Disfrazado de álbum sofisticado y adalid del buen gusto, Quietism se presenta como un disco de pop reposado, bossa nova quebrada y teclados con aroma a humedad parisina, además de homenaje velado a los Japan de David Sylvian . Pero no hay tal paz. Lo que hay es veneno bien servido, nihilismo perfumado, y una colección de canciones que haría salir corriendo al mismísimo San Juan de la Cruz. Momus, como de costumbre, escoge la vía menos transitada: en vez de denunciar megáfono en mano, envenena a sorbos.
Lo del quietismo, ya desde el título, es pura trampa. Si aquel movimiento místico predicaba la pasividad como vía de unión con lo divino, Nicholas Currie lo toma como punto de partida para desplegar todo lo contrario: ironía, sátira, y una mirada que recorre el presente como quien hojea un manual de instrucciones escrito por Samuel Beckett. A sus 65 años, instalado en Berlín y sin intención alguna de gustar, sigue haciendo discos como quien escribe cartas demasiado largas a destinatarios que quizá no existan.
The Actor abre el juego: un retrato de la fama líquida, sin género ni gloria, escrita con bisturí y cantada con sonrisa torcida. El protagonista, antaño estrella, hoy avatar melancólico, acaba con una espada de plástico en el pecho y un chatbot escribiendo su obituario. Si hay compasión, está escondida entre rimas como “He got the chop from / a plastic sword”. En Orange Pills, la crítica se vuelve más directa. Las píldoras naranjas del populismo se tragan sin agua, y el odio se sirve como única medicina. La melodía no hace ruido, pero las palabras arden. 30,000 Nights, en cambio, transforma la vida en un laberinto de minotauros y rutinas, donde ya no se busca salida sino estilo en la permanencia: “Making monsters in my house”, canta, como quien ha hecho las paces con sus propios espantos.
My Apprentice Devil despliega una imaginería exuberante: volcanes, whisky, insectos sagrados y gintonics literarios. Un desfile verbal que no necesita cerrar sentido porque está demasiado ocupado desbordando. Aquí Momus juega, pero no concede. Y en Spoiler Alert, el vitriolo se sirve sin hielo. La canción funciona como advertencia y como resumen: “Happy endings are boring as hell / God’s got it in for us”. Aristóteles es despachado sin ceremonia, y el mundo se descompone en una lista de frases con filo. La producción es tan discreta que parece burlarse también de la canción pop como formato de redención.
The Quietist, tema central, lanza la tesis con precisión de aguja: “Not doing is not the same as not doing well”. No hacer como forma de arte, o al menos, como estrategia de defensa. Trauma Bingo apunta a la cultura del sufrimiento como capital emocional, y Love Yourself dinamita la autoayuda con una pregunta que nadie quiere formular: “¿Y si ya te quieres demasiado?”.
Cierra con Imperial Phase, epílogo burlón en el que Momus se ríe de su lugar en la historia del pop: “I am the new poet laureate here. And I'm wearing a crown of hot tears”. La gloria es una excusa más para decir lo que de verdad importa: que todo esto es una farsa, pero qué bonita farsa si se hace con clase.
Quietism no es un disco silencioso. Es una misiva afilada. Bajo su superficie amable se esconde una mirada áspera, sin consuelo. Y aunque el envoltorio huela a easy listening de hotel bueno, dentro hay fuego lento, ironía y lucidez amarga. Ni himnos, ni abrazos. Aquí se viene a escuchar, sí. Pero también a tragar saliva.


