Ornella Vanoni: El Arte de Permanecer en la Penumbra Brillante

La puerta de entrada a su universo, lo admito, llegó por una vía poco ortodoxa: de la mano de George Clooney y Brad Pitt, dos colegas que nunca sabrán hasta qué punto me hicieron un favor. En plena agitación del Ocean’sverse, mientras David Holmes tramaba su juego de espejos y ritmos, el de Belfast decidió que la segunda entrega necesitaba vestirse con el mejor pop italiano de los sesenta y setenta —“Svolta Definitiva (1970), de Ennio Morricone, fue una gran influencia para hacer el score de Ocean’s Twelve”, decía—. Y allí, abriendo la banda sonora como si encendiera una lámpara en mitad del casino, sonaba L’Appuntamento de Ornella Vanoni: tres minutos que insinuaban una vida entera entre paréntesis. Desde entonces, no he salido de ahí. No hay nada como una estafa internacional bien coreografiada para descubrir una canción que te partirá en dos.

Esa melodía —la mujer que espera sin mendigar, que reconoce el temblor sin dramatismo, que entiende la dignidad como un hábito íntimo— no solo era un clásico redescubierto: era el índice secreto de toda su biografía artística. Vanoni venía de lejos: del rigor del Piccolo Teatro, de los ejercicios de dicción de Giorgio Strehler, de una educación sentimental entre camerinos y cafés donde se aprendía que la pausa también es una forma de golpe. En el escenario desarrolló ese arte suyo de “respirar” las frases, de medir la tensión como quien mueve una pieza en un tablero complejo. Y venía también de algo más turbio: la malavita, folclore urbano que mezclaba lumpen y poesía, donde se narraban vidas rotas con un humor áspero que hacía del drama un oficio cotidiano.

El teatro fue su primera patria. A mediados de los cincuenta interpretaba a Pirandello bajo la mirada estricta de Strehler, que intuyó en ella una potencia vocal y gestual ajena al canon. De ahí nacieron las Canzoni della mala, escritas por Strehler junto a Dario Fo, Fiorenzo Carpi y Gino Negri. Ma mi, Le mantellate o Hanno ammazzato il Mario la convirtieron en “la cantante del hampa”: una intérprete que trasladaba la tensión escénica al gesto vocal, perturbadora, magnética, consciente de que una canción puede funcionar como un monólogo si se toca el nervio adecuado.

Pero el teatro, como las pasiones, tiene salida, y en 1960 apareció un nombre que reorientaría el relato: Gino Paoli (¿primera bala en su corazón?). El encuentro tuvo la temperatura de una novela prohibida. Paoli estaba casado; Vanoni, cansada de destinos que la negaban. De esa colisión nacieron Senza fine, Che cosa c’è y un tránsito hacia un pop sentimental que amplió su público sin diluir su misterio. Su primer álbum de 1961 lo dejó claro: media cara dedicada a la mala, media cara al amor. Un disco bicéfalo para una artista que parecía habitar dos vidas con absoluta naturalidad.

La década de los sesenta fue el laboratorio donde Ornella Vanoni dejó de ser “la actriz que cantaba la mala” para convertirse en una fuerza propia dentro del pop italiano. Sus discos de aquellos años funcionan casi como un cuaderno de metamorfosis: empiezan con la sombra del Piccolo Teatro aún pegada a la piel —esa dicción afilada, esa forma de narrar con medio gesto— y terminan con una intérprete que ya ha encontrado su respiración natural. El encuentro con Gino Paoli actúa aquí como el gran catalizador: de él recibe Me in tutto il mondo, la llave que abre la senda sentimental, y Senza fine, ese vértice eterno donde la melodía actúa como brújula afectiva. Su primer álbum de 1961, dividido entre la mala y el amor, refleja la fractura de una artista que aún habita dos mundos. Pero a medida que avanza la década —Sanremo, Nápoles, los éxitos encadenados, esa voz que abandona la aspereza teatral para deslizarse hacia un tono más suadente— Vanoni empieza a escribir su propia biografía musical. Tristezza anuncia su inclinación brasileña antes de que Brasil la reclame definitivamente, y Una ragione di più la revela ya como autora, consciente de que su destino no era solo interpretar, sino moldear el repertorio desde dentro. Así, entre discos que homenajean a sus cantautores queridos y otros donde encuentra un personaje más íntimo, la Vanoni de los sesenta deja de buscar su lugar para, sencillamente, ocuparlo.

La verdadera consagración llegó en los setenta, cuando Ornella encontró su espacio natural: la intérprete culta capaz de dominar géneros sin traicionarse, la mujer que convertía el abandono en cartografía emocional. L’Appuntamento (1970) la erigió en mito nacional: 600.000 copias vendidas, Gondola d’Oro, un lugar definitivo en el imaginario de un país que descubría en ella a la superviviente elegante. Tres años después, Dettagli reafirmó que la melancolía, bien afinada, también podía llenar estadios.

L’Appuntamento es ese tipo de canción que parece escrita en una servilleta por alguien que ya ha vivido demasiado y aun así decide presentarse a la cita. Adaptada del original de Roberto y Orgasmo Carlos —como siempre llamamos a Erasmo cuando su vena sentimental se desborda—, en manos de Ornella Vanoni dejó de ser una balada de desamor para convertirse en un pequeño manifiesto de dignidad. Ella no interpreta a una mujer derrotada, sino a alguien que entiende la espera como un gesto casi ceremonial: el lugar donde la soledad y la altivez pactan una tregua. Su voz, contenida y afilada, convierte cada frase en un plano corto, y la melodía avanza como una calle vacía al atardecer. Lo hermoso es que nunca pretende conmover; lo hace porque no tiene otra forma de contar la verdad. Por eso L’Appuntamento sigue funcionando como un disparador emocional perfecto: porque nadie ha sabido narrar la incertidumbre con tanta compostura y, al mismo tiempo, tanta herida.

Y entonces llegó Brasil. Más que un giro estilístico, fue una afinidad vital: una forma de respirar distinta, una libertad melódica que encajaba en su manera de ser. Ya había insinuado esa conexión a finales de los sesenta, pero la cima llegó con La voglia, la pazzia, l’incoscienza, l’allegria (1976), junto a Vinícius de Moraes, Toquinho y Sergio Bardotti. Relecturas italianas de la bossa nova grabadas en directo, un equilibrio improbable entre lirismo mediterráneo y cadencia carioca. Toquinho lo resumió mejor que nadie: “No conozco otra cantante italiana que haya cantado Brasil tan bien”. Y tenía razón. Ese álbum, incluido entre los cien mejores discos italianos por Rolling Stone Italia, fue un puente cultural sin imposturas: Brasil visto desde Milán con una delicadeza feroz.

Mientras eso sucedía, Vanoni se reinventaba como empresaria y autora. Fundó su sello Vanilla en 1974, escribió sus propias canciones en Ricetta di donna (1980) y se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio Tenco como cantautora. Su voz, cada vez más suave y precisa en las notas bajas, la proyectaba hacia un terreno donde lo sofisticado no excluía lo visceral. Y su curiosidad la llevó al jazz: colaboró con George Benson, Herbie Hancock, Gil Evans, Lee Konitz. No era un gesto cosmético: era la prueba de que su universo se expandía sin perder ese núcleo íntimo que la definía.

Para muchos, su legado se condensa en un gesto imposible de imitar: la mujer que no mendiga simpatías, que canta al dolor sin empequeñecerse, que convierte el deseo en una forma de lucidez. Un personaje que se define por oposición: mientras Mina representaba la alegría fulgurante, Ornella fue la herida luminosa; mientras una se volvió secreto, la otra permaneció visible, sin maquillaje moral. Y eso la convirtió, sin necesidad de proclamas, en la Dama de la Música Italiana.

Su música viajó más que ella. L’Appuntamento reapareció en Ocean’s Twelve y presentó a generaciones enteras (he aquí una muestra) un flechazo tardío. Porque Vanoni es ese tipo de artista que aparece cuando menos lo esperas: cuando crees que el cine solo sirve para entretener, te devuelve una canción que te cambia el día, o la vida, o la manera de entender la intemperie emocional.

Hoy, que toca despedirla, su figura vuelve a iluminar esa mezcla de melancolía y soberanía. Si algo enseñó Ornella Vanoni, es que la soledad puede ser fértil, un territorio propio desde el que cantar sin bajar la vista. Elegante, autónoma, voluptuosa, teatral. Un espejo roto que devolvía siempre la misma imagen: la de una mujer que eligió su destino incluso cuando dolía.