Mathieu Boogaerts / Grand Piano

Mathieu Boogaerts nunca ha necesitado de grandes aspavientos para dejar huella. Su música, siempre cercana, fluye con naturalidad, encontrando su fuerza en la sencillez y en una producción que, aunque más densa que en trabajos anteriores, mantiene el equilibrio justo. Grand Piano, su noveno álbum de estudio, reafirma esta sensibilidad: canciones que alternan la melancolía con el ritmo, atravesadas por un humor sutil que aligera la carga en los momentos más introspectivos.

Desde Super (1996), su primer álbum, Mathieu Boogaerts ha construido un universo sonoro inconfundible. Su estilo, marcado por una economía de elementos que nunca cae en lo rudimentario, ha oscilado entre la calidez rítmica del reggae, la chanson minimalista y una experimentación contenida que, más que buscar la extravagancia, afina cada detalle hasta lo esencial. J’en ai marre d’être deux (1998) amplió su paleta con un sonido más depurado, mientras que 2000 (2002) consolidó su capacidad para encontrar en lo aparentemente sencillo una forma sofisticada de composición. Desde entonces, ha explorado nuevas texturas sin perder su voz propia, con discos como Michel (2005), que juega con un tono más confesional, o Heure d’ouverture (2012), donde su gusto por la desnudez instrumental alcanza uno de sus puntos más refinados.

A lo largo de su trayectoria, Boogaerts ha permanecido al margen de los grandes circuitos mediáticos, pero ha dejado una huella persistente en la chanson francesa contemporánea. Su obra ha sido alabada por su delicadeza y su capacidad para decir mucho con poco, y aunque nunca ha buscado/obtenido el éxito masivo, ha influenciado a una generación de músicos que encuentran en su música una lección de sutileza. Con Grand Piano, Boogaerts no rompe con su pasado, sino que lo lleva un paso más allá, apostando por un sonido más amplio sin perder la contención que siempre ha sido su mejor herramienta.

Desde el título, Grand Piano juega con la dualidad. Boogaerts lo describe como “grand” por su sonido más lleno y voluminoso, pero también como “piano” por su intimidad y fragilidad. El disco transita entre estos dos extremos sin forzar la contradicción. Hay temas que invitan al baile cadencioso (no esperen romperse la cadera), con bases rítmicas juguetonas y arreglos cálidos, y otros que se deslizan en una nostalgia ligera, sin dramatismos. El piano, en todas sus formas —eléctrico, vertical— es el eje central, acompañado de batería, bajo, guitarras, saxofón y acordeón, en una instrumentación variada que nunca abruma.

En las letras, Boogaerts sigue explorando el paso del tiempo, la memoria y el amor, pero sin solemnidad. Faut pas que j’oublie abre el disco con una advertencia amable sobre la importancia de recordar lo esencial: el amor, la vida, la esperanza. Ma jeunesse plantea una reflexión sobre el tiempo que avanza, pero sin nostalgia paralizante, con la curiosidad de quien observa su propia transformación. La ligereza de Boogaerts no es superficial, sino la de alguien que entiende que incluso en la duda hay espacio para la danza.

Ese es, quizás, el mayor logro de Grand Piano: su capacidad para ser a la vez introspectivo y luminoso, melancólico y reparador. Boogaerts no dramatiza ni simplifica, deja que las canciones respiren, que el humor aparezca de manera orgánica, que la música fluya sin urgencia. No es un disco que busque sorprender ni reinventar nada, pero en su aparente modestia radica su encanto. Como siempre con Boogaerts, la verdadera riqueza está en los detalles, en los matices, en la manera en que una melodía encuentra su resolución con inesperada ternura o en cómo una letra deja caer, con naturalidad, una pequeña revelación.

Después de más de treinta años de carrera, Boogaerts sigue fiel a su esencia, evolucionando sin perder lo que le hace genuino. Grand Piano es, en muchos sentidos, su disco más maduro, pero sin renunciar a la frescura. Un álbum que, sin hacer ruido, puede dejar una marca duradera.