El debut homónimo de Momoko Gill, Momoko (2026), es un disco escrito en primera persona del singular que, sin embargo, habla en plural. Gill —nacida en Japón, criada entre Estados Unidos y ahora instalada en Londres— no plantea su biografía como una anécdota exótica, sino como una caja de resonancia. Baterista autodidacta, cantante de fraseo elástico, estudiosa de antropología y religión comparada, convierte ese mapa transcontinental en una partitura donde el jazz experimental dialoga con texturas electrónicas y con una memoria cultural que no presume de pureza. Lo suyo no es fusión como etiqueta de Mercadona, sino una arquitectura emocional levantada con materiales diversos y bastante conciencia de mundo.
Desde la inicial Satellite, el disco abre un territorio de serenidad inquieta. Las armonías no flotan: avanzan con una cadencia casi líquida, mientras la percusión marca un pulso orgánico y la voz se desdobla en capas que dialogan entre sí con precisión quirúrgica. En Rewind/Remind —mi favorita, elegantísima sinfonía nu-jazz— asoman destellos que remiten a Asia oriental sin caer en el folclorismo postal. Hay en su melodía algo que recuerda a estaciones de tren que nunca son definitivas, a maletas que no terminan de cerrarse. Gill navega entre el trip-hop espectral y la tradición jazzística con la soltura de quien no necesita firmar ningún contrato de fidelidad estilística.
La formación académica de Gill no es un adorno curricular. Sus letras funcionan como pequeñas investigaciones de campo sobre la relacionalidad, el prejuicio, el racismo o la herencia colonial. Podríamos hablar de cierta deformación profesional —esa costumbre de analizar el mundo incluso cuando solo suena un hi-hat—, pero en su caso la teoría no asfixia la canción: la afila. Hay una mirada budista que atraviesa el álbum y lo sostiene: la intuición de que habitamos una red viva, un micelio humano donde el daño en un punto reverbera en el conjunto. Esa idea dota al disco de un pulso ético poco habitual en un debut y lo sitúa más cerca del ensayo sonoro que de la colección de canciones inconexas.
En el apartado técnico, la sombra luminosa de Matthew Herbert es decisiva. Aunque la producción corre a cargo de la propia Gill, Herbert firma la mezcla y actúa como arquitecto de la textura final. Su influencia se percibe en el uso del sampling como herramienta narrativa, especialmente en Test A Small Area, pieza instrumental donde los sonidos asociados a la destrucción militar se integran en una atmósfera industrial incómoda, casi cortante. No es un gesto ornamental: es una toma de posición. En Shadowboxing, esa experimentación se vuelve más física, más densa, como si la electrónica decidiera abandonar el laboratorio y pisar la calle.
Frente a esa zona de fricción, Gill introduce momentos de ligereza precisa. Heavy combina beats marcados con arpas vaporosas y flautas que remiten al spiritual jazz, creando un contraste que evita la solemnidad y aporta respiración. En los compases finales, el disco opta por una resolución contenida: cantos de pájaros, silencios bien administrados, un cierre que no pretende redimir nada pero sí ofrecer un margen para recomponerse.
El centro de gravedad es, sin duda, When Palestine Is Free. La canción arranca con un piano minimalista, íntimo, casi frágil. La frase que se repite —“Have we come to see, we’re only free when Palestine is free”— convierte la libertad en concepto colectivo y no negociable. Gill plantea que nadie se emancipa en solitario mientras persista la violencia colonial en cualquier esquina del planeta. La metáfora del micelio regresa aquí con toda su potencia: somos red, somos interdependencia, somos responsabilidad compartida. El crescendo final, sostenido por un coro de cincuenta voces donde aparecen Shabaka Hutchings, Soweto Kinch, Alabaster DePlume, Rozi Plain y el propio Herbert, transforma la pieza en un himno que rehúye el eslogan fácil. Hay emoción, sí, pero también estructura y pensamiento.
La escena londinense —con el Total Refreshment Centre como nodo creativo— atraviesa el disco, y colaboradores como Coby Sey, Tirzah o Marysia Osu orbitan con naturalidad alrededor de esta propuesta. Sin embargo, Momoko no se diluye en la etiqueta de “escena”. Es un trabajo íntimo construido en comunidad, una declaración personal que convoca voces ajenas para amplificar su alcance. En un panorama donde abundan los debuts ansiosos por llamar la atención, Gill opta por algo más arriesgado: construir un lenguaje propio y sostenerlo con argumentos. Si este es el punto de partida, conviene seguirle la pista de cerca.


