La música de Noura Mint Seymali siempre ha funcionado como una frontera móvil: un espacio en el que la historia oral mauritana, sus linajes griot y la liturgia del haul conviven con ráfagas eléctricas que podrían derribar una duna o reanimarla, según el día. Yenbett, su primer álbum en nueve años, llega con ese espíritu de expansión —su título significa “crece”— y confirma que pocas artistas han sabido conjugar tradición y electricidad con semejante sentido de destino. Hay discos que parecen escritos en un cuaderno de viaje; este, en cambio, avanza como un convoy nocturno por el desierto, iluminando lo que toca y dejando el resto a la imaginación del oyente.
Lo primero que emerge es el ardine, el arpa de calabaza que sólo las mujeres griot tocan y que Noura aprendió de su abuela Mounina, figura tan icónica como para haber acabado en una moneda del país. Ese instrumento, limitado en apariencia pero vasto en resonancia, no es aquí un adorno folclórico: es el eje espiritual de un sistema musical —el azawan— en el que la voz y la cuerda no sólo narran, sino ordenan la vida comunitaria. Esa misión cae sobre la griot, o iggawen, que actúa como memoria sonora de un pueblo: poeta, cronista, acompañante ceremonial, emisaria y, llegado el caso, la que recuerda a la sociedad quién ha sido y hacia dónde se dirige. Seymali ocupa ese lugar con una autoridad que nace del linaje, pero también de una modernidad consciente que evita la nostalgia gratuita.
Con esa base, Yenbett se despliega hacia un terreno donde la electricidad no resta profundidad, sino que amplía la escala del relato. La guitarra de Jeich Ould Chighaly —su marido y aliado artístico— dialoga con la tradición de la tidinite, pero lo hace sin temor a encenderla. Sus fraseos avanzan como espirales imprevisibles: hay algo del vértigo del desert blues, sí, pero también una manera de atacar las notas que recuerda a un funambulista que improvisara rutas nuevas en cada pase. La sección rítmica de Ousmane Touré (bajo) y Matthew Tinari (batería y coproductor) funciona como un andamiaje musculado que no teme detenerse, acelerar o girar en seco cuando la melodía requiere un cambio de rumbo. El trabajo de estudio de Tinari y Mikey Coltun talló ese sonido con una claridad áspera, casi táctil.
La estructura del álbum está atravesada por siete interludios —los “Wezeun”— que actúan como pequeños portales entre las piezas principales. Son breves, nocturnos, casi como si la banda hubiese dejado encendida la grabadora después de una sesión. En ese ir y venir se reconoce un ánimo ritual: las canciones aparecen no como unidades aisladas, sino como estaciones de un viaje circular.
El arranque con Bidayett Lehjibb y su versión extendida, Lehjibb, ofrece un ejemplo de esa dualidad. Primero, el ardine marca un pulso austero en el que la voz de Seymali queda suspendida, firme como una constelación anterior a nuestra mirada. Después, el mismo motivo resurge atravesado por distorsión, reverberación y un bajo que entra como un terremoto calculado.
El sencillo Guéreh recupera una antigua canción de boda atribuida a Jeich Ould Abba, pero aquí surge transformada en una celebración rotatoria, casi hipnótica. Hay una sensación de movimiento perpetuo, como si una fiesta itinerante cruzara el desierto sin mirar el reloj. Ch’tib (Naha) y Hagala Geyeul sostienen ese pulso comunitario, entre llamadas y respuestas que parecen emerger de una noche sin fronteras. Incluso cuando la percusión coquetea con un guiño disco setentero, la raíz sigue presente, anclada en la métrica del haul y en esa forma de cantar que registra vivencias y emociones sin dramatismo.
El logro mayor de Yenbett es que nunca convierte la música mauritana en un decorado. Todo está vivo, argumentado, impulsado por una corriente interna que viene de lejos: los modos del haul, con su función emocional y narrativa; el ardine como brújula; la voz como relato; la guitarra como imaginario contemporáneo. Es un disco que contempla el pasado sin reverencia museística y el presente sin ansiedad por sonar global. Si crece —como su nombre indica— es porque entiende que la tradición no es un relicario, sino un organismo en movimiento.


