Louis Philippe & The Night Mail / The Road to the Sea (Tapete Records, 2025)

Azul celeste, Château-Chalon, los versos de Philip Larkin y una confesada aversión por “casi todas las bandas salidas de Mánchester”. Si uno tuviera que montar un altar pop con estas premisas, bien podría colocarlo frente al tocadiscos con The Road to the Sea girando lento, como una ofrenda laica al arte de la canción arreglada con guantes de seda y curiosidad europea. A sus sesenta y tantos, Louis Philippe —sí, aquel que respondía con franqueza deliciosa a cuestionarios decimonónicos en recopilatorios como A Kiss in the Funhouse— entrega, junto a The Night Mail, un álbum que no se limita a la elegante continuidad, sino que se atreve a juguetear con nuevos códigos sin despeinarse.

Compositor refinado, arreglista meticuloso y periodista deportivo por vocación paralela, Louis Philippe —seudónimo de Philippe Auclair— ha transitado el pop como quien recorre una biblioteca ilustrada: con respeto, ironía y una pasión serena por la forma. Figura clave del sello él Records, ídolo improbable del Shibuya-kei japonés y colaborador de novelistas, futbolistas y crooners melancólicos, Philippe representa una estirpe rara: la del músico que prefiere afilar una armonía antes que buscar titulares. Sus canciones, sofisticadas y sutiles, le deben tanto a Brian Wilson como a Francis Poulenc, y encuentran en el detalle la resistencia, en la belleza, una manera de estar en el mundo.

El disco abre con The Road to Somewhere, un arranque de solemnidad ligera, como quien cruza la avenida con paraguas por si acaso pero termina saludando al sol. La voz de Philippe flota sobre arreglos meticulosos de cuerdas y palmas, casi como si estuviera cantando desde una biblioteca modernista con vistas al mar. Pictures of Anna entra en juego con una energía contagiosa que podría haberse colado en un disco de XTC, mientras que Where Did We Go Wrong plantea la inquietante pregunta con un groove espacial que, lejos de alarmar, invita a poner otra copa.

La colaboración con The Night Mail —Andy Lewis, Ian Button y Robert Rotifer, con refuerzos de Danny Manners— ha ganado confianza desde Thunderclouds. Si en aquel abordaban la crónica social con disfraz barroco, aquí se permiten un margen más introspectivo y atmosférico. Se nota en Always, una pista casi instrumental que mezcla reverberaciones cinematográficas con interferencias de código Morse, como si Le Méprishubiera sido reeditada por Ghost Box.

Hay guiños a la Francia interior —la de antes de las autopistas— en La Maison Sans Toit, vals cantado en su lengua natal con ese savoir-faire que ningún crooner anglófilo podría imitar. Wine and Roses aporta dulzura con resaca emocional: música de caja de música para quienes aún escriben cartas. Y Watching Your Sun Go Down sorprende con un estribillo que roza, con sigilo, el territorio del “rock” (palabra que en boca de Philippe casi parece exabrupto).

El tramo final del álbum actúa como un regreso lento a casa por carreteras comarcales. Those Days of Summer, A Friend, Ville lumière y To The Sea dibujan un mapa de memorias iluminadas por farolas de diseño danés. No hay clímax dramático, sino una sucesión de miniaturas sentimentales, ejecutadas con precisión orquestal y cierto desdén por la inmediatez.

La producción, grabada entre Kent y Bassetlaw, opta por lo diáfano: capas vocales al estilo Brian Wilson, ecos milimétricos, mellotrones en su punto de cocción y una transparencia espacial que recuerda más a Judy Dyble que a cualquier revival anglo de medio pelo.

No es un disco que intente convencer a nadie. Louis Philippe ya ha hecho lo suficiente para quienes necesitan melodías con pliegues y letras sin urgencias. Él —autor capaz de emocionar a La Buena Vida con sus arreglos tanto como de analizar un 4-2-3-1 con la misma finura— sigue firmando canciones que no quieren cambiar el mundo, pero sí mantenerlo afinado. The Road to the Sea no es una declaración de principios, es una colección de postales desde la madurez melódica. Y como todo lo bueno que llega con los años, no exige nada. Solo atención, y si puede ser, un buen vino blanco de Jura.