El mapa previo a un viaje dice mucho más de uno que del destino. Antes de aterrizar en la República Checa —con la excusa oficial de pasear y la oficiosa de acompañar mis fotones en Instagram con banda sonora local— me sumergí en nombres propios de la canción popular y el jazz checo. Karel Velebný, Karel Kahovec… más alguna que otra rareza del catálogo Supraphon para exhibir erudición de sobremesa. Pero entre tanto archivo y tanto vinilo imaginario, hubo una figura que desbordó cualquier playlist viajera: Marta Kubišová.
No era solo cuestión de canciones. Era cuestión de temperatura histórica. La transformación de Modlitba pro Martu en himno de resistencia no se entiende sin la Primavera de Praga ni sin el estruendo de los tanques del 21 de agosto de 1968. Compuesta por Jindřich Brabeccon letra de Petr Rada, a partir de palabras de Jan Amos Comenius, la pieza nació como balada y acabó convertida en declaración civil. Grabada pocos días después de la invasión, su interpretación evitaba la inflamación sentimental. No había teatralidad, sino firmeza. Pedía paz y dignidad con la serenidad de quien sabe que la frase exacta pesa más que cualquier consigna. Por eso circuló en radios clandestinas, en plazas, en pisos con las cortinas echadas. El régimen comprendió que aquella voz grave, de vibrato medido y filo existencial, operaba como recordatorio incómodo.
Ese mismo clima de repliegue político enmarca el disco que nos ocupa: Songy a balady(Supraphon, 1969). Primer LP en solitario de Marta Kubišová, grabado a finales de 1968 bajo la dirección artística de Bohuslav Ondráček, es un trabajo que dialoga con el folk rock, el pop psicodélico y cierto soul centroeuropeo que parecía mirar a Occidente sin complejos. Antes de que la censura bajara la persiana, el álbum dejó constancia de una artista en estado de precisión.
El arranque con Hej, Jude —adaptación al checo del clásico de The Beatles, con letra de Zdeněk Rytíř— no busca competir con el original: lo desplaza. Donde el single británico abría los brazos, Kubišová estrecha el encuadre. En el mediometraje Proudy lásku odnesou, dirigido por Jan Němec, aparece duplicada: mujer cercada en un edificio en ruinas y, al mismo tiempo, figura que avanza entre escombros como si la esperanza tuviera piernas. La canción se convierte en escena; la escena, en comentario político.
Proudy (Prove It) empuja el disco hacia un territorio más eléctrico. Las “corrientes” del título no son metáfora amable sino flujo constante, casi amenaza. La producción deja espacio a los arreglos sin perder tensión; la voz se mueve con amplitud, pero siempre bajo control, como si cada sílaba estuviera calibrada. En Dobrodružství s bohem Panem, adaptación de “Greensleeves”, la tradición irlandesa se reconfigura con una gravedad contemporánea. No hay nostalgia folclórica; hay introspección con pulso moderno.
Tak dej se k nám a projdem svět refuerza el costado folk rock con ambición clara: guitarras que miran a Londres, arreglos que asoman a San Francisco, pero con acento praguense. Y entonces, en mitad del recorrido, reaparece Modlitba pro Martu. No como apéndice simbólico, sino como núcleo estructural. Su presencia reorganiza el álbum. La canción ya no pertenece solo a 1968; pertenece al disco, y el disco queda atravesado por ella.
Hay, además, un detalle que visto desde aquí adquiere un relieve inesperado. En Magdalena (Aleluja), Marta Kubišová versiona nada menos que “Aleluya Nº1” de Luis Eduardo Aute, presentada en 1967 y ya entonces una de sus composiciones más reconocibles por su carga poética y su ambigüedad sensual. En la edición checa de 1969, la música de Aute se mantiene intacta, pero la letra es adaptada al checo por Jan Schneider, desplazando el texto hacia otro paisaje emocional sin diluir su tensión original.
La anécdota es poderosa: la canción de Aute había circulado en la España tardofranquista como pieza temprana de un autor que operaba en los márgenes del mercado, con una escritura cargada de simbolismo y doble fondo. Apenas dos años después, esa misma melodía aterrizaba en la Checoslovaquia posterior a la invasión soviética en la voz de Kubišová, justo antes de que el régimen la apartara de los escenarios. Dos geografías distintas, dos sistemas de control cultural en grados diferentes, y una misma canción cruzando fronteras como si la música no entendiera de aduanas ideológicas.
En manos de Kubišová, Magdalena (Aleluja) pierde cualquier atisbo de intimidad doméstica y gana densidad. Donde Aute jugaba con la imaginería bíblica y la sensualidad velada, la versión checa incorpora una sombra adicional, casi elegíaca. No hay dramatismo exagerado, pero sí una gravedad que parece anticipar el cierre de ciclo que estaba por venir. Escucharla hoy produce una extraña sensación de simultaneidad: Madrid 1967 y Praga 1969 dialogando sin saberlo, conectadas por una melodía que sobrevivió a dos climas políticos tensos.
Que Songy a balady incluyera esa versión en el momento exacto en que el país entraba en la “normalización” convierte el gesto en algo más que un préstamo cultural. Es un puente inesperado entre la canción de autor española y la escena pop centroeuropea, y una prueba adicional del radar artístico de Kubišová. Antes de que la silenciaran, ya había tendido conexiones que el poder no supo —ni pudo— desmontar.
Ring-o-ding y Ne exhiben la capacidad de la cantante para habitar zonas más cercanas al pop rock experimental sin perder identidad. En Mama, adaptación de Sonny Bono, la figura materna adquiere una dimensión menos sentimental de lo esperado. Y en Balada o kornetovi a dívce, fiel al título del álbum, Kubišová afila su economía expresiva: narra sin subrayar, sostiene la línea sin adornos innecesarios. El cierre con Všechny bolesti utiší láska no es ingenuo; es una forma de insistencia en mitad del repliegue.
El éxito fue inmediato y breve. En 1970, el régimen decidió intervenir. La maniobra fue tan calculada como mezquina: la policía secreta fabricó tres fotomontajes pornográficos que la vinculaban con Alexander Dubček. El objetivo era erosionar su reputación y justificar el veto total. Funcionó. Golden Kids se disolvió, Songy a balady desapareció de las tiendas y Kubišová quedó silenciada oficialmente durante dos décadas.
Demandó por libelo al director de Supraphon y ganó. La sentencia no alteró nada. El aparato estatal siguió operando. La vigilancia se intensificó; en 1971 sufrió un aborto en el octavo mes de embarazo y sobrevivió a una situación de muerte clínica. Mientras tanto, firmaba la Carta 77 junto a Jiří Hájek y Ladislav Hejdánek, asumía la portavocía del movimiento y mantenía una relación estrecha con Václav Havel. La estrella pop se convirtió en figura moral, sin escenario y con expediente.
El 22 de noviembre de 1989, ante casi 200.000 personas en la Plaza de Wenceslao, volvió a cantar Modlitba pro Martu. No hubo gesto grandilocuente. Se trataba de todo un país escuchando en silencio.
La censura intentó desactivarla mediante la difamación y el aislamiento administrativo. No logró convertirla en nota a pie de página. En Marta Kubišová confluyen una potencia artística indiscutible y una trayectoria de resistencia ejercida en uno de los momentos más frágiles de su país. Songy a balady no es solo un disco de 1969: es la prueba de que una obra puede quedar fuera de las tiendas y seguir, aun así, dentro de la historia.


