Lucía Bosé · Gregorio Paniagua / Io Pomodoro (CBS, 1981)

Descubrí Io Pomodoro por refilón, como suelen llegar los discos que acaban importando de verdad: sin aviso y con efecto retardado, en una epopeya de batín y sofá que empieza casi como una distracción y termina ocupando espacio mental. Fue gracias a Single, ese proyecto tan suyo —tan de Teresa Iturrioz e Ibon Errazkin— que entiende el homenaje como una forma refinada de traducción. Viene al caso recordar a Jorge Luis Borges, cuando advertía, con su ironía de bibliotecario infinito, que el original no es fiel a la traducción. En ese malentendido fértil se mueve esta historia.

La escucha llega, además, en un momento particular: con la noticia reciente del fallecimiento de Gregorio Paniagua, pionero decisivo de la interpretación de la música antigua y fundador en 1964 de Atrium Musicae. Bastaba repasar algunas de sus grabaciones —la música de la Grecia Antigua, las Cantigas de amigo de Martín Códax, su Folía de España o el fragmentado y visionario Batiscafo— para entender que Io Pomodoro no fue un capricho excéntrico, sino una consecuencia lógica.

Publicado en 1981 por CBS, Io Pomodoro reúne a Paniagua con Lucía Bosé en una alianza tan improbable como natural. Aquí no hay actriz que “se pase” a la música ni compositor que busque un nombre famoso como reclamo. Lo que hay es un cruce de trayectorias en pleno desplazamiento. Bosé, con una carrera cinematográfica marcada por la contención y el misterio, renuncia al canto entendido como destreza técnica y opta por el recitativo, la narración, la palabra dicha con intención. Paniagua, recién liberado del marchamo exclusivo de la música antigua, convierte el estudio en un laboratorio donde conviven instrumentos históricos, electrónica temprana y sus célebres “absurdófonos”.

Bosé figura en los créditos no solo como voz, sino como narradora. Ese matiz lo explica casi todo. Su interpretación funciona como una prolongación de su trabajo actoral: manejo del silencio, dicción precisa, una relación íntima con el micrófono que privilegia la personalidad frente a la proyección. Alterna italiano y castellano sin subrayados, como quien cambia de escena sin mover la cámara. No hay voluntad de embellecer la voz; hay, en cambio, una confianza absoluta en el texto y en el clima que lo rodea. La actriz no canta: interpreta. Y en esa decisión hay más riesgo que en cualquier alarde vocal.

Paniagua articula ese clima desde una idea tan simple como incómoda: la música no pertenece a una época, sino al instante en que sucede. En Io Pomodoro toca y dirige todo, clasificando los instrumentos como “ancianos, antiguos y contemporáneos”, una etiqueta que funciona como poética. Vihuelas, zanfonas, electrónica primitiva y objetos sonoros inventados conviven sin jerarquías, generando una atmósfera que oscila entre lo medieval y lo psicodélico, entre la canción mínima y el collage conceptual. Los absurdófonos —lejos de ser una excentricidad decorativa— son la base material de su ruptura con la musicología ortodoxa: una forma de dejar atrás el códice sin renunciar a la memoria.

El disco avanza como un cuaderno de escenas. Dime quién eres, desconocido vecino se erige en pieza clave: texto frontal, melodía esquiva, un equilibrio inestable entre intimidad y extrañeza que explica por qué acabó teniendo una segunda vida. Nana de una sola notatensa aún más la cuerda, mientras Danza de la pimienta revela la querencia de Paniagua por el folclore entendido como materia viva, capaz de viajar y reaparecer transformado. El resto del álbum funciona como un tránsito continuo entre idiomas, épocas y estados de ánimo, sin jerarquías claras ni voluntad de síntesis.

Años después, Single rescataron dos de esas canciones y las reescribieron desde su propio universo. No hay aquí fidelidad ni reconstrucción: hay desplazamiento, en el sentido borgiano. Bajo dub, electrónica incómoda, una sensualidad extraña que borra cualquier parecido superficial con el original y confirma que Io Pomodoro no pertenece a 1981, sino a un tiempo desajustado. El homenaje se cerró con una portada de Javier Aramburu, mezcla de humor, ironía e inteligencia visual, recordándonos que el diseño también puede pensar.

Hoy Io Pomodoro circula como disco de culto, citado en voz baja y escuchado con atención renovada. Pero su valor no reside en la rareza ni en el fetiche. Reside en esa libertad poco frecuente que compartieron Bosé y Paniagua: la de no explicar demasiado, no acomodarse y aceptar —como sugería Borges— que, a veces, la traducción acaba diciendo más verdad que el propio original.