Mina / Live ´78

La tigresa de Cremona, antes de la escapada.

Sobre la vida de Mina Mazzini se ha escrito tanto que es muy difícil aportar algo nuevo a lo ya dicho. No obstante, siempre es un personaje inevitable cuando se habla de la presencia de la mujer en la música pop, aunque su caso en particular trasciende todos los géneros posibles.

Apodada —y con razón— “la tigresa de Cremona”, nació no muy lejos de dicha localidad del sur de Lombardía, en Busto Arsizio. No obstante, a una edad muy temprana se trasladó junto a su familia a Cremona, donde se crio rodeada de música. Como sucedió con su compatriota Celentano o con otros europeos como Johnny Hallyday, Mazzini fue pionera en traer el incipiente rock and roll a su país a finales de los años 50 del siglo pasado, bajo el apelativo de Baby Gate. Sin embargo, pronto abandonaría dicha estela en favor de un sonido más melódico, gracias a composiciones como la archifamosa Il cielo in una stanza, de Gino Paoli, que significó su primer gran éxito y también su primer escándalo, pues no fue bien visto que en la letra se contemplaran las relaciones sexuales desde una perspectiva femenina.

Desde el principio, su biografía estuvo marcada por otros elementos ajenos a la música. El alboroto sin precedentes que supuso su maternidad fuera del matrimonio en 1962 y su censura en la RAI por esta causa significaron un punto de inflexión que marcaría una personalidad única y constantemente transgresora con lo establecido, lo que le valió el amor incondicional del público. Para ellos, Mina pasó a convertirse en un mito, casi una diosa, que trascendía las listas de éxitos, las cuales, por supuesto, también dominó a lo largo de toda su carrera.

Harta de ser el foco constante de los paparazzi y de la frivolidad de la opinión pública italiana, en 1978, sin avisar a nadie, decidió poner punto final a su presencia escénica y pública. Esto ocurrió una noche de agosto, en pleno verano, en el teatro Bussoladomani, de Versilia, un lugar especial para ella y su carrera. Nadie sabía que aquello que contemplaban era la última actuación en público de la cantante, pero así fue. Y tras terminar la última canción, entonó un “váyanse a la mierda” dedicado a la siempre impertinente prensa italiana, desapareciendo como si se la hubiera tragado la tierra. Tal como comentó uno de sus colaboradores, Mina quería “comer, engordar y enamorarse sin ser juzgada”. Y así lo hizo.

Calibrar a un personaje así con un solo disco es una tarea prácticamente imposible. Aunque no es una artista que haya sido considerada en listados de los mejores discos de la historia, sí cuenta con varios álbumes de estudio destacables. Sin embargo, yo prefiero quedarme con el que creo que mejor la representa: precisamente el doble disco en directo que salió de su última actuación. Aquel Live ’78, que apareció un par de meses después del concierto, reproduce con toda fidelidad semejante actuación de una de las más grandes damas de la canción, italiana o no, de todos los tiempos.

En un repertorio tan generoso como el contenido en estos dos discos, cabe de todo: desde grandes éxitos propios como Ancora, ancora, ancora, E poi…, L’importante è finire, una magnífica versión disco de su Città vuota o una apasionante Grande, grande, grande, que cierra el álbum; hits internacionales que en el momento de la grabación estaban en plena boga, como Stayin’ Alive o We Are the Champions; canciones de grandes autores italianos como Riccardo Cocciante o, por supuesto, su adorado Lucio Battisti; y una gran diversidad de géneros representados por temas como Lacreme napulitane o una versión de algo tan, en principio, fuera de lugar aquí como un Porompompero, que, sin embargo, ella y su banda se encargan de transformar en todo un clásico de baile.

Todo ello reviste un carácter especialmente monumental, incluso para los ya de por sí altos estándares de la diva, con interpretaciones escalofriantes solo a la altura de alguien a quien la misma Liza Minnelli calificó como “la más grande cantante que existe” o cuya voz era envidiada por Sarah Vaughan. Es, por tanto, un registro tremendamente representativo de una carrera que nunca ha dejado de crecer, pese a su desaparición de los escenarios.

Tras su despedida, se enamoró, tal como ella esperaba, de un viejo conocido de toda la vida: un cirujano también de Cremona llamado Eugenio Quaini, con quien se trasladó a vivir a Suiza (Lugano), donde ha permanecido recluida en su vida privada. Eso sí, sin olvidar lanzar un disco al año como mensaje a sus siempre fieles fans, que la adoran y la premian aupando todos y cada uno de esos trabajos a lo más alto de las listas. Y es que ella es, y siempre será, eterna. Grande, grande, grande.