en catalán, con influencias claras del beat británico, el folk-rock americano y la electrificación dylaniana. Lo acompañaban músicos como Jaume Sisa, con quien formaba un tándem que parecía haber salido de un capítulo de los Monty Python cruzado con una jam en Deià. Riba, que había tenido contacto con personajes como Kevin Ayers o Daevid Allen, no ocultaba su fascinación por la psicodelia inglesa ni por los estudios electrodomésticos. Dioptria, considerado por muchos como el disco más innovador del pop español de su época, se convirtió con los años en un clásico anómalo, uno de esos álbumes que nunca ha tenido que ser rescatado porque jamás se fue del todo.

Con Electròccid àccid alquimístic xoc No se trataba de seguir los pasos de Dioptria (o su predecesor Jo, la donya i el gripau), sino de dinamitarlos. De ahí que el arranque sea una cita al Concierto de Aranjuez, como diciendo: “que nadie espere coherencia tonal, pero tampoco ausencia de propósito”. Lo que sigue es uno de los discos más inclasificables, feroces y lúdicos del rock ibérico. Psicodelia sí, pero también sarcasmo. Códigos del rock, pero desde el margen. En lugar de prolongar la tradición del folk progresista catalán, Riba arranca la página y empieza un cuaderno nuevo con tinta eléctrica, mueca torcida y vocación alquímica.

El disco se grabó con un puñado de músicos valencianos (algunos provenientes del entorno de Eduardo Bort) y bajo una dinámica de colmena creativa que recuerda más a una jam libertaria que a una sesión de estudio. El resultado, sin embargo, tiene más control del que aparenta: hay piezas que se abren en espiral (Sol solet, Cuatre barres blanc i negre), otras que apuestan por el clímax melódico (Es fa llarg… esperar, compuesta cuando Pau tenía solo 17 años y luego versionada por Maria del Mar Bonet), y hasta ejercicios proto-conceptuales como Occident (recepte de cuina), donde una receta de cocina muta en manifiesto político-lingüístico con guitarra slide incluida.

Lo que sobresale es esa manera tan Riba de moverse entre lo solemne y lo cómico sin perder precisión poética. Habla de la luna, de la estrella de la fortuna, de vírgenes, de dioses domésticos, de mujeres que arrastran el corazón como si fueran bolsas del súper. Y lo hace en catalán, con rimas internas, torceduras métricas y expresiones inventadas que hoy siguen sorprendiendo por su grado de libertad sonora. Lo dijo Juan José Abad en la revista Vibraciones: “una forma cualquiera de poner al día tanta vetustez”. Y por una vez, el exceso crítico no le ganó a la lucidez.

Con el paso del tiempo, Electròccid ha ido consolidando su estatus de artefacto incómodo. No es un disco amable, ni tiene el pathos emocional de los grandes álbumes de la Nova Cançó. Es un objeto raro. Pero a la vez, un punto de partida claro para lo que más tarde se conocería como roc català. No por estilo, sino por actitud: en él se establece la posibilidad de cantar en catalán sin encorsetamientos. Riba no solo insertó el catalán en la gramática del rock; insertó el rock en la gramática de lo absurdo, lo doméstico, lo lírico y lo político, todo a la vez.

La reciente reedición en vinilo a cargo de Munster Records rescata esta obra tras más de cuatro décadas fuera del circuito, y lo hace sin grandes adornos ni correcciones postizas. Se escuchará como se grabó: con sus valles, sus picos, sus diálogos entre lo eléctrico y lo satírico. Un disco que no ha perdido un ápice de su extrañeza ni de su capacidad para desconcertar, lo cual en estos tiempos hiperreferenciales es casi un milagro.