“Porque os tempos passaram e passarão / Tudo que começa acaba, e outros cabras seguirão / Cruzando o atemporal do tão do baião.” La voz de Caetano Veloso en estos versos parece señalar algo que se intuye en ciertos discos: la sensación de que el tiempo es solo un decorado, un accidente. Hay música que no pertenece a un momento específico, que flota por encima de las coordenadas habituales. Nyron Higor, el homónimo segundo álbum del músico de Maceió, es uno de esos discos. No llega como una novedad deslumbrante ni como un artefacto vintage rescatado del olvido. Simplemente aparece para quedarse.
En su debut, Fio de Lâmina, Nyron Higor ofrecía un conjunto instrumental sobrio y preciso, casi como un estudio de formas y texturas en miniatura. Ahora, con este álbum, en primera persona y marcado por su propio nombre, la música se abre, se expande sin perder el control. Hay más voces, más colaboraciones, más matices. No es un giro traumático, sino un paso natural, como si el primer disco hubiera sido una especie de boceto y este, toda una pintura en la que los detalles cobran vida.
Desde los primeros compases de “Ciranda”, se adivina un cambio de temperatura. Un frevo ralentizado, el trombón dibujando líneas melancólicas en el aire, la guitarra acústica sosteniendo el ritmo con una delicadeza que parece más respirada que tocada. Todo está en su sitio, pero nada es inflexible. La música se mueve con una soltura que desarma, como si la canción misma no supiera muy bien de dónde viene ni hacia dónde va, y esa dicotomía le diera su fuerza.
Luego llega “São Só Palavras”, donde las voces de Alici Sol y Bruno Berle flotan sobre una base mínima, dejando que el silencio haga parte de la estructura. Dura lo justo para adherirse al cerebelo sin que éste oponga resistencia. Es una canción que parece ligera, pero en realidad está construida con la precisión de quien sabe que lo más difícil es decir mucho con casi nada.
“Louro Cantador” es un tema que podría haber encajado en Fio de Lâmina, pero aquí suena más suelto, menos preocupado por la perfección formal. Un órgano que juega en el borde entre lo serio y lo lúdico, silbidos de pájaros que podrían haber sido grabados en algún rincón de Maceió o quizás programados en un estudio, y una guitarra que mantiene todo unido sin necesidad de destacar. La sofisticación está en lo que aparece fuera de campo, no en lo que aparece en pantalla.
El resto del álbum mantiene esa misma lógica. Algunas canciones están grabadas por Higor en solitario, pero no suenan desoladas; otras están atravesadas por la química que el autor destila con músicos como Batata Boy o João Menezes, asociaciones trenzadas con naturalidad, con la finura de un pase de Garrincha y la soltura de un quiebro de Neymar Junior. La sensación es la de una música que sucede con naturalidad, sin necesidad de grandes gestos.
Que Gilles Peterson haya puesto el ojo en este disco no es una sorpresa. Nyron Higor no suena a un año en particular, ni busca encajar en ninguna tendencia. Es un álbum que podría haber salido hace diez años o hacerlo dentro de veinte, y seguiría sonando igual de presente. No se esfuerza por ser atemporal, simplemente acaba siéndolo. Como en la letra de Caetano, aquí hay un viaje que cruza fases . No hay una meta clara, ni siquiera un concepto que haga de sutura. Solo canciones que existen porque sí, porque pueden, porque encuentran su sentido en el mero hecho de sonar.


