Tarda a veces un disco medio siglo en encontrar su momento. No porque estuviera escondido ni porque careciera de méritos, sino porque ciertas músicas necesitan otro clima para desplegarse del todo. La Douce Emma, el segundo álbum de Louise Forestier, pertenece a esa clase de obras. Su trayectoria no responde al recorrido habitual del disco celebrado, reeditado hasta la saciedad y bendecido por el canon, sino a una forma más discreta de permanencia. Una reedición en 1998, un pequeño núcleo de oyentes atentos y, bastantes años después, un eco inesperado en Beth Orton, que incorporó la melodía de la canción titular en “See Through Blue”, incluida en Sugaring Season (2012). Ese cruce no funciona como curiosidad para archiveros sentimentales, sino como prueba de vida: el álbum de Forestier seguía ahí, latiendo por debajo del radar.
Ese desvío temporal ayuda a situar mejor a Louise Forestier, nacida como Louise Belhumeur en Shawinigan en 1943, actriz, cantante y figura esencial de la cultura quebequesa de la segunda mitad del siglo XX. Formada en la École nationale de théâtre de Montréal, empezó a trabajar en un momento en que Quebec estaba mudando de piel y la chanson local comenzaba a electrificarse, a teatralizarse y a desprenderse de su molde más respetable. Su asociación con Robert Charlebois, con quien grabó Lindberg en 1968, y su paso por el legendario espectáculo L’Osstidcho, junto a Yvon Deschamps, la sitúan en el corazón de una escena que ya no quería sonar bien educada, sino viva, imprevisible y, por momentos, gloriosamente incómoda.
Publicado originalmente en 1969 bajo el título Louise Forestier y conocido después por el nombre de su canción más célebre, La Douce Emma nace en pleno relevo generacional de la música quebequesa. La tradición del chansonnier clásico empezaba entonces a mezclarse con el rock, el humor, el teatro y una nueva conciencia lingüística y cultural. El disco no es, por tanto, una rareza flotando en el vacío, sino una pieza muy precisa de ese momento en que la canción popular de Quebec dejó de comportarse como una invitada formal y decidió abrir la puerta de una patada, aunque sin perder los modales del todo.
Su etiqueta sigue siendo escurridiza. Se le ha acercado al rock psicodélico, al folk, al pop barroco o a la chanson más aventurera, pero lo interesante no está en acertar el cajón, sino en describir la atmósfera. Lo que suena aquí es una psicodelia de cámara: una música donde la extrañeza no entra a martillazos, sino por inclinación. No hay exceso lisérgico ni voluntad de estampida. Hay piano, órgano, guitarra, contrabajo, batería y una arquitectura de arreglos que trabaja con mucha más sutileza de la que suele permitir la palabra “psicodelia”. Si la versión anglosajona del asunto abría a menudo las ventanas para que entrara el vendaval, Forestier y sus músicos prefieren correr apenas una cortina.
En ese sonido resulta decisiva la dirección musical de Jacques Perron, responsable también del piano y el órgano. A su alrededor, la guitarra de Michel Robidoux, el contrabajo de Maurice Richard y la batería de Guy Thouin, junto al trasfondo del Quatuor du Nouveau Jazz Libre du Québec, levantan una instrumentación que mezcla disciplina y desvío. El piano ordena la escena, el órgano añade una pátina flotante, la guitarra entra con una contención muy expresiva y la base rítmica rehúye cualquier musculatura innecesaria. Todo parece dispuesto para que la voz de Forestier avance con libertad, en ese punto intermedio donde la actriz y la cantante dejan de distinguirse.
La pieza titular, La Douce Emma, compuesta por Clémence DesRochers y Pierre F. Brault, concentra buena parte del hechizo del álbum. No solo porque con el tiempo haya acabado prestando su nombre al conjunto, sino porque resume bien su forma de belleza: delicada, oblicua, algo teatral y nada dócil. Forestier la canta sin recargar el tono, con una mezcla poco frecuente de cercanía y distancia, como si supiera que el misterio conviene administrarlo con precisión. Esa manera suya de sostener la canción, sin dramatismo excesivo y sin la afectación de cierta chanson de museo, da la medida exacta de lo que hace especial al disco, huyendo de la impostura.
A partir de ahí, el repertorio funciona como una encrucijada de la escena quebequesa del momento. From Santa to America, coescrita por Forestier y Claude Gauthier, abre el campo con un aire menos lineal, más ambiguo. Quand t’es pas là, Translation y J’t’aime en masse, ligadas a la dupla Forestier-Perron, refuerzan esa sensación de disco fronterizo, ajeno al automatismo pop y también a la solemnidad del manifiesto. En Comment, comment? asoma el vínculo con Yvon Deschamps y con ese humor escénico tan importante en la contracultura quebequesa de finales de los sesenta. Le Cantic du Titanic muestra el lado más narrativo del álbum, mientras Le Mont Athos, firmada por Marcel Sabourin y Robert Charlebois, confirma que La Douce Emma no es el producto de una sola voz en estado puro, sino el resultado de un ecosistema creativo muy concreto.
Ahí está buena parte de su fuerza. La Douce Emma no puede separarse del Quebec en mutación que lo vio nacer. Mientras la chanson tradicional se abría a nuevas formas de oralidad, al rock, a la psicodelia y al teatro, Forestier ocupó un lugar especialmente fértil dentro de ese cambio: el de quien podía unir escena y canción sin que una anulara a la otra. En su voz y en su manera de habitar estas piezas hay algo de intérprete total, de artista que entiende la música no como mero lucimiento vocal, sino como una forma de presencia.
Escuchado hoy, el disco conserva algo infrecuente: no parece una reliquia ni un documento venerable al que haya que acercarse con respeto de biblioteca. Sigue siendo un álbum vivo, movedizo, con una elegancia algo excéntrica y una imaginación sonora que no ha perdido frescura. Su psicodelia de cámara no depende de modas ni de peinados de época, sino de una forma de construir atmósferas, insinuar desajustes e introducir pequeñas rarezas en el interior de la canción popular.
Tampoco conviene presentarlo como un clásico universal maltratado por la historia. Lo suyo ha sido otra cosa: una posteridad oblicua, subterránea, de circulación lenta. No ha necesitado la gran maquinaria del prestigio internacional para seguir encontrando oyentes. Le ha bastado con esa persistencia silenciosa que tienen algunos discos capaces de colarse en la educación sentimental de artistas posteriores. El vínculo con Beth Orton ilumina precisamente eso. Que una compositora británica de otra generación recoja la melodía de La Douce Emma y la incorpore a una canción propia no es un adorno erudito: es la constatación de que esta música seguía emitiendo señales.


