Miqui Puig: "Mi mundo es enrevesado, y a la vez quiero pensar que amable, y agridulce también"

Miqui Puig. Foto: Santi Trullenque

Dueño y señor de su tiempo, con su figura presente en diversos ámbitos de dispar target mediático - del cotizado share de la academia de Operación Triunfo a las sesiones y pinchadas por toda la península (rodeado en ocasiones por socios de lujo cómo los arácnidos Javi Bayo y Charlie Mysterio), pasando por su labor de dealer radiófonico de cápsulas medicinales en forma de disco -, Miqui Puig es ante todo un amante del pop y sus circunstancias que como mejor sabe expresarse es a través de sus propias canciones. Prueba de ello es el recién sacado del horno '15 canciones de amor, barro y motocicletas' (El Segell, 2019), con las que baja al fango de la melodía, enfundado en una Garibaldi y presto para desgranar lo que pasa ante sus ojos con sentido, sensibilidad y consciencia a ritmo de italodisco, northern soul y otros sonidos radiantes.

 De un tiempo a esta parte ser ‘Raros’ se había convertido casi en un valor al alza, pero si las urnas o el sentido común no lo remedia esto tiene pinta de que vuelva a planear sobre nuestras vidas la infame sombra del pensamiento único. ¿Eso hace que el single de adelanto de tu nuevo disco se convierta en un himno involuntario?

Lo de crear himnos me sigue produciendo mucho rubor y respeto. 'Raros' está escrita desde hace mucho, pero ahora tiene mas razón de ser por la amenaza obvia. Lo que reivindico también y me asusta, es que todo ello no es nuevo, que durante 20 años vivimos como en una especie de dopaje social que hacía que todo pasara, maquillara y ocultara. Hasta que nuestras propias carnes están empezando a notar que nos pasa a todos y cada día.

Miqui Puig.

Un título cómo ’15 canciones de amor, barro y motocicletas’ tiene todo el aroma de cinta grabada con tonadas favoritas, ideadas y secuenciadas para seducir a alguien (ya de forma romántica o meramente estética). ¿Con este disco buscas ampliar tu club de seguidores o sólo afianzar la fidelización de quienes te han ido escuchando a lo largo de estos años?

La idea de la mixtape, cinta o fiesta es una obsesión que creo llevamos Marc Botey y yo desde la época de 'Bultacos y montesas'. Ojala ampliar esa base con este discurso que sabemos no es fácil. Porque mi mundo es enrevesado, y a la vez quiero pensar que amable, y agridulce también. La mano del romanticismo y la estética lo compro, me gustan las dos y son motores vitales.

Tu particular inquietud como oyente y coleccionista se filtra en cierta manera en las canciones de este disco. Por aquí hay ecos de canzone, italo, northern soul, sonido discotequero, música ligera, apuntes de psicodelia… Parece un disco muy de los 80, década en la que muchas veces se mezclaban géneros sin pudor o miedo al que dirán (frente al más marcado carácter compartimental de los 90). ¿Esto sale sólo o es algo que has trabajado conscientemente?

Soy hijo de esos ochentas, de esos discos que tienen mil referencias. Está trabajado intentando que tenga coherencia y sentido. Soy muy obsesivo en esos detalles que luego sólo son el pespunte de la canción, que es ese sí que es el motor de todo. Como siempre, primero nació la melodía, luego la letra y después el arreglo. Esos ecos que dices... es lo que amo, escucho y mimetizo para luego hacer mis canciones.

El conjunto también sugiere esa suerte de elegancia no forzada que es muy propia de ti. ¿No crees que ahora, en general, se fuerza demasiado el look para salir en Instagram con la mejor sonrisa?

El look es vital. Me obsesiona, como me sigue obsesionando no tener dos tallas menos para tener el look total que busco desde adolescente. No me canso de contar que a veces antes de empezar a componer imagino hasta el vestuario de la ACP, los sonidos incidentales, entre otras cosas. Kiko Amat dice que es mi herencia Dexy’s-Kevin Rowland, esa unión indivisible del discurso estético con el musical. Pop, vaya.

El ritmo tiene un peso esencial en la estructura sonora de este disco: baterías programadas, sintéticas pero que invitan al baile relajado. El clima del disco, salvo excepciones más cañeras - ‘Raros’ - o eufóricas - ‘Regolarità’ -, es muy confortable. Supongo que es porque te encuentras en un momento vital de lo más equilibrado y tranquilo. ¿No es así?

Hombre, equilibrado en alguien obsesivo, con tocs, como yo, es muy optimista (ríe). Lo que sí digo es que me siento confortable en mi espacio, en el que he elegido para desarrollar mi sonido. Animo a la gente que trabaja conmigo (bandas jóvenes), a que busquen siempre un camino distinto, aunque sea duro de transitar y quitar las hierbas, los guijarros y hacer vía por allí.

Portada de '15 canciones de amor, barro y motocicletas'

Aún así el disco suena muy orgánico, muy artesanal. La ACP parece estar perfectamente engrasada y a punto. ¿No?

El equipo lo es todo. La ACP es garantía, me entienden y creen en la locura esta. Hemos trabajado muy a la manera inglesa que aprendí de Joe Dworniak, un maestro y referente. Hacíamos camino a base de experimentar, "loopeando" todo, incluso instrumentos inverosímiles. Otro momento de maxima felicidad es verme sentado al lado de Tomás Robisco en la consola Neve de la Bucbonera haciendo crecer las canciones y arreglos.

También echas mano de sampleos inesperados, sonidos crujientes que invitan al que escucha a jugar con según qué referencias. ¿Un barniz contemporáneo sobre un lienzo que pretende ser atemporal?

Llevo tres años haciendo el programa de baile - Pista de fusta - en iCAT cada semana y he visto que el sampler esta cada vez más presente. Que la parte estética que encierra es enriquecedora y cuadraba con la gran idea que te decía antes. Llevamos varios años lanzando samplers en los conciertos a modo de enlace para dotar al show de una continuidad. Jugando a ser hip-hoperos (ríe).

En gran parte de las letras del disco te imagino cómo un Pino D'Angio de La Ametlla, cantando con media sonrisa mientras observa la vida y la noche pasar a su alrededor. ¿Es la posición que te otorga el haber peleado en mil y una batallas?

Es la edad que dirían Los Salvajes, ¿no? (ríe). A veces aplico la maxima de los grandes escritores de novela, cuando hablan de la parte no escrita, la que hace que lo que escribes (o cantas) tenga un peso doble, una carga extra al sintetizar todo solo en una línea. Es lo que me seduce de escribir para pop. La experiencia, sin duda, está allí.

En tu anterior disco ‘Escuela de capataces’, el ciclismo (con su trabajo de fondo y su dureza ) era una especie de leitmotiv espiritual y en este es el motoclicismo el que aparece rodando sobre la estética del álbum. Como decía Angel Nieto, ¿las carreras se ganan en la última vuelta?

Llevamos días haciendo la broma de que me falta el álbum de coches para la trilogía. Supongo que han sido deportes que he vivido muy de cerca, practicándolos, amándolos y sobre todo observándolos. Son coartadas estéticas que conllevan entreno, decepción, mística, caballerosidad y mucho esfuerzo. Me siento más cerca de los malditos con las manos manchadas de grasa que los que las tienen de tinta. No es mejor, solo que este escenario lo conozco bien.

Supongo que el componente emocional aparece vertido en cada una de estas canciones, desde la figura omnipresente de tu propio padre (fallecido hace no mucho), la controvertida exposición mediática de tu figura, la perplejidad frente a ciertas cosas que te rodean. ¿Poder convertir todo esto en sonidos con los que la gente pueda disfrutar o reflexionar es el mayor de los lujos para un artista?

Sin duda, y es un ahorro en doctores psiquiátricos. Uno de mis lastres también es a veces tener miedo a la sobrexposición, en ámbitos que no deberían importarme y que a buen seguro me ayudarían a crecer más. Pero lo que deseo es esto. Este escenario, con sus pérdidas, su experiencia, su vida. Al final me gusta poder hacer discos así sin presiones comerciales, a una edad madura, y con esta coartada estética que defiendo.