Michael Hurley: la mística del Snock eterno

“El lema es: ¿Qué haría Michael Hurley?”, dijo una vez Will Oldham, más chamán que músico cuando se pone a hablar de Michael Hurley. No es una frase para bordar en un cojín, sino una brújula desajustada que apunta siempre hacia lo inclasificable. Porque Hurley, que murió el 1 de abril en su casa de Astoria (Oregón) a los 83 años, no fue un trovador más del folk estadounidense: fue una anomalía con patas, un universo de reglas propias y ritmos desviados, donde convivían lobos parlantes, pollos neuróticos y una guitarra que parecía afinada por un fantasma con resaca.

Nació en el condado de Bucks, Pensilvania, en diciembre de 1941, y empezó a escribir canciones a los trece. Las componía como otros niños hacen garabatos o silban sin pensar. En su adolescencia, una mononucleosis lo tuvo a medio gas, pero no le impidió grabar First Songs en 1963, con apenas 22 años, para Folkways Records. Lo hizo en la misma máquina de cinta que usó Lead Belly. Un hallazgo fortuito gracias a Frederick Ramsey III, historiador y vecino, que le acogió en su casa para hablarle de blues y mostrarle su colección de discos.

A partir de ahí, la carrera de Hurley no fue una línea ascendente ni una serie de escalones. Fue más bien una carretera secundaria con baches, desvíos, señales oxidadas y vistas insólitas. Llegaron Armchair Boogie y Hi Fi Snock Uptown, editados por Jesse Colin Young a través del sello Raccoon, y luego Have Moicy! (1976), junto a los Unholy Modal Rounders y Jeffrey Frederick & The Clamtones. Un disco que parece grabado en bata, entre cervezas tibias y chistes privados, y que Robert Christgau no dudó en elegir como su favorito del año. Tenía razón.

A él se acercaban, como a un lago secreto, figuras dispares pero cómplices: Lucinda Williams, Cat Power, Woods, Vic Chesnutt… Todos reconocían su rara magia, su autenticidad sin filtro. Tras conocerse su muerte, Adrianne Lenker y el resto de componentes de Big Thief manifestaron en su cuenta de Instagram: “Has escrito algunas de las melodías más dolorosas de todos los tiempos, algunas de las palabras más mágicas, y has reunido todo alrededor de esos sonidos de guitarra resbaladizos y satisfactorios. ”. No exageraba. Hurley no componía canciones: abría puertas a otra realidad, una en la que la tristeza podía rimar con el delirio, y donde el folk era algo más que guitarras y barbas.

Su estilo era puro instinto. Tocaba la guitarra como quien traza un mapa a mano alzada: sin cuadrículas, con curvas inesperadas. Añadía o quitaba compases con la naturalidad de quien no contempla otra forma de hacerlo. Sus canciones hablaban de gallinas soñadoras, viajes sin destino y amistades animales. Lobos como Jocko y Boone, inspirados en perros de su infancia, protagonizaban cómics, portadas y hasta canciones. Era tan músico como dibujante, editor, calígrafo o fabricante de fanzines. En 2001 reeditó su primer álbum con portada nueva, y en 2011 publicó un libro de letras con su propia escritura, prologado por Byron Coley y traducido al francés.

Nunca dejó de moverse. Tardó en volver al radar de la crítica, pero cuando lo hizo fue sin renunciar a nada. En 2021 publicó The Time of the Foxgloves, un disco aplaudido por Amanda Petrusich (The New Yorker) como uno de los mejores del año. Seguía actuando en directo, como si el tiempo no lo afectara, y según Mike Quinn (No Quarter Records), dejó terminado un nuevo álbum del que se sentía especialmente orgulloso.

Sus canciones también se colaron en el cine: Wild Geese en Hamlet (2000), O My Stars en Leave No Trace, y Hog of the Forsaken como cierre del piloto de Deadwood. No necesitaba una industria detrás. Su magnetismo venía de otro sitio: de una forma radicalmente personal de entender la música como lenguaje y como juego. En un panorama tan frecuentemente arancelario como el country-folk norteamericano, Michael Hurley fue un saboteador amable, un francotirador de lo entrañable.

Cada álbum suyo era una postal desde otro mundo. Uno donde los errores no se corrigen, se celebran. Donde las melodías se tambalean pero no caen. Donde uno puede envejecer sin volverse una caricatura de sí mismo. Donde aún es posible cantar con la voz rota y que eso suene a consuelo, no a lamento. Por todo eso, seguimos preguntándonos: ¿Qué haría Michael Hurley? Y lo que es más importante: ¿quién se atreve a hacerlo?