Rafael y Raimundo Amador. Pata Negra. Foto: Mario Pacheco

Si hay un hombre que lo hace todo en España, en cuanto a periodismo musical (y no tan musical) se refiere, ese es Marcos Gendre (A Coruña, 1978). Dentro de una frenética etapa editorial de más de un lustro, que le ha llevado a publicar numerosos artículos en revistas especializadas y una cantidad importante de libros urdidos a partir de diferentes aproximaciones al hecho creativo, desde ‘200 discos de bolsillo:1977-91, una historia alternativa del formato pequeño‘ a sus textos sobre Hüsker Dü, The Go Betweens (‘Necesito dos cabezas‘) o Miles Davis (‘Miles Davis. El Big Bang oceánico‘), su producción reciente pasa por el lanzamiento de ‘Mánchester. El sonido de la ciudad‘ (Editorial Milenio, 2018) y ‘Blues de la frontera. Anarquía y libertad de los Amador‘ (Efe Eme, 2018), dos tomos fundamentales para entender la historia y el devenir del pop y el flamenco-rock, partiendo de una geolocalización del arte (ya sea en el extrarradio mancuniano o en las Tres Mil Viviendas de Sevilla) y analizando minuciosamente y con perspectiva coral cada circunstancia.

El Mánchester de finales del siglo pasado pasado y la Sevilla de las Tres Mil Viviendas de la época anterior a la Expo de 1992. Dos lugares donde la creatividad, el hedonismo y cierta catarsis colectiva resultaron primordiales para que la gente se abrazara a una válvula de escape frente a todo tipo de escollos vitales y sociales. ¿Guardan puntos en común pese a su contexto tan diferente?

Pocos veo, pero los hay: como el aspecto desértico de los grandes solares de Mánchester, que no diferían mucho de las Tres Mil. Más allá de esto, lo que también veo es precisamente el fuerte sentimiento de comunidad de ambos lugares. Sitios donde la barrera entre artista y público era muy fina o, directamente, intercambiable. Aunque por diferentes vías, las sinergias creativas fluían continuamente en un sitio y otro.

Marcos Gendre.

Mánchester, sin embargo, se convirtió en punto neurálgico de lo cool y las Tres Mil un lugar “arrinconado y borrado de la actividad ciudadana”. Supongo que es inevitable que la coyuntura se refleje en la música que abordas, en cómo lo haces y el porqué. ¿Crees que los impulsos estéticos están claramente influidos por el contexto del que procede el músico?

Por supuesto que sí, aunque tampoco hay que olvidar que grupos como Joy Division procedían de una marginación radicalmente diferente de la que sufrían Raimundo y Rafalillo. Mientras los primeros podían utilizar como inspiración la depresión en la que estaba sumida la ciudad tras la herencia de la Segunda Guerra mundial; en el caso de los Amador, se trataba de sobrevivir a todo el racismo que sufría el pueblo gitano, que era enviado de un sitio a otro como ganado. La libertad que genera el exilio forzado de los gitanos a las Tres Mil marca el devenir anárquico del autodidactismo familiar, mientras que en Mánchester el aprendizaje de su renovado código sonoro provenía de gente tan culta como Ian Curtis, Mark E. Smith o Morrissey.

Portada de ‘Blues de la frontera’

¿Crees que un músico es más válido artísticamente si es honesto con sus raíces y tiene el retrovisor puesto para fijarse siempre de donde procede? ¿O consideras que el poder transformador del arte es tan complejo que puede hacer que esto se diluya y que se adquieran modos en un principio ajenos sin perder personalidad?

Creo que las raíces existen para engancharse a ellas o, por lo contrario, renegar de las mismas. Me parece tan osado, o más, que un grupo gallego como Malandrómeda invente todo un lenguaje nuevo del hip-hop dentro de un contexto musical ajeno a este estilo como lo que puede hacer Raúl Rodríguez reforestando la tradición flamenco de sus orígenes. En ambos casos la ambición está por encima de cualquier otra cuestión, como el respeto y la genuflexión. Ya sea a través o no de las raíces, el poder transformador del arte siempre proviene del individuo, de su don, no de su entorno. Y ahí radica su fuerza. También la libertad de elegir uno u otro camino, igual de plausibles, siempre que el resultado esté a la altura de la empresa albergada o, simplemente, esbozada.

En ambos lugares, las conexiones musicales enriquecieron el caldo de cultivo (véase rock y pop en el caso de Mánchester, ya sea el flamenco en Sevilla) para dar con algo nuevo e imperecedero (el post-punk, el flamenco-rock libérrimo). ¿Crees que se trata de una proto-globalización sin ínfulas? ¿Anticiparon lo que vino después con la aparición de Internet de una forma natural y totalmente humana?

La gran diferencia entre lo que se hacía en Mánchester y Sevilla con las mezclas que suenan en la era Internet es que lo suyo no era impostado, sino totalmente libre y natural. Lo de ahora suena a laboratorio. Literalmente. A mi entender, las actuales dinámicas globalizadoras provienen más de la necesidad de saturar con toda clase de etiquetas el mercado musical de forma salvaje, alentando por un DIY (Do It Yourself (Hazlo Tú Mismo)) de postín, dentro del actual indie-mainstream, en las antípodas del enorme trabajo y esfuerzo que requería el proceso creativo de las Tres Mil y Mánchester.

No puede ser un ejemplo de lo que sucede hoy en día porque, básicamente, las facilidades que ofrecen las nuevas herramientas, como programas de ordenador –con el uso indiscriminado de las bibliotecas de sonido en géneros como el trap– es radicalmente opuesto al trabajo bestial que subyace en cada canción de Pata Negra o New Order, por ejemplo. Aunque más definitorio es que mientras las canciones de bandas tan diferentes como The Fall y The Durutti Column huelen a Mánchester por los cuatro costados, las de clones suyos de hoy en día, como LCD Soundsystem, o los grupos de sellos como Labrador carecen de cualquier tipo de sabor geográfico relacionado con su procedencia. Lo de que no hay nada más universal que lo regional se ha perdido, salvo en casos como el grime londinense, los grupos de Ghost Box, o los géneros no anglosajones aún no devorados por la world music. Pero poco más.

En este sentido te muestras bastante crítico con la exaltación mediática de artistas como Rosalía o Niño de Elche. ¿A los creadores de opinión no les interesa reconocer que, probablemente, tanto la barcelonesa como el ilicitano, solo se dedican a aprovechar fórmulas ya inventadas para etiquetar y vender su producto?

Bueno, es que vivimos en la era de la ultra normalidad, una que continuamente se disfraza de novedoso, mientras se alimenta del borrado histórico aplicado, y más si las fuentes son gitanas. El racismo contra los gitanos está totalmente institucionalizado y, aunque no sea a propósito, gente como Niño de Elche se está aprovechando inconscientemente de él. Su música me atrae y le reconozco su valor rupturista, al igual que con Rosalía, pero eso de que ahora se cite a esta última desde Pitchfork como una renovadora del flamenco es muy significativo de ese borrado histórico que vivimos continuamente; y más en materia flamenca, donde hay siglos de historia, y da la impresión de que hace unos años que lo inventaron los payos. De hecho, ¿no resulta extraño que ninguna de las figuras surgidas durante los último años en terreno flamenco sea gitana? Repito: sin restar méritos a gente como Silvia Pérez Cruz o Niño de Elche –sobre todo desde su enfoque heterodoxo de la materia flamenca-, lo que no se debe olvidar nunca es que en el pasado siempre se encuentran las llaves del futuro, y que desde los medios, digamos, más cool se está enterrando a palada limpia. Esto sí me parece muy grave.

También destacas que la esencia del mundo gitano desaparece con la inclusión de clichés y la exclusión de lo genuino en estas propuestas contemporáneas. Parece que todo lo que artísticamente pudo ser conseguido con discos como ‘Veneno’ o ‘Blues de la frontera’ ha perdido vigencia pese a su postergada reivindicación. ¿No crees?

Todo eso viene dado en lo que decía anteriormente sobre la memoria socavada. El mayor problema es que no ha habido puentes suficientemente sólidos entre la generación de la discográfica Nuevos Medios con las posteriores. Salvo contadas excepciones, como Raúl Rodríguez, no se sacó partido de la electrificación flamenca que Pata Negra expuso mejor que nadie. Pero es que, tal como me decían gitanos de las Tres Mil, tampoco se dio en su entorno más cercano. No hay que olvidar que por su condición de pioneros estaban adelantados 30 años a lo que se hacía en aquel entonces. Y claro, toca esperar a que la autopista del tiempo dé la vuelta al punto de salida, porque la mayoría de fotocopias que hemos vivido de aquella generación de los Ketama, Pata Negra o Ray Heredia se han quedado en la superficie, no en los hilos que hacen vibrar el duende con la sabiduría fogueada en la calle.

Portada de ‘Mánchester. El Sonido de la Ciudad’

En estos dos últimos libros la coralidad deviene fundamental para entender de dónde viene todo, aunque el proceso creativo en tu caso es distinto, en ‘Mánchester, el sonido de la ciudad’ recuperas entrevistas, artículos y libros en un proceso de documentación descomunal y en ‘Blues de la frontera’ prima la oralidad y el testimonio en primera persona. ¿Qué proceso te resultó más costoso?

Pues el primero me llevó cinco años de mi tiempo libre. El hecho de querer plasmar sobre papel la frescura de las declaraciones de aquellos tiempos me llevó incluso más tiempo que las más de 20 entrevistas que hice para el libro de Pata Negra. Eso sí, las cosas son mucho más difíciles de ordenar cuando no provienen de tu esfuerzo por extraer lo inédito. Y, en este sentido, el libro de Mánchester fue más complicado, también porque había más voces. No obstante, pesó mucho más responsabilidad querer aportar mi granito de arena en hacer justicia a la familia Amador, y durante nueve meses buscando huecos de mi trabajo.

Dos personajes catalizadores cobran especial relevancia en tus textos: Ricardo Pachón y Tony Wilson. ¿Crees que en el ámbito musical todos los factores juegan su partida para que las ideas creativas manifiesten su poder en algo tangible? ¿Se podría hablar de una “estética de la logística” (o de cómo las formas de hacer las cosas, llevarlas a cabo, puede influir en que éstas perduren y dejen muesca en la historia)?

Creo que la importancia de ambos está ahí, y que esa teoría se traduce en la misma, pero sobre todo por el hecho de estamos hablando de mecenas con sensibilidad artística. Y eso fue muy importante, aunque también creo que si no fueran ellos podrían haber sido otros; lo que estaba sucediendo en ambos casos era incontenible: comunidades musicales con necesidad de un timón.

Por otro lado, una cosa es la relevancia en hacer visible ese tesoro musical y otra, apropiarse del mismo. En este sentido, no debemos olvidar nunca que Raimundo y Rafael estuvieron más de un año trabajando todos los días en ‘Blues de la frontera’, unas diez horas diarias. Claro, eso perdura. Como dice Silvia Cruz en el libro: sus canciones no son fruto de la casualidad; hay un trabajo enorme por detrás. En este sentido, tengo que decir que Mario Pacheco también fue muy importante, pero más aún que gitanos como Guadiana y Antonio Carmona guiaran el disco con sus percusiones y sentido rítmico.

Como autor, llevas alrededor de seis años publicando obras de distinto pelaje pero con un hilo común invisible pero, creemos, que evidente: la apuesta por la singularidad y lo poco trillado. ¿Es así? ¿Los caminos secundarios son la gran vía a explotar en la literatura musical?

Yo he tenido que hacer muchos libros por encargo a lo largo de todo este tiempo. Por mi experiencia personal, siempre he tenido que amoldarme al filtro de las editoriales. Lógicamente miran por su economía para sacar más libros, lo cual reduce las opciones de perderse por caminos secundarios, incluso terciarios. Si por mí fuera (y lo he intentado plantear en más de una ocasión), habría escrito libros sobre Disco Inferno, el sello Ghost Box, MalandrómedaClaustrofobia, A.R. Kane, Lena Platonos, El Lebrijano o Cathy Claret, por decir unas opciones que ahondan en las vías alternativas a una historia “demasiado” consensuada. De hecho no se me ocurre mejor manera de incentivar el debate y la inquietud que quebrar la linealidad sagrada de los hechos, oficializada por diferentes medios con gran peso en España y el extranjero. Eso sería lo deseabley de hecho siempre intento colar a toda esta clase de grupos que sirven para plantear un what if?, ya sea aprovechando libros como ‘Miles Davis. Big Bang oceánico o el de Mánchester.

 

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