Parade / Materia Oscura (Jabalina Música, 2011)

Como Gino Paoli, que sobrevivió más de cuarenta años con una bala alojada a escasos centímetros del corazón, Materia Oscura de Parade es un disco que late con fragmentos de metralla emocional, pero sin perder nunca el compás. Publicado en 2011 por Jabalina Música, este trabajo de Antonio Galvañ se presenta como el álbum oscuro de su discografía, aunque bajo esa etiqueta se esconde, en realidad, uno de sus ejercicios más brillantes de pop melancólico y fabulador. Un disco que no se regodea en la tristeza sino que la transforma, como hacen los alquimistas del pop, en belleza frágil, ironía soterrada y ritmo irresistible.

Desde sus inicios en el sello Spicnic con el debut Parade (1998) —y su ya legendaria “Metaluna”—, Galvañ ha levantado una de las obras más singulares del pop español. Con una imaginación nutrida de ciencia ficción, pasadizos góticos, fanzines de serie B y retales de canción italiana, Parade ha hecho de lo excéntrico una forma de introspección. Desde Consecuencias de un mal uso de la electricidad (2000) hasta Inteligencia Artificial (2003), su proyecto ha jugado con el piano, los sintes y los géneros de derribo, pero Materia Oscurasupone, por derecho propio, un punto de inflexión. Aquí no hay dulzura evasiva, sino una conciencia clara de que la oscuridad no se combate con más oscuridad, sino con canciones luminosas como latigazos eléctricos.

Materia Oscura fue concebido “como el disco siniestro” de Parade, pero terminó convertido en otra cosa: un catálogo de desastres íntimos narrado con ritmo y pulso pop, como si la muerte, el rechazo o la alienación social se pudieran cantar sin perder la elegancia. Hay títulos que no engañan: El muerto despierto, La muerte enamorada, Innsmouth, ¿Eres un robot?. Esta última, en especial, funciona como columna vertebral del disco: un relato de suplantación emocional en clave de ciencia ficción, donde el propio Galvañ sospecha haber sido reemplazado por un robot eficiente pero incapaz de sentir. Más que una distopía, es un comentario irónico sobre la deshumanización cotidiana y las emociones aplazadas.

La paleta sonora del disco expande los límites habituales del proyecto. Parade regresa aquí a sus raíces electrónicas con cajas de ritmo y sintetizadores, pero también incorpora una banda real (con Dani Cardona, Eduardo Piqueras, Eva Plaza y Jesús Galvañ) que dota a las canciones de un carácter más orgánico y teatral. Se entrelazan el piano, los juegos vocales retro, referencias al disco-funk setentero y una sensibilidad barroca a lo Vainica Doble o Carlos Berlanga, sin perder ese aroma a ELO o Wizzard que da lustre a las producciones.

El desfile de referencias no es gratuito: Innsmouth bebe del imaginario de H.P. Lovecraft, El hombre con una bala en el corazón es un homenaje al propio Gino Paoli, Bela y Boris (Amor a la inversa) invita a pasear por el cementerio junto a Bela Lugosi y Boris Karloff, mientras que Transplutonia y ¿Eres un robot? siguen la senda de Philip K. Dick, aunque sin necesidad de citarlo. Y sin embargo, pese al despliegue fantástico, lo que late en el disco es muy humano: el miedo a la pérdida, la sensación de extrañeza ante el mundo, la ternura que sobrevive entre ruinas.

Grabado en Intonarumore y mezclado por Cardona en El Sótano, con masterización de Xavier Alarcón y portada ilustrada por Mario Feal, Materia Oscura apareció en CD digipak y en una tirada limitada en vinilo que hoy es objeto de culto. La crítica lo abrazó como uno de los puntos álgidos de la discografía de Parade —Mondo Sonoro le concedió un 8, La Fonoteca lo calificó de obra rica y esencial— y los oyentes más atentos lo adoptaron como banda sonora para sobrevivir a días raros y noches sin instrucciones.

Como la bala de Paoli, Materia Oscura no mata, pero deja marca. A medio camino entre el homenaje y la crónica personal, es un disco que no busca consuelo, sino conexión. Galvañ se vale de monstruos, replicantes y amores fantasmales no para evadirse, sino para recordarnos que las rarezas, las heridas y las mutaciones también forman parte de lo humano. Que hay belleza en la tristeza, sí, pero también dignidad en saber que la oscuridad —cuando se canta bien— puede sonar como un estribillo perfecto.