En los márgenes de la historia del rock patrio, entre carátulas de vinilo arqueadas por el sol y letras de imprenta que olían a imprenta, existió una publicación llamada Vibraciones. Nació en los 70, cuando Ángel Casas aún no era un personaje de novela, y durante años fue faro y fanzine de culto. Aquel logotipo chicloso de neón, puro orgullo gráfico de otra época, sirvió años después como pretexto —y nombre— para que Pablo Maronda titulase su tercer álbum Vibraciones. “Era la revista que hojeaba en casa de mis abuelos, la coleccionaba mi tío. Me parecía moderna sin quererlo. Como Sergio, el amigo de mis padres que pintó la portada: otro referente vital”, contaba Pablo en una entrevista para esta revista.
Editado en 2015 y financiado a golpe de crowdfunding —más como venta anticipada que como salvavidas económico—, Vibraciones llegó como un disco de transición, aunque resultó todo lo contrario: un punto de consolidación. Tras La orfebrería según los místicos, su “disco más redondo”, este nuevo trabajo venía a apuntalar el repertorio en directo, ampliar paleta y reforzar músculo. Un álbum más banda que maqueta, más guitarrero que introspectivo, más expansivo que ensimismado. De la orfebrería al voltaje, sin perder la precisión melódica ni el desencanto lírico marca de la casa.
Porque Maronda —el grupo, la idea, el escondite— nunca ha jugado según las reglas del juego. Publican cuando les da la vida, graban donde pueden (Picassent, Murcia, Espadán, Costa Brava) y rehúyen las etiquetas tanto como los algoritmos. Además de Pablo Maronda(voz y letras) y Marc Greenwood (guitarras), el núcleo se completa con Alfonso Luna(batería) y Paco Beneyto (bajo), aunque nunca ha sido fácil saber quién forma parte realmente del club. Lo importante es que, cuando suena un disco de Maronda, no hay dudas: son ellos. Escapismo costumbrista y pop con vista al mar.
Vibraciones abre con “Brindar con detergente”, una declaración de intenciones con riffs crujientes y energía limpia. Le sigue “Quemando cromo”, un hit inmediato con la voz de Marina Gómez (Klaus & Kinski), que avanza como un coche sin frenos por una bajada. “Nefertiti” ofrece un giro hacia el power pop retorcido, con cambios armónicos que recuerdan más a Dylan que a Egipto. En el extremo opuesto, “Pastoral de tierras baldías” y “El oráculo” se mueven entre el folk-blues y un rock más sucio, como si The Pretty Thingshubieran bajado de una montaña levantina. La coda perfecta llega con “No va a quedar nadie en Madrid”, esquinada, política y triste, como un cierre de persiana en Malasaña.
El disco no rehúye las comparaciones. Se habló de The Last Shadow Puppets, de Arctic Monkeys, de pop de cámara. Pero sería injusto no señalar lo más evidente: Vibraciones suena a Maronda. A sus dudas, a sus certezas, a esa manera tan suya de transformar refranes y desengaños en canciones que no aspiran a epatar, pero que permanecen.
La crítica respondió con acierto: Mondo Sonoro, Efe Eme, Everlong Magazine… Todos coincidieron en su madurez sonora y en la pericia melódica de Pablo, que nunca ha hecho de la reinvención un lema, sino de la coherencia un refugio. No hay grandes golpes de efecto, pero sí un continuo destilado de talento, sarcasmo y canciones que —diez años después— siguen aguantando como si no les pasara el tiempo.
Hoy Maronda cocina un nuevo disco, cambios vitales mediante. Y aunque el futuro siempre será incierto, hay algo claro: mientras sigan escribiendo melodías como las de Vibraciones, la banda seguirá siendo uno de esos secretos a voces que dan sentido a seguir buscando canciones. Porque a veces, basta una buena vibración para atravesar una década.


