A partir de cierta edad, muchas bandas dejan de tocar canciones para empezar a administrar recuerdos. El público compra una entrada con la tranquilidad de quien sabe exactamente lo que va a ocurrir: llegarán los acordes de West End Girls, aparecerá It’s a Sin, sonará Go Westy, durante un rato, todo volverá a colocarse donde estaba hace treinta o cuarenta años. Pet Shop Boys decidieron romper ese guion.
No anunciaron una gira retrospectiva ni un aniversario con fuegos artificiales. Hicieron algo bastante más insólito: apartar todos sus grandes éxitos y construir cinco conciertos únicamente con canciones que casi nunca habían encontrado un hueco sobre un escenario. Pistas de álbum, caras B, rarezas y viejas favoritas de quienes siempre siguieron escuchando cuando el disco ya había dejado atrás los sencillos.
Así nació Obscure Pet Shop Boys, una residencia celebrada durante cinco noches en el Electric Ballroom de Camden que funcionaba como la imagen invertida de Dreamworld, la gira con la que Neil Tennant y Chris Lowe habían recorrido medio mundo celebrando su repertorio más popular. La única regla admitía poca discusión: ni un solo single.
Cuando Neil Tennant apareció ante el micrófono resumió la idea en tres palabras.
“Tonight… no hits.”
La respuesta del público fue inmediata. Ningún gesto de decepción. Ninguna mirada preguntándose cuándo llegaría Rent o Domino Dancing. Al contrario. Aquella frase sonó como una contraseña compartida entre personas que llevaban años esperando exactamente ese concierto.
Porque oportunidades para escuchar West End Girls siempre habrá. Lo verdaderamente excepcional consistía en descubrir Jack the Lad sobre un escenario por primera vez, reencontrarse con To Face the Truth después de más de treinta años o comprobar que Two Divided by Zero seguía conservando el mismo pulso con el que abría Please en 1986.
Escuchadas una detrás de otra, aquellas canciones acababan contando otra historia de Pet Shop Boys. La del grupo que escribió una de las canciones más conmovedoras sobre la soledad y el suicidio en Your Funny Uncle, mientras medio planeta seguía asociándolos únicamente al brillo irresistible de Go West. La del dúo que escondió en King’s Cross una de las páginas más sombrías de su catálogo pocos meses antes del incendio que convirtió aquella estación londinense en noticia en todo el mundo, otorgándole un significado que ninguno de los dos podía haber previsto. O la de quienes fueron capaces de dedicar una canción a un camionero y su ayudante —The Truck Driver and His Mate— sin perder por el camino ese equilibrio tan suyo entre el humor británico y la melancolía.
De repente, el repertorio dejaba de comportarse como una sucesión de canciones para convertirse en una conversación. Saltaba de 1986 a 2009 sin que apenas se notaran las costuras. El sintetizador preciso de Chris Lowe, siempre más interesado en la elegancia que en el exceso, encontraba un aliado perfecto en la escritura de Neil Tennant, capaz de transformar una observación cotidiana en un estribillo que parecía llevar años esperando al oyente adecuado.
Cada noche cambiaban varias piezas. Ningún concierto era exactamente igual al anterior. Unos escuchaban Young Offender; otros salían hablando de Positive Role Model, Love Is the Law o Why Don’t We Live Together?. Era una decisión inteligente. También una forma de recordar que cuarenta años de canciones no caben en una sola noche, sobre todo cuando uno decide rescatar precisamente las que casi nunca aparecen en las recopilaciones.
Hubo además pequeños detalles que terminaban de dar sentido al proyecto. Princess Juliaejercía de anfitriona antes de cada actuación, mientras Sylvia Mason-James aparecía como invitada para interpretar One in a Million / Mr. Vain, estableciendo un puente natural entre el grupo y aquella cultura de clubes londinense en la que siempre encontraron una segunda casa. Y aún quedaba una sorpresa.
Entre tanto material rescatado del pasado apareció I Dream of a Better Tomorrow, una composición inédita escrita para el musical Naked. Resultaba casi una declaración de principios. Incluso en un ciclo dedicado a las canciones olvidadas seguían apareciendo canciones nuevas. El pasado no era un lugar donde instalarse; apenas un buen punto desde el que seguir avanzando.
Quizá esa haya sido la mayor virtud de Obscure. Recordar que una gran discografía nunca coincide exactamente con sus canciones más famosas. Las plataformas han terminado acostumbrándonos a resumir carreras enteras en una lista de imprescindibles. Todo lo demás parece desaparecer de la conversación. Sin embargo, basta asistir a un concierto como este para entender que muchas veces la verdadera historia de un grupo transcurre unos metros más allá de los focos, allí donde sobreviven las canciones que nunca aspiraron a convertirse en himnos.
Durante cinco noches, Pet Shop Boys demostraron precisamente eso. Que una cara B puede esperar cuarenta años para encontrar el momento oportuno. Y que, cuando por fin llega, uno descubre que llevaba demasiado tiempo llamándola canción menor.
Playlist | El espíritu de Obscure
Como el repertorio fue cambiando cada noche, esta selección resume el corazón de aquella residencia londinense.
El éxito de la iniciativa fue suficiente para que Pet Shop Boys trasladaran Obscure a Berlín unos meses después. La regla seguía siendo exactamente la misma: ni un solo éxito. Una idea sencilla que acabó revelando algo que muchos intuían desde hace tiempo: detrás de uno de los mejores recopilatorios de la historia del pop sigue escondiéndose una discografía todavía mejor.


