Nicoletta / Nicoletta 73 (Riviera, 1973)

Algunos discos titulados con el nombre del artista y el año de publicación practican una transparencia más cercana al reclamo comercial que al relato artístico. No buscan un gran enigma, ni una metáfora abstracta u obtusa, ni esa gravedad con la que ciertos músicos convierten cada portada en su propio busto municipal. Dicen simplemente: esta soy yo, aquí y ahora. Algo parecido a esa declaración de independencia pop que viene a decir: voy sola, me basto, no necesito una mano a la que agarrarme porque llevo fuego propio en el alma. Nicoletta 73 pertenece a esa familia de álbumes que llevan fecha en el lomo como quien marca una botella, un verano o una herida bien cicatrizada. No es un debut ni una recapitulación, tampoco una obra concebida para explicar una carrera con tiralíneas. Es más bien una captura tomada justo cuando Nicoletta cambia de respiración: después del terremoto popular de Mamy Blue, cuando podía haberse limitado a explotar la veta hasta convertirla en mina turística, pero eligió algo más interesante. Ensanchar el terreno, probar vestidos distintos, cantar con la boca llena de vida y colocar su voz en canciones que ya no pertenecían al escaparate yé-yé, sino a una zona más adulta, carnal y literaria de la canción francesa.

La portada, con ilustración de Patrick Loiseau y fotografía de Just Jaeckin, ya anuncia parte del asunto: una imagen de época, sí, pero no exactamente congelada en el souvenir. Nicoletta aparece como figura de plató y personaje de novela de aeropuerto con sala Vip, de esos libros que alguien lee en un tren mientras en el vagón contiguo se está decidiendo una ruptura. El disco, publicado por Riviera, división de Barclay, llega con producción de Léo Missir, su gran valedor artístico, y con un equipo donde se cruzan arreglistas y autores como Daniel Carlet, Jean Bouchety, André Hervé, Pierre Billon, Boris Bergman, Aldo Romanoo Hervé Vilard. No estamos ante una cantante soltada al centro del estudio con una orquesta genérica detrás, sino ante un repertorio trabajado como traje a medida, aunque alguna costura conserve ese encanto ligeramente excesivo de la variété francesa de los setenta: terciopelo, metales, drama y una lámpara encendida de más.

Venía Nicoletta de convertirse en una de las grandes chanteuses à voix de su generación, una categoría que conviene manejar con cuidado porque a veces sirve para elogiar y otras para meter a mujeres con voces monumentales en un escaparate de pulmones. Lo suyo no era solo potencia, ni ese malentendido según el cual cantar bien consiste en ganar una discusión con el micrófono. En Nicoletta había grano, aspereza, una manera de morder ciertas palabras como si dentro guardaran hueso. Charles Aznavour, que de voces sabía lo suficiente como para no repartir bendiciones al tuntún, vio en ella algo más que una garganta formidable: habló de una voz hecha de palabras, corazón, angustias del cuerpo, amor y acto amoroso. La frase tiene esa intensidad tan francesa que, en manos torpes, podría acabar oliendo a contraportada de perfume; con Nicoletta, sin embargo, adquiere sentido. En Nicoletta 73 su canto no adorna las canciones: las ocupa, las zarandea, les pasa un dedo por la nuca y las devuelve al mundo algo más peligrosas.

El arranque con Fio Maravilla marca el golpe de timón más vistoso. La canción original de Jorge Ben, adaptada al francés por Boris Bergman, trae consigo una energía brasileña que Nicoletta no intenta disfrazar de postal tropical. No canta Brasil como quien se compra unas maracas en el duty free; entra en el tema con una alegría física, casi futbolística, pero sin perder ese punto teatral que convierte el entusiasmo en personaje. Hay ritmo latino, resorte popular y luz de éxito, pero también una operación muy de su tiempo: la chanson francesa mirando hacia fuera, apropiándose de materiales ajenos con una mezcla de descaro y oficio, buscando aire cuando las paredes del género empezaban a quedar demasiado empapeladas. Fio Maravilla pudo ser el número amable del disco, el caramelo de entrada, pero en su versión revela algo fundamental: Nicoletta ya no quiere ser únicamente una voz para grandes baladas, sino una intérprete capaz de cruzar idiomas, acentos y temperaturas sin perder el norte.

Esa amplitud hace de Nicoletta 73 un álbum más rico de lo que su etiqueta podría sugerir. Aquí conviven la chanson de respiración clásica, la balada con fondo cinematográfico, el pop orquestal, ciertos gestos soul, algún filo rock y esos ritmos latinos que aparecen como una corriente cálida bajo el suelo. El disco prefiere cambiar de decorado antes que desfilar como una simple colección de canciones. Algunas tienen el brillo de los estudios Barclay-Hoche, con sus arreglos elegantes y su punto de teatro bien iluminado; otras parecen nacer en una habitación con las persianas bajadas y una conversación pendiente desde hace años. El riesgo de una mezcla así era acabar en bazar fino, pero Léo Missir y los arreglistas encuentran una cohesión bastante milagrosa: la voz de Nicoletta hace de bisagra, de brújula y, cuando conviene, de portazo.

En ese sentido, Les volets clos ocupa el centro emocional del álbum. Compuesta por Paul Misraki con letra de Remo Forlani, y vinculada a la película homónima de Jean-Claude Brialy, la canción propone cerrar las persianas, olvidarse del exterior y reducir el mundo a una pareja encerrada en su propia penumbra. Dicho así podría parecer una fantasía romántica algo aparcada en doble fila, pero Nicoletta evita el azúcar. Hay en su interpretación una mezcla de deseo, cansancio y reclusión voluntaria que convierte la pieza en algo más turbio: no es solo amor protegido del ruido, sino el anhelo de cancelar la intemperie, de dejar fuera el trabajo, las obligaciones, el tiempo que llama al timbre como un cobrador con mala digestión. La orquesta no empuja hacia el melodrama fácil; rodea la voz con una elegancia sombría, como si la canción estuviera iluminada por una lámpara de hotel donde nadie ha dormido bien.

El disco gana cuando se instala en esos contrastes. Il neige au Sahara lleva ya desde el título una imagen casi imposible, de esas que podrían hundir una canción si el intérprete no las sostiene con convicción. Nicoletta la aborda sin convertirla en postal surrealista ni en tragedia telefilmesca. Su voz sabe moverse entre la extrañeza y la emoción directa, entre el paisaje mental y la canción popular. Une larme dans la mer trabaja otro tipo de desmesura, más íntima: una lágrima arrojada al mar, figura mínima frente a lo inmenso, pero cantada sin miniaturismo. En manos de otra intérprete quizá habría sido un ejercicio de fragilidad perfumada; aquí adquiere cuerpo, peso, una gravedad que no necesita ponerse de puntillas.

También aparece en Nicoletta 73 una veta retro, incluso cierto perfume dixieland en algunos pasajes, que hoy puede escucharse con una sonrisa ladeada. No todo en el disco aspira a la eternidad grave, y esa es parte de su encanto. La Francia musical de 1973 no vivía encerrada en una torre de marfil: también miraba a la televisión, al music-hall, a la radio, a los arreglos de comedia musical, a las modas importadas y a esa idea de espectáculo donde una cantante podía pasar de la sombra al carnaval sin disculparse ante ningún comité de pureza. Nicoletta se mueve en ese espacio con una seguridad admirable. Puede bordear lo enfático, incluso lo aparatoso, pero rara vez cae en la afectación vacía. Cuando el decorado amenaza con comerse la escena, ella aparece con esa voz de terciopelo raspado y vuelve a poner la canción en pie.

La clave está en que Nicoletta 73 documenta una emancipación. No una ruptura teatral con el yé-yé, porque Nicoletta nunca fue exactamente una muñeca de cera en ese escaparate juvenil, sino un desplazamiento hacia un repertorio de autoría reconocible, con canciones carnosas, adaptaciones de altura y materiales que exigían algo más que fotogenia vocal. Jorge Ben, Boris Bergman, Pierre Billon, Aldo Romano y compañía aportan una arquitectura diversa, pero es ella quien la vuelve habitable. Después de Mamy Blue, que podía haberla condenado a repetir el gran gesto dramático hasta convertirlo en un anuncio de Kleenex, Nicoletta 73 demuestra que su sitio estaba en otro lugar: entre la canción francesa de oficio, el soul entendido como combustión interna y una teatralidad que nunca olvida el pulso popular.

Quizá por eso el disco conserva hoy un atractivo especial para quienes disfrutan excavando en la pop francesa sin guantes de látex. No es una obra secreta en el sentido romántico del término, ni una rareza incomprendida que necesite ser rescatada con casco y linterna. Es algo más interesante: un álbum de época que todavía respira, con sus brillos, sus excesos medidos, sus hallazgos y sus pequeñas habitaciones cerradas. Una pieza donde Nicoletta aparece en plena madurez vocal, legitimada por gigantes como Aznavour, pero sin quedarse quieta bajo el aplauso. Canta como quien sabe que una voz no sirve solo para demostrar facultades, sino para organizar el caos sentimental de tres minutos y salir de ahí con el peinado apenas intacto.

En Nicoletta 73, la cantante francesa encuentra una forma de decir “esta soy yo” sin necesidad de convertirlo en manifiesto. Lo hace atravesando Brasil, la chanson, el soul, la balada orquestal y el cine; dejando que cada canción funcione como una escena con temperatura propia; alejándose de la espuma juvenil para instalarse en una zona más adulta, donde el amor puede ser refugio, trampa, fiesta o una habitación con las ventanas cerradas.