La historia de Robert Johnson es un rompecabezas con demasiadas piezas perdidas. Su vida breve, sus apenas 29 canciones grabadas, su misteriosa muerte y la leyenda de su pacto con el diablo han convertido su figura en una silueta borrosa, donde los hechos y el mito se entrelazan sin posibilidad de separación. Cada nueva obra que se acerca a él—biografías, documentales, películas, canciones y, ahora, una novela gráfica—no busca tanto desenterrar verdades como explorar los recovecos de su existencia. En Los últimos días de Robert Johnson (editado recientemente en España por Andana Editorial), el historietista francés Frantz Duchazeau ofrece su propia aproximación: un retrato fugaz de un hombre que vagaba por el Sur profundo con una guitarra y demasiados fantasmas.
Duchazeau, conocido por su fascinación con las figuras marginales y los entornos de la música afroamericana, ya había tocado el universo del blues en Meteor Slim y Blackface Banjo, pero aquí se enfrenta a un reto mayor: contar la historia de el bluesman por excelencia. Lo hace con un trazo áspero, enérgico, casi febril, como si cada viñeta estuviera atrapada en el mismo polvo y penumbra en los que Johnson tocaba por unos centavos en juke joints y esquinas de pueblo. Su narrativa no es la de una biografía convencional, sino la de un road movie espectral, donde Johnson es un nómada errático, siempre en movimiento, siempre al borde del colapso.

Frantz Duchazeau no es un historiador ni un documentalista. Su aproximación al cómic siempre ha estado marcada por el instinto y la evocación más que por la precisión académica. En su obra reciente siempre ha demostrado una fascinación por los márgenes de la música afroamericana, por esos músicos anónimos que tallaron la historia del blues sin saber que lo estaban haciendo. En Los últimos días de Robert Johnson, lleva esta obsesión a su punto más alto, pero sin caer en la solemnidad o la reconstrucción minuciosa. Su trazo áspero, casi improvisado, y su narración fragmentaria convierten la historia en una impresión más que en un relato lineal. No es un libro que busque resolver los misterios de Johnson, sino habitarlos, dejar que la suciedad, la fiebre y la fatalidad de su vida empapen cada viñeta. Como en sus mejores trabajos, Duchazeau no se interesa tanto en documentar el pasado como en traducir su espíritu a imágenes que vibran, crujen y duelen.



Lo interesante de Los últimos días de Robert Johnson es que no se limita a la anécdota biográfica ni al folclore demoníaco. Duchazeau no recurre al pacto con el diablo como centro del relato, sino que perfila a Johnson como un artista atrapado en una búsqueda imposible, un hombre que intentaba capturar su propio sufrimiento en canciones sin saber si alguien las recordaría. En este sentido, el cómic no solo habla del músico, sino del contexto que lo moldeó: el Sur rural de la Gran Depresión, donde la música era tanto una salvación como una condena.
El trazo expresionista de Duchazeau se adapta perfectamente a esta historia. No hay líneas limpias ni contornos definidos; todo parece moverse con una vibración constante, como si el papel no pudiera contener la energía de la música. El uso del blanco y negro refuerza la sensación de fatalismo, de que el destino de Johnson ya está escrito desde la primera página. Sin embargo, en medio de esta oscuridad, hay destellos de humor, de deseo, de pequeñas victorias efímeras que hacen que la tragedia sea aún más intensa.
A diferencia de otras interpretaciones sobre Johnson, esta novela gráfica evita la reverencia excesiva y lo muestra como un hombre de carne y hueso, con ambiciones, miedos y contradicciones. Lo vemos tocar hasta la extenuación, perseguir mujeres, escapar de peligros y sumergirse en su propio aislamiento. Duchazeau no necesita inventar para hacer de su historia algo legendario; el propio Johnson ya lo era, con su vida errante y su música que parecía dictada por fuerzas invisibles.
En última instancia, Los últimos días de Robert Johnson no es solo la historia de un hombre, sino la de un estado de ánimo que sigue resonando en la música moderna. El blues que Johnson perfeccionó no era solo un género, sino una forma de entender el mundo, un lamento persistente que sigue filtrándose en el rock, el folk y hasta el hip-hop. Duchazeau consigue capturar esa sensación, ese bagaje existencial que hizo que canciones como Hellhound on My Trail o Love in Vain sigan pareciendo escritas ayer. Porque al final, el blues no es una época ni un lugar; es una emoción que nunca deja de encontrar su voz.


