Michel Polnareff: el hombre que no decía que sí

“Michel venía a pasárselo en grande cada noche sobre el escenario conmigo”, dijo en su día Johnny Hallyday, como quien reconoce que compartir tablas con Polnareff no era una colaboración, sino una aventura. “Me gustaba tocar con él. Johnny fue el único, antes que yo, en intentar renovar el formato del tour de chant tradicional”, añadió el propio Polnareff, completando la idea. Y es que si hubo un artista que dinamitó la vieja liturgia del pop francés desde dentro, con brío, irreverencia y talento desbordado, ése fue Michel Polnareff. Un verso libre, un provocador de escuela clásica, un superdotado atrapado en su propia iconografía.

Los años 60 y 70 fueron su campo de batalla y su jardín secreto. Décadas en las que conjugó a la perfección el arte de la canción popular con el desparpajo del enfant terrible, dejando tras de sí un legado tan singular como provocador, una suerte de carrera a medio camino entre el altar y la trinchera.

Nacido en 1944 en Nérac, formado como niño prodigio en el Conservatorio de París y criado entre partituras y severidad doméstica, Polnareff escogió rebelarse: no contra la música, sino contra sus formas heredadas. Cambió el piano de su padre, Léo Poll, por la guitarra callejera de Montmartre. Se convirtió en beatnik, miope y rapsoda, y cuando llegó la hora de firmar su primer contrato, se permitió rechazar a Barclay y exigir grabar en Londres, con Jimmy Pagey John Paul Jones como cómplices. A otro artista le habrían tachado de loco; a él lo llamaron visionario.

En 1966, La poupée qui fait non lo catapultó a la fama: una canción en apariencia inocente que hablaba de chicas que decían que no, y que muchos leyeron como un canto libertario, casi feminista. El tema cruzó fronteras, fue versionado por Scott McKenzie, incluso improvisado por Jimi Hendrix, y sirvió para anunciar la llegada de un artista al que no le interesaban los caminos trillados. Ese mismo año, publicó Love Me, Please Love Me, debut que unía sensibilidad pop y sofisticación orquestal con la naturalidad de quien silba en una iglesia barroca.

Desde entonces, cada lanzamiento fue un pequeño terremoto. L’amour avec toi (1966) fue censurada en la radio, y Le roi des fourmis (1967), cara B de Âme câline, coqueteaba con la psicodelia cuando en Francia aún no sabían ni deletrearla. En 1968 publicó Le Bal des Laze, obra mayor que no entró en listas por hablar de muerte con una elegancia casi sacramental. La grabó, dicen, entre miles de velas encendidas, como componiendo misa pop en directo. Nadie más se atrevía a tanto.

Los años 70 fueron aún más excesivos. En 1970, durante una gira, fue agredido por su ambigüedad estética: lo llamaron “pedé” desde el público y le partieron la cara. La Francia de entonces todavía no estaba preparada para tanto andrógino glam. A eso se sumó el suicidio de su mánager y mentor, Lucien Morisse, que lo empujó a una internación psiquiátrica. A su salida, Polnareff regresó convertido en ícono: gafas oscuras, melena platino, trajes de plexiglás. De músico brillante a figura mitológica, sin dejar de escribir canciones como Je suis un homme o componer bandas sonoras tan brillantes como la de La folie des grandeurs(1971), donde homenajeó a Morricone desde el desierto de Almería.

En 1972 firmó La mouche, jugueteo tropical con ecos de Brasil y LSD, y Holidays, antesala de su gran jugada: los conciertos Polnarévolution en el Olympia. Allí introdujo sonido envolvente 5.1, luces, trajes diseñados por Paco Rabanne y, sobre todo, un cartel promocional en el que aparecía de espaldas, travestido y con el trasero al aire. “Una broma publicitaria”, diría luego. Pero la broma le costó 60.000 francos y una denuncia por atentado a la moral pública. A cambio, se convirtió en objeto de culto.

Ese periodo está jalonado por discos que, más allá del escándalo y el personaje, revelan a un compositor brillante, con oído absoluto y sentido del riesgo. Love Me, Please Love Me (1966) fue su debut fulgurante, con arreglos de Charles Blackwell y una mezcla tan improbable como eficaz de chanson barroca, piano de salón y beat británico. Su mayor logro quizá llegue con Le Bal des Laze (1968), donde articula una narrativa oscura en clave de música sacra pop, con órgano, bajo eléctrico y letras que no encajarían ni en el canon de Brel ni en el de Ferré. Polnareff’s (1971), grabado en Londres, es más ecléctico: un catálogo de estilos con momentos de vodevil, psicodelia otoñal y guiños al rock de cámara. Y aunque Michel Polnareff (1974) fue desigual, contenía destellos de genio, como La fille qui rêve de moi o Rosie, que lo devolvían al terreno de los melodistas de raza.

El año 1973 marcó su colapso financiero y emocional. Al volver de una gira internacional, descubrió que su administrador lo había dejado en bancarrota. Huérfano, traicionado y acosado por Hacienda, se exilió en EE. UU., donde firmó con Atlantic y grabó Fame à la mode(1975), un álbum íntegramente en inglés que incluía Jesus for tonight y que buscaba conquistar el mercado americano, aunque con suerte dispar. El golpe de vuelta lo dio con Lettre à France (1977), una balada grandilocuente basada en un minueto de Händel, que sonaba a himno patriótico desde el exilio dorado de Los Ángeles. En 1978 regresó a Francia y lanzó Coucou me revoilou, más apagado, pero aún con momentos de gracia melódica. El Michel brillante no había desaparecido. Solo se había puesto gafas más oscuras.

Aquel joven miope que no quería parecerse a su padre terminó inventándose uno nuevo: el suyo propio. Un personaje inmortal, excéntrico y brillante, que le ponía banda sonora a la libertad cuando todavía había que gritarla. Un artista que, como decía el hijo de Odín, venía a pasárselo bien sobre el escenario. Lo demás era secundario.


🎧 Playlist: Polnaffériana 66–76

12 piezas esenciales de Michel Polnareff

Un recorrido por los años más brillantes, provocadores y emocionantes de Michel Polnareff, el príncipe excéntrico del pop francés. De la rebeldía beat a la balada barroca, de la psicodelia entomológica al escándalo escénico, estas 12 canciones trazan el mapa de un artista que prefirió el exceso al cálculo, la melodía al dogma y la libertad al silencio. Un canto a la canción pop como arte mayor, con gafas oscuras y corazón expuesto.

1. La poupée qui fait non (1966)

Su carta de presentación al mundo. Tres acordes, una melodía luminosa y una muñeca que no dice que sí.

2. Love Me, Please Love Me (1966)

Balada de orquesta y angustia con aroma franglais. Su primer número uno.

3. L’amour avec toi (1966)

Censurada por libertina, vendida como pan caliente. Eroticismo suave antes de mayo del 68.

4. Âme câline (1967)

Una joya de soul pop melancólico que conquistó medio planeta.

5. Le roi des fourmis (1967)

Psicodelia made in France, escondida en una cara B. Pura fantasía de entomólogo pop.

6. Le Bal des Laze (1968)

Canción sobre un condenado a muerte que suena como si Bach produjera a los Zombies.

7. Tous les bateaux, tous les oiseaux (1969)

Himno veraniego de estribillo balsámico, producido por Jean-Claude Vannier.

8. Je suis un homme (1970)

Declaración de principios con un Polnareff en modo desafiante tras los ataques homófobos.

9. La folie des grandeurs – Thème d’amour (1971)

Banda sonora de película histórica con alma de western barroco.

10. La mouche (1972)

Funk sintético con guiños brasileños. Una mosca con alas de wah-wah.

11. Holidays (1972)

Nostalgia en technicolor. Posiblemente su canción más dulce.

12. Lettre à France (1977)

Aunque escapa un poco del marco, es la despedida de su exilio. Dolor hecho minué.