Patti Smith: Los caballos y la luz. Anatomía de una grabación fundacional.

El 2 de septiembre de 1975, Patti Smith empujó las puertas de Electric Lady con un par de certezas y un mundo por incendiar. Lo dejó escrito con una precisión doméstica en Éramos unos niños: bajó a la sala A, John Cale al timón, Lenny Kaye, Richard Sohl, Ivan Král y Jay Dee Daugherty montando el equipo; la memoria de Jimi Hendrix flotando como una consigna moral y la determinación —no tanto programa estético como obligación vital— de devolver sangre al rock. Esa mañana empieza Horses y prende la mecha, también, de un modo de entender el punk como literatura en voz alta.

La genealogía es conocida pero conviene fijarla con alfileres. Smith llega a la música desde la página: dos libros de poemas, la sombra tutelar de Rimbaud, la fiera ironía de Burroughs, el perfume decadente de Baudelaire. El “rock de tres acordes fusionado con el poder de la palabra” no es una etiqueta: es un método. En ese laboratorio, la sensibilidad neo-Beat se cruza con el Lower East Side, el CBGB como escuela de resistencia y esa banda capaz de convertir un vampiro de acordes menores en una invocación. El intercambio es bidireccional: Smith inocula al punk una inteligencia canchera que cita a Genet y a Morrison sin solemnidad; el contexto punk le devuelve velocidad, economía y un hambre de presente que hace viable la herejía.

La cronología de la grabación es casi una partitura. Del 2 al 18 de septiembre, toma tras toma, con Cale tensando la cuerda. Ella buscaba crudeza, él proponía despiece, fricción, aire de cámara de interrogatorio. La relación fue eléctrica: “una temporada en el infierno”, diría Patti, y no sólo por la referencia. De esa fricción salen las zonas de nueve minutos —“Birdland”, “Land”— donde el grupo deja la forma canción en doble fila y se lanza a un trance controlado. Cale desarma, Smith incendia, la banda sostiene con una precisión que la historia suele olvidar: la guitarra de Kaye abriendo pasillos, el piano febril de Sohl, la línea sobria de Král, el latido disciplinado de Daugherty. Entre medias, un triángulo sentimental que termina por colarse en las mezclas: Tom Verlaine aparece para romper la pana en “Break It Up”; Allen Lanier llega con duelo contenido para “Elegie”. No había manual de convivencia, sí un requisito: que el disco acabara vivo.

Las canciones funcionan como cartas sin remitente. “Gloria (In Excelsis Deo)” abre con la declaración que convirtió a media América en un signo de interrogación: una toma de posición literaria y corporal que convierte la versión de Them en exorcismo (¿desde aquí es cuando Van Morrison decidió dormir cada noche en su casa?). “Redondo Beach” descoloca con su pulso en clave reggae y un humor feroz que roza la tragedia familiar; “Free Money” trae Nueva Jersey, madre y lotería como mitología proletaria; “Kimberly” aligera con ternura sin bajar la guardia. Las dos grandes mareas —“Birdland” y “Land”— son el art-punk en carne viva: improvisación con brújula, recitativos que no piden perdón por la densidad, referencias que van de Peter Reich a Chris Kenner, del OVNI al nacimiento del rock como rito de paso. Y cuando llega “Elegie”, Hendrix entra en la sala como un invitado al que todos ceden el sitio: un réquiem contenido, grabado en su aniversario, que deja al oyente frente a un espejo sin marco.

El disco, sin embargo, no termina en la mesa de mezclas. Su fotografía habla con la misma voz. Robert Mapplethorpe decide la luz; Patti escoge la camisa blanca sin mancha, la chaqueta al hombro, el broche de caballo que le regaló Allen Lanier. Antes de posar, prepara té con menta y bocadillos de anchoas; él declina el bocado —sabia elección para una camisa blanca— y espera que el cielo abra. Llegan a casa de Sam Wagstaff cuando el triángulo de sol está por irse; “la tengo”, dice Mapplethorpe, y la historia le da la razón durante medio siglo. Que la portada sea andrógina no es un artificio: es un autorretrato exacto, una manera de estar en el mundo que muchos leyeron como manifiesto. El gesto Sinatra de la chaqueta, la mirada sin adorno y la blancura de la camisa constituyen el otro lado del vinilo: el de un rock que puede declararse a la intemperie sin abalorios.

Volvamos a Electric Lady. La tensión con Cale no fue un rumor: hubo empujones estéticos, decisiones discutidas y esa impresión de espejo cruzado —dos artistas con voluntad de mando chocando en cada compás. De esa lucha salen, paradójicamente, las zonas más libres del álbum. Smith diría después que ignoró la mayoría de las sugerencias; la cinta, con su respiración anfibia, sugiere otra cosa: que alguien obligó a mirar el abismo y alguien se tiró primero. En cualquier caso, el resultado suena a toma única extendida, a club sin aire acondicionado, a poema que encuentra su tempo en mitad del ruido.

La escena alrededor también importa. El CBGB no fue un decorado: fue la academia donde Patti Smith Group pulió el filo y el oído. Allí la prosa poética aprendió a levantar el pie en el sitio exacto y el colmillo punk entendió que citar a Rimbaud no te quita calle. De ese ecosistema salieron carteles compartidos con Ramones, Television, Blondie o Talking Heads; del otro lado, Clive Davis olió pólvora y publicó el disco en Arista. Horses llegó el 10 de noviembre de 1975 —cinco meses antes del debut de Ramones— y, en lugar de cerrar filas, abrió puertas: convirtió la lectura pública en un deporte de riesgo, pasó el jazz por la licuadora, rearmó un par de estándares y dejó una manera de cantar-hablar que todavía incomoda a los guardianes del virtuosismo.

Lo que queda, escuchado hoy, es la instantánea de un punto de inflexión: una artista que escribe como si las noches fueran un cuaderno y una banda que sabe apartarse cuando la palabra pide espacio. Un productor que afila la incomodidad y un estudio que conserva, en sus paredes, el fantasma hospitalario de Hendrix. Una portada que detiene la luz lo justo para decir: así era el momento. Horses no inaugura sólo una carrera; supone el comienzo de una conversación larga entre la poesía y el ruido, entre la memoria y el presente. Y, como en aquella hoja de contactos que Mapplethorpe señaló con el dedo, hay una imagen que contiene la magia. El resto —listas, etiquetas, genealogías— vino después. Aquí estaba la foto. Aquí, el latido. Aquí, el caballo echando a correr.