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Marina Abramovic.

Aprehender la mirada de Marina Abramovic es adentrarse en un abismo insondable. En su mirada, o mejor dicho, en la desobediencia de su mirada, queda prendado un terreno por explorar, una paraje desafiante, y esos ojos apelan e interpelan a que el arte debe ser algo que interceda por nosotros para salvarnos de nuestra ceguera. Estos días recuperaba el excelente documental ‘Marina Abramovic: The artist is present‘ ,dirigido por Matthew Akers y Jeff Dupré, en el cual se hace un inquisitivo repaso panorámico de la figura de esta mujer que utiliza su cuerpo como medio de expresión en sus performances. El responsable de la retrospectiva que se realizó en el MoMA de Nueva York que da título al documental, dice a la cámara algo muy esclarecedor: “en la performance se tiene un cuchillo y tu propia sangre, en el cine se tiene un cuchillo y ketchup”. Bien pensado, lo podría haber suscrito Walter Benjamin.

Las performances de Abramovic a lo largo de su dilatada carrera crean dialécticas que tensionan las relaciones entre la mirada del espectador (siempre activa ante tanto estímulo), lo que ven, y la realidad en la que ocurren esas dinámicas. Son escenificaciones que exploran la radicalidad, el gesto violento y, sobre todo, siempre apelando a las emociones del espectador. Lo hace valiéndose de una arma política fundamental, sino la que más, el propio cuerpo. Su cuerpo se golpea, se sacude, sangra, se convulsiona, y es un cuerpo que actúa de espejo en el que se refleja la sociedad. El cuerpo de Marina es de una materialidad poderosa, un caudal de fluidos, a la manera de cómo Judith Butler lo concebía en su idea de performatividad. Decía Butler que “lo que constituye el carácter fijo del cuerpo, sus contornos, sus movimientos, será plenamente material, pero la materialidad deberá reconcebirse como el efecto del poder, como el efecto más productivo del poder. Y no habrá modo de interpretar el “genero” como una construcción cultural que se impone sobre la superficie de la materia, entendida o bien como “el cuerpo”, o bien como su sexo dado. Antes bien, una vez que se entiende el “sexo” mismo en su normatividad, la materialidad del cuerpo ya no puede concebirse independientemente de la materialidad de esa norma reguladora”. Pues bien, la performatividad del cuerpo de la artista serbia construye una peculiar y liberadora normativa de emancipación del cuerpo, un cuerpo que siempre intenta ser regulado, etiquetado, sumariado, alienado, en definitiva, por la sociedad actual.

El arte y la política siempre han ido creando resonancias en las cuales los individuos como tales o como entes colectivos hemos ido moviéndonos aprehendiendo nuestros rasgos personales, o sometiéndonos a la mimesis. Antes hablábamos del cuerpo como potencial arma política y el sometimiento de éstos, y la Escuela de Frankfurt en boca de algunos intelectuales también vieron en la emancipación del cuerpo un atisbo para alejarse de lo que el sociólogo Leo Löwenthal denominó “modo de pensar mecanicista-materialista y positivista” de sus progenitores. Eran tiempos, el periodo de Weimar, en el que la liberación y exhibición del cuerpo vino de la mano de la expansión de la radio, los salones de. baile, y el jazz. La resonancia se hace corpórea, y viaja a través de las décadas para dejar entrever sus contornos.

Estética de combate
Sigamos rastreando las resonancias que se cuelan entre cada parpadeo de Marina Abramovic y que la ponen en la retaguardia de una estética de combate. En este punto cabe reseñar la importancia de su rostro como espejo en el que el espectador se refleja. Si se me permite la licencia, en las pupilas de Marina quedan prendadas las del ser unidimensional, ese ser que está atrapado por las dinámica de la racionalidad tecnológica; es el reflejo de un ser al que se le impone un inmovilismo (¿qué mejor que reflejarse en su propia inmovilidad?) que tiene miedo a la liberación, a la autonomía. H. Marcuse escribió que “la textura de la dominación se ha convertido en la textura de la razón del universo regido por el principio de realidad: un universo no contradictorio y no trascendente, controlable por la racionalidad científica y tecnológica”.

Sobre la tecnología como dominadora de la naturaleza interna y externa del individuo también habla la artista de ‘The artist is present’ en una entrevista para Clarín en la que dice: “La tecnología, realmente, está tomando todo lo que tenemos. Ya no hay un tiempo privado para nosotros mismos. Y cuando uno logra hacerse un tiempo para uno mismo –y usando los métodos de la performance sería una alternativa-, uno comienza a experimentar la vida de otra manera y a pensar en responsabilidades, y a tomar parte en ellas. Ya sabés, hay problemas políticos y guerras en todos lados; pero lo que importa es que hacés vos con eso. Y para decidirlo, hace falta tener tiempo personal. Te ayuda a darte cuenta de tus deberes como individuo y como ser humano”. En una sobreexposición de imágenes, de estímulos que oprimen la psique y que la gobierna promovida por la sociedad capitalista, podríamos decir que el arte también podría ser liberador, que fuera capaz de construir una razón teleológica cuyo fin último sea la felicidad, la paz interior, y la dimensión estética del ser es inalienable, como decía Marcuse, en tanto libertad de representar lo todavía no existente.

Los espectadores se sientan enfrente de Marina y la observan. Alguno de ellos se ponen la mano en el corazón y Marina responde con el mismo gesto. Es un acto de reconciliarse con la emoción, aunque fugaz, que no tiene que estar reñido con arte político, muchas veces representado como algo sesudo y alejado del gran público, o algo críptico e inhumano. Adorno y Horkheimer, a mediados del siglo XX postularon que la cultura popular carecía de intencionalidad en aras de un propósito, una cultura que prometía una liberación, pero que se quedaría, parafraseando a Richard Hoggart, en el reducto de consumidores en “un mundo de algodón de azúcar”; de esta manera proponían una dura crítica a los postulados de la Ilustración ya que, de alguna manera, la razón “se emplea como instrumento para crear redes de disciplina y control administrativo cada vez más invasivos”. Este proceso de deshumanización en el que la humanidad se escinde de la naturaleza, es lo que Marina Abramovic denuncia en sus performances, y en esta en particular me parece evidente.

Arte: potencial revolucionario
Sobre Walter Benjamin y su teoría estética también me ha hecho pensar esta obra silente, en la que las miradas se cruzan, y en la que la distracción no es una virtud. Para Benjamin, y es fácil intuir que para Abramovic también, el “verdadero” arte (y lo entrecomillo porque no deja de ser un valor relativo) era aquel al que se le puede atribuir un potencial revolucionario; un arte disruptivo, que tenga que causar extrañamiento en el espectador, y disonancias perturbadoras. Mientras que para el autor de ‘La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica’ el cine sostenía ante nosotros, ante nuestra vista, un espejo de nuestra condición (somos sujetos tecnologizados, fragmentados, reificados como los actores), y permite una alienación. Esto me hace pensar que Marina construye un aparato decodificador de nuestro propio sujeto en relación al mundo, ya que sus performances instan a desempeñar esta labor de desencriptar una realidad que nos es vedada, y busca que la mirada sea activa, lúcida, politizada, algo que rara vez se hace en los productos culturales que emanan de las llamadas industrias culturales. Retrocediendo, de nuevo, al documental que al principio pusimos en conocimiento, muchos de los espectadores que se ponían delante de la artista se cuestionaban si ella estaba interpretando o no, si era “real” o era un “papel”, e intuyo que pensar en que fuera real hacía más vulnerable era mirada.

En conclusión, cabe decir que el arte performativo de Mariana Abramovic pone especial énfasis en desarticular esa red consensuada e institucionalizada, desde los órganos de poder, de maneras de sociabilizarnos, la manera correcta de proyectar las mirada hacía la realidad que nos envuelve, y se cuestiona en qué forma el cuerpo es un organismo político de primera magnitud. Sobre arte y política se ha abordado en este ensayo las similitudes de sus obras con la estética de los revolucionarios intelectuales de la Escuela de Frankfurt. De este modo, Abramovic es (re)pensada de otra forma si nuestra mirada oblicua es capaz de fíltrarse por el tamiz de Marcuse, Adorno, o Benjamin, y así hasta llegar a irrumpir en una realidad anestesiada que vive impregnada de la ilusoria fragancia seductora del capitalismo.

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