Molly Nilsson / Amateur (Dark Skies Association / Night School, 2025)

A través de la neblina, solo el faro era visible. En el caso de Molly Nilsson, ese faro lleva años alumbrando un territorio difuso entre la introspección y la ironía, entre la autarquía artística y la economía emocional. Desde su refugio berlinés, la sueca ha sabido mantener a salvo el brillo tenue de su independencia: fabricar discos lo-fi de pop sintético, venderlos en su web, grabar sus videoclips y gestionar su pequeño universo doméstico sin entregarse nunca al ruido del mercado. Esa niebla, más que ocultar, protege; es la barrera que mantiene su ideario DIY y su actitud anti-sistema a salvo de la rugosidad capitalista.

Amateur, su nuevo trabajo, parte de una idea tan sencilla como radical: reivindicar la figura del aficionado. La palabra viene del latín amator, “amante”, derivada de amare, “amar”. Nilsson —que lleva toda su carrera escribiendo directamente al corazón— usa esa raíz etimológica para subvertir el desprecio contemporáneo por lo “no profesional”. En su universo, el amateur no es un torpe ni un aprendiz, sino alguien que ama tanto lo que hace que el mundo empieza a sospechar de su cordura. “Solo quiero divertirme, querer y amar, y seguir haciéndolo para siempre”, ha dicho. No hay cinismo en su voz: hay una especie de ingenuidad heroica.

A lo largo de trece canciones, Nilsson convierte esa declaración de principios en un manifiesto. “Un jubileo para los perdedores”, lo ha llamado, y no hay manera más precisa de resumir el espíritu del disco: una celebración de la imperfección, del proceso por encima del resultado, de la curiosidad que se niega a fosilizarse. Todo suena a reivindicación de la alegría frente a la productividad.

Musicalmente, Amateur mantiene el pulso del synth-pop casero de siempre, pero con un brillo renovado: ritmos más frontales, melodías que parecen escritas para corearse en grupo y letras que mezclan política, ternura y autocrítica con la naturalidad de quien no tiene jefes ni comité de marketing. Grabado en su Lighthouse Studio de Berlín —sí, el faro del principio—, el disco suena instintivo, lleno de errores felices y chispazos de claridad.

«Die Cry Lie» abre con un beat urgente y casi punk, mientras Molly desmonta la comercialización de la emoción con la misma ironía con que se baila en una boda triste. En «How Much Is The World» cuestiona el valor de las cosas —y de las personas— bajo el neoliberalismo, con un estribillo que parece inocente hasta que deja de serlo. «Valhalla» y «All The Way» insisten en la idea de que el viaje es más importante que el destino; canciones luminosas, casi deportivas, que recuerdan que cometer errores con amabilidad es una forma de sabiduría.

En la cara B aparecen los himnos más íntimos: «Big Life», oda al espíritu DIY y a la obstinación de seguir soñando; «Swedish Nightmare», autorreferencia sarcástica sobre la dualidad entre sueño y pesadilla; o «The Bitter End», cierre perfecto donde la amistad y el envejecimiento se dan la mano sin sentimentalismo. “El proceso es el punto importante”, canta, como si resumiera todo su ideario vital.

El sonido —repleto de sintetizadores brillantes, reverbs domésticas y coros que parecen grabados en la cocina— no busca sofisticación, sino honestidad. Y en eso Molly Nilssonsigue siendo una maestra involuntaria: alguien que se enfrenta al mundo desde la soledad y el control absoluto de su obra. Un disco así solo podía llamarse Amateur: porque está hecho con amor, y porque ese amor es su argumento estético y político.

Resulta paradójico, aunque delicioso, que haya subido este álbum a Spotify después de años criticando las plataformas. Quizá lo haya hecho para demostrar que incluso dentro del monstruo corporativo puede seguir siendo amateur: una infiltrada con linterna en la cueva del algoritmo.

El faro, mientras tanto, sigue encendido. En unas semanas lo veremos brillar en directo: Molly Nilsson presentará Amateur en Madrid (Sala Mon, 30 de octubre), Oviedo (Kuivi Almacenes, 31), Barcelona (Paral·lel 62, 1 de noviembre) y Valencia (Loco Club, 4 de noviembre). Será la ocasión perfecta para comprobar cómo su luz —esa mezcla de melancolía y resistencia— continúa visible entre la niebla.