En una conversación que mantuvimos con él para Atonal, Malcolm Scarpa nos soltó, con esa mezcla suya de lucidez y hartazgo, una frase que ha ido resonando con los años: “me aburre tanto malditismo”. No era pose: Scarpa sabía que su obra acabaría por encontrar un lugar, aunque él ya no estuviera presente para disfrutarlo —o para negarlo, con retranca—. Hoy, con un documental recién estrenado en una plataforma tan consolidada como Filmin(Qué te debo, Malcolm?) y la reedición de su discografía clave, su música vuelve a circular con la fuerza de lo que nunca caducó.
Treinta años cumple The Road of Life Alone, su tercer álbum en solitario, publicado por Hall of Fame Records, sello creado por su amigo Luis González (Caballero Reynaldo) para dar cobijo a una obra que se expandía sin pedir explicaciones. Tras el fogonazo de Malcolm Scarpa (1993) y My Devotion (1994), este disco cerraba una trilogía pop de los noventa que todavía desconcierta por su libertad y su ternura.
Juan Manuel Morillo Scarpa, nacido en 1959, aprendió a cantar entre tómbolas, luces de verbena y altavoces de feria. Su infancia nómada por la cornisa cantábrica, acompañando a la familia en sus andanzas feriantes, fue una educación sentimental y musical tan intensa como improbable. Años después, convertiría ese bagaje en una discografía insólita, construida con guitarras baratas, grabadoras domésticas y una sensibilidad melódica a prueba de etiquetas.
Grabado en Valencia “de la forma más caótica posible”, The Road of Life Alone reúne 26 canciones que no suben el volumen ni buscan epatar, pero que sostienen una coherencia misteriosa y encantadora. Él mismo decía no estar especialmente orgulloso del álbum, pero muchos de sus seguidores coinciden en que aquí se esconden varias de sus piezas más memorables: Instant Soup, Claire, Marie Claire, Fue un otoño estupendo, por mencionar solo algunas.
Hay power-pop espabilado (Gonna Pull a Party), momentos que recuerdan al primer McCartney solista (Frolic Vamp), pop sesentero con matices psicodélicos (I’m Spellbound) o postales de carretera con regusto americano (She Was a Little Gem). También baladas nostálgicas y desarmantes (I Wish I Could Fall In Love Today, The Girl I Once Knew), piezas entre el vodevil y el country (I Wrote a Song), e incluso un blues canalla con ecos del Delta y nombre de personaje literario (Louis the Lame). Todo ello sin perder nunca el tono juguetón, el oído absoluto ni la humanidad que caracterizaban a Scarpa.
La grabación la completaron Luis González al bajo, Jose L. Shipley en mezcla, y Eduardo “Tito” Ruano en la batería. Malcolm firmó el resto: voces, guitarras, mandolina, teclados, percusión y composición. Las fotos de portada, de aire retro y desconcertante, fueron otro de esos caprichos visuales marca de la casa.
A pesar del desinterés generalizado del gran público, su música ha seguido circulando como una joya escondida. En vida, Malcolm fue consciente de ese contraste entre las loas críticas y la precariedad vital: “estoy cansadísimo de las buenas críticas”, decía. En los últimos años se alejó de los escenarios, las redes, los móviles y, por momentos, incluso de las guitarras. Falleció en silencio en su barrio madrileño de Pueblo Nuevo, pero dejó una obra que no deja de crecer.
Treinta años después, The Road of Life Alone se escucha como un mapa de pasadizos sonoros que no llevan a ninguna moda, pero sí a una manera de entender la música como acto de invención cotidiana. Scarpa fue nómada por origen y por elección, y aunque recorrió la mayor parte del camino en solitario, nunca faltaron quienes, desde el cariño, le siguieran la pista.


