La familia es un lugar incómodo. No porque falte cariño, sino porque ahí empieza todo: la voz que heredamos, el oído que educamos, la manera de estar en el mundo antes de saber que el mundo existe. Para un artista, la familia funciona como primera escuela y primer espejo; como refugio, pero también como frontera. Family, el segundo disco de Meryem Aboulouafa, parte justamente de ahí: del capullo inicial que nos forma y del que, tarde o temprano, hay que salir para comprobar si el vuelo es propio o heredado.
En su caso, la genealogía pesa —y suma—. En casa sonaban Pink Floyd, The Rolling Stones, Édith Piaf o Jacques Brel, pero también las grandes voces árabes y las melodías que no necesitan pasaporte. De esa convivencia nace un “tercer espacio” que no pretende reconciliar tradiciones, sino convivir con ellas sin dar explicaciones. Family no es un disco de ruptura con el pasado, sino de reorganización del equipaje: decidir qué se queda, qué se transforma y qué conviene dejar en la consigna.
Ese gesto dialoga, desde otro ángulo, con Al Ghorba de Rachid B, donde la familia aparece como memoria portátil en una vida desplazada. Si allí la raíz se vive como ausencia persistente —la madre, la lengua, los olores—, aquí la raíz es materia de trabajo: algo que se toca, se revisa y se reescribe desde el presente. Dos maneras de hablar del origen sin convertirlo en postal.
Musicalmente, Aboulouafa vuelve a demostrar que la electrónica puede ser estructura y no maquillaje. Las máquinas sustituyen a la percusión tradicional, los sintetizadores hacen de esqueleto y la voz —siempre al frente— conserva el pulso emocional de la música árabe. El equilibrio no surge de la nostalgia, sino del diseño. Las colaboraciones con productores de la escena electrónica francesa ayudan a que canciones nacidas en formato íntimo se expandan hacia paisajes sonoros elegantes, sobrios y bien medidos.
El disco avanza entre lenguas —árabe, inglés, francés— con una naturalidad que evita el subrayado identitario. En Letter to Andalous, Aboulouafa adopta un tono contenido, casi epistolar, como si escribiera desde una geografía interior sin necesidad de levantar la voz. En Hated Love, en cambio, abraza los melismas y deja que la voz se curve y se estire, recordando de golpe de dónde viene.
Las canciones funcionan como habitaciones comunicadas. Horses habla de aceptar la hipersensibilidad como una forma de fuerza; Family aborda el núcleo del disco sin solemnidad, con esa mezcla de cercanía y distancia que solo permite la madurez; Greece, al final, suena a presente asumido, a carta íntima escrita sin necesidad de fuegos artificiales. Entre medias, el ambiente se mantiene misterioso pero nunca opaco: instrumentos orgánicos y electrónica dialogan sin disputarse el protagonismo.
También la parte visual refuerza el discurso. Las manos que protagonizan la portada no buscan metáforas grandilocuentes: son tiempo, tacto y transmisión. Manos que dan y reciben, que sostienen y sueltan. En una época propensa a confundir intimidad con exhibición, Family opta por la elipsis y gana profundidad.
Publicado tras un periodo personal y administrativo complicado, el álbum suena a afirmación tranquila. Aboulouafa ha entendido que crecer no siempre consiste en ir más lejos, sino en mirar mejor de dónde vienes. Family es eso: un disco que no idealiza el hogar ni lo convierte en problema, sino en material vivo. Música pensada como arquitectura emocional, con cimientos antiguos y una estructura decididamente contemporánea. Un lugar al que se vuelve no para quedarse, sino para comprobar que el viaje ha merecido la pena.


