Maya Delilah ha tardado lo suyo en publicar su primer álbum largo, y eso le honra. En The Long Way Round (Blue Note, 2025), no hay intentos de deslumbrar ni necesidad de justificar su fichaje por un sello con pedigrí. Hay canciones bien pensadas, una guitarra que no quiere impresionar pero sí contar, y una artista joven que no tiene nada que demostrar salvo que sabe muy bien lo que quiere hacer.
Formada en la BRIT School y curtida en la era del confinamiento digital, Delilah podría haber tirado por el camino fácil del bedroom pop o la balada intensita. En lugar de eso, se ha montado un catálogo propio donde conviven el soul amable, el folk con raíces y la querencia por el groove. Es un disco de alguien que ha escuchado mucho y ha sabido filtrar. De Norah Jones toma el tempo tranquilo; de Beth Orton, ese punto de melancolía con los pies en la tierra; de Prince, un gesto rítmico en Squeeze que no hace falta subrayar. Aquí las influencias no se exhiben: se disuelven.
La guitarra no es un adorno ni un gesto identitario. Es parte del cuerpo. Cada acorde está puesto con intención, sin necesidad de virtuosismos ni arreglos amontonados y dispuestos para apabullar. En Begin Again, primer corte del disco, Delilah ya establece el tono: nostalgia sin afectación, reflexión sin moraleja. Es difícil escribir sobre uno mismo sin sonar a diario escolar, pero ella sortea ese riesgo con frases sencillas y melodías que se abren sin esfuerzo.
El álbum no gira en torno a una gran idea, ni falta que hace. Más bien funciona como una serie de episodios que comparten atmósfera. En Man of the House se permite imaginar una vida de pareja sin dramatismos; en My Balloon, la metáfora es clara, pero no estorba. Jeffrey, instrumental con Cory Henry al órgano, es probablemente lo más cercano a una declaración de principios: siete minutos que no avanzan a ningún sitio concreto, pero que invitan a quedarse.
Los temas más funkis —Squeeze, Actress— sirven para ventilar la sala sin romper el equilibrio. No hay hits de festival ni trucos para listas de reproducción. Tampoco falta ambición: lo que hay es otra idea del protagonismo, más callada, más horizontal. En lugar de imponer una emoción, Delilah prefiere ofrecer un clima, una temperatura concreta en la que cada oyente decide si entra o no.
The Long Way Round no es un álbum memorable, pero sí uno de esos discos que uno vuelve a poner sin darse cuenta, porque hace bien sin hacerse notar. Maya Delilah no está inventando nada, pero está construyendo algo que tiene valor: una voz propia que no se refugia en el artificio ni necesita levantar la ceja para parecer interesante. Prefiere la observación templada, el fraseo contenido, el detalle que pasa desapercibido hasta la tercera escucha.
Y en medio de esa calma, de ese equilibrio medido entre géneros, emerge Squeeze, con esa letra entre torpe y magnética, como una nota de voz enviada a las tres de la mañana: Excuse me, I got a question / Why you so damn cute? Hay algo en esa mezcla de funk contenido y deseo sin disimulo que descoloca y encanta a la vez. Ese Get in my Ford Mondeo / I’m gonna take you home tiene más verdad que mil baladas con cuerdas, y en eso está el truco: en que Delilah, sin necesidad de forzar nada, consigue hacer de lo cotidiano una invitación.
Quizá su mayor problema esté precisamente en esa amplitud de miras: Delilah toca muchos palos, y aún no queda del todo claro cuál es el suyo. Esa dispersión estilística funciona aquí como una virtud, pero podría volverse un obstáculo si en futuras entregas no logra decidir si quiere ser cantautora introspectiva, crooner de neo-soul elegante o discípula aplicada de Prince. Por ahora, no importa demasiado. Pero el camino largo, si no se elige bien la ruta, puede acabar en rotonda.


