Panda Bear / Sinister Grift

Hay una teoría (creo que del periodista musical David Saavedra), sin pruebas pero con suficiente gracia como para querer creerla, que dice que el último álbum de The High Llamas está dedicado en secreto a Panda Bear. Suena descabellado, pero en un mundo donde Noah Lennox y Sean O’Hagan comparten la misma devoción por el pop ondulante y oblicuo, no es imposible. Ambos han pasado décadas construyendo paisajes musicales donde la armonía se retuerce como un caracol de Escher. Que el veterano irlandés haya tejido un homenaje clandestino al eterno explorador de Animal Collective es, cuando menos, una conexión excitante. Pero si algo prueba Sinister Grift es que Panda Bear no necesita tributos: sigue fabricando los suyos propios.

Desde los primeros minutos del disco, se percibe cierta bruma melancólica. El sonido, aunque tan lujoso y meticulosamente diseñado como siempre, carga con un peso vital distinto. Hay en estas canciones el rastro de alguien que ha atravesado grandes cambios y no se molesta en esconderlo. El divorcio, los hijos que crecen, la pregunta de dónde echar raíces en los años lisboetas, la sombra de su padre. Todos estos temas flotan, a veces implícitos, a veces explícitos, en ciertos tramos del disco, en una cadencia que es introspectiva sin volverse hermética.

Temas como Elegy for Noah Lou golpean con un lirismo que Lennox ha refinado con los años. Aquí, el pop de capas brillantes y texturas vocales hipnóticas se transforma en un réquiem cálido, sin lágrimas de más. En Anywhere But Here, un inesperado speech en portugués (recitado por su propia hija) irrumpe como un recuerdo sonoro de su segunda patria, mientras la instrumentación gira entre lo orgánico y lo electrónico con la misma elegancia de un collage bien suturado.

Pero si el disco comenzara y terminara en la melancolía, no sería Panda Bear. La segunda mitad de Sinister Grift es un recordatorio de que Lennox es, antes que nada, un arquitecto del sonido pop en su versión más vibrante. Es aquí donde se le nota en casa, entre armonías vocales en cascada, ritmos juguetones y progresiones que, aunque complejas, nunca olvidan la inmediatez de una buena melodía. Sin embargo, el inicio con Praise dibuja una de las piezas más inmediatas del disco, con una energía cinética que recuerda a sus mejores momentos en Person Pitch, pero con el refinamiento de quien ha aprendido a administrar sus impulsos.

A lo largo del álbum, las influencias saltan como notas de un pentagrama desordenado pero perfectamente coherente. Ecos de The Beach Boys, texturas de dub jamaicano, algo del minimalismo de Philip Glass, los restos de una infancia empapada de coros eclesiásticos. A ratos, incluso se percibe la sombra de Haruomi Hosono, especialmente en los interludios donde las melodías parecen plegarse en sí mismas, como si jugaran a cambiar de piel.

Sinister Grift es un disco profundo y reflexivo, pero lo suficientemente rico como para distraer y convencer sin necesidad de subrayar su mensaje. Es música que entiende que la vida es cambio, y que el mejor pop no solo lo registra, sino que lo transforma en algo que uno quiere escuchar una y otra vez. Si el pop de hoy sonara así, quizás no habría necesidad de teorías secretas sobre tributos encubiertos. Pero mientras tanto, tenemos esto: Panda Bear, haciendo lo suyo, mejor que nunca.