Mira que os gustan las listas. Las reclamáis, las discutís, las archiváis y luego fingís indiferencia, como si no formaran parte del ritual anual. Pero aquí estamos otra vez, ordenando canciones, discos y manías privadas en forma de recuento. No para establecer jerarquías definitivas, sino para contar una historia: la de un año escuchado con atención, con entusiasmo irregular y con ese punto de obsesión que solo aparece cuando algo importa de verdad.En 2025 han convivido el pop con memoria larga, el soul entendido como espacio íntimo, la electrónica que convierte el desvío en método, la canción de autor que trabaja en voz baja y la música instrumental que prefiere sugerir antes que explicar. Hay discos que entran por la cabeza, otros por el cuerpo y algunos que se instalan en lugares menos evidentes y ya no se mueven. Esta lista no busca resolver debates: organiza una experiencia compartida entre auriculares, vinilos, paseos largos y silencios oportunos.No hay aquí vocación de canon ni gesto sentencioso. Hay gusto, contexto y una dosis razonable de cabezonería. Discos que llegaron sin hacer ruido y se quedaron, otros que parecían ligeros y acabaron pesando, y algunos que fueron creciendo con los meses, como esas historias que solo adquieren sentido cuando el calendario ya se está cerrando. Si una lista sirve para algo, es para dejar constancia de eso: que durante doce meses la música siguió siendo un lugar habitable. Y, tal como están las cosas, no es poco.
25. Cécile McLorin Salvant / Oh Snap (Nonesuch, 2025)

Cécile McLorin Salvant ya no compite en la categoría de “gran voz de jazz” —ese traje le queda estrecho—, sino en la de artista total que canta, escribe, dibuja y comisaría. Oh Snapes su demostración de fuerza más fresca: tecnología como herramienta, no como mero disfraz; repertorio propio que conversa con el archivo de los tiempos; vulnerabilidad sin solemnidad. Y una idea que conviene subrayar: el swing también puede salir de un error bien aprovechado. Si eso no es futuro, que venga Bessie y lo diga.
24. Insecure Men / A Man For All Seasons (Fat Possum Records, 2025)



Si el debut de 2018 fue el disco de la caída, A Man For All Seasons es el de la restauración: un trabajo que respira a través de las grietas y hace del desorden una forma de elegancia. Y aunque Insecure Men llevaban años en silencio —más rumor que banda—, este regreso supera cualquier expectativa: un álbum hermoso, extraño y profundamente humano que confirma que el caos, cuando se dosifica con humor y oficio, puede seguir dando melodías dignas de una temporada entera.
23. Zé Ibarra / AFIM (Coala Records / Mr Bongo, 2025)



Una voz versátil, un compositor ambicioso, y un intérprete con el raro don de convertir sus mutaciones en obras coherentes. En un panorama donde muchos buscan sonar igual para encajar, él ha decidido sonar diferente para reconocerse. Y ese gesto, además de valiente, es profundamente musical.
22. Cola Boyy / Quit To Play Chess (Record Makers, 2025)



No obstante, Matthew, el niño que sufrió los insultos de otros niños por ser diferente, el joven que intentó abrirse paso en el mercado laboral para ser discriminado una y otra vez, el adulto que encontró en la música su bailable venganza, lo que ha hecho con este Quit To Play Chess (¿un título alegórico y profético?) es asegurarse un lugar en la eternidad por haber hecho la música perfecta para hacer feliz a todo el mundo: tanto los enteros como los rotos.
21. Vincent Delerm / La Fresque (Tôt ou Tard, 2025)



El humor que aparece entre versos no es tanto ironía como una forma delicada de autodefensa. Y tras esa superficie de aparente ligereza se cuelan pérdidas dolorosas, silencios densos y una pulsión constante por fijar en la canción lo que la vida tiende a desordenar. El resultado es un disco donde la fragilidad no se esconde y donde el domingo (día sagrado más allá de cualquier religión) sigue siendo ese refugio íntimo donde cocinar, poner un disco de Michel Berger o revisitar a Truffaut es una forma de resistencia emocional.
20. Eddie Chacon / Lay Low (Stones Throw Records, 2025)



Más que un género, Chacon entiende el soul como una manera de habitar la música, de abrir espacio a las cicatrices sin dejar que se conviertan en heridas abiertas. Cada canción introduce un recuerdo, un eco del amor que se va, de la ausencia que queda, de la esperanza que titila en la distancia. Pero en lugar de revolcarse en la melancolía, su voz aterciopelada parece suturar cada muesca en el alma con paciencia y ternura. En Lay Low, el soul no es solo un sonido, sino un bálsamo. Una forma de seguir adelante, incluso cuando todo lo demás se queda atrás.
19. Cosmic Crooner / European Vacation (Cosmic Crooner Records, 2025)



Un disco de estación inventada, de verano permanente, de romanticismo performático y belleza autoconsciente. En resumen: un álbum que no pide tiempo ni contexto, que podría haber sonado ayer o en 1968, y que probablemente se escuche mejor cuando uno no tiene del todo claro si está de vacaciones o en tránsito emocional. Una escapada sonora con clase, ironía y más emoción de la que su peinado perfecto quiere admitir.
18. Greentea Peng / Tell Dem It’s Sunny (AWAL Recordings, 2025)



Es un trabajo denso, hermoso, impredecible. Un collage emocional que, pese a su eclecticismo, tiene una síntesis diafana: una artista que ha vuelto de su propio laberinto con las manos sucias, una linterna medio fundida y una colección de canciones que no suplican comprensión, pero sí el mayor de los respetos. Y sí, al final, hace sol. Pero no como metáfora. Hace sol porque Greentea Peng lo ha dicho, y eso —por ahora— basta.
17. Nyron Higor / Nyron Higor (Far Out Recordings, 2025)



Que Gilles Peterson haya puesto el ojo en este disco no es una sorpresa. Nyron Higor no suena a un año en particular, ni busca encajar en ninguna tendencia. Es un álbum que podría haber salido hace diez años o hacerlo dentro de veinte, y seguiría sonando igual de presente. No se esfuerza por ser atemporal, simplemente acaba siéndolo. Como en la letra de Caetano, aquí hay un viaje que cruza fases . No hay una meta clara, ni siquiera un concepto que haga de sutura. Solo canciones que existen porque sí, porque pueden, porque encuentran su sentido en el mero hecho de sonar.
16. Loaded Honey / Love Made Trees (Awal Recordings / Vetra Records, 2025)



Que nadie espere aquí un subidón de viernes: Loaded Honey han optado por el domingo por la mañana. Frente a la grandilocuencia de Jungle, suenan contenidos, preciosistas, con una querencia por el soul de Filadelfia de los 70 y las armonías vocales de los 60. La voz de Kitto, menos procesada que en su banda madre, se luce en primer plano; Lloyd acompaña con guitarras limpias, cuerdas discretas y un sentido del espacio que impide que el disco caiga en la languidez. Incluso los visuales, rodados en Palmdale en apenas dos días, con monjas, cámara lenta y arena de desierto, funcionan como prolongación lúdica de esta narrativa romántica.
15. Jeb Loy Nichols / This House Is Empty Without You (Timmion Records, 2025)



Dianas suaves y certeras como “Love grows younger”, “Coming home love”, la fabulosa “Black water girl” o esa reflexión final que es “Time on my hands”, esculpen la fachada de un disco que es un monumento a la sencillez, a dejarse mecer por la vida, con sus sinsabores y momentos felices, y a no complicarla con necedades. Toda su onda expansiva se despliega en ese sentido. Parece decirnos: tranquilos, no todo va a ir bien siempre, pero siempre se termina arreglando. Tiene ese efecto balsámico, profundamente apaciguante, tan difícil de transmitir por parte de un artista.
14. Emma Swift / The Resurrection Game (Tiny Ghost Records, 2025)



La producción de Jordan Lehning viste esas canciones con arreglos espaciosos, cuerdas y pedal steel que amplifican la emoción sin edulcorarla. En Nothing and Forever, Swift canta desde la calma, como si probara la consistencia del aire; No Happy Endings se sostiene sobre un eco lennoniano, con la voz atravesando un muro de cuerdas y percusiones suaves; How to Be Small se convierte en su himno de supervivencia doméstica: aprender a reducir el mundo hasta hacerlo habitable. Es La artista que vuelve a levantarse, guiada por su propia voz y por la mirada cómplice de Robyn Hitchcock, que sigue ahí, sosteniendo la melodía cuando el centro parece a punto de ceder. Su resurrección no llega con trompetas celestiales, sino con guitarras afinadas y una serenidad ganada a pulso.
13. Theatre Royal / A Change Of Weather (Spinout Nuggets, 2025)



Existen piezas discográficas que nacen deprisa y otras que se dejan cocinar a fuego lento. Este álbum pertenece a los segundos. Aquí no hay postureo ni ambiciones infladas, sólo canciones cuidadas que, como apunta Oliver Burgess, “nos importa realmente escribir”. Y esa honestidad se nota. Como dijo en su día Kevin Rowland, “Puedes decir mucho más en una canción que solo un chico cantando ‘te quiero, cariño’. Lo cual está bien, pero se pueden hacer otras cosas, otros colores”. Justo eso es lo que propone A Change Of Weather: el despliegue, emotivo y certero, de otros colores.
12. Rafael Berrio / No es para menos (Warner, 2025)



No es un testamento ni un recopilatorio. Es una fotografía del instante en que un músico piensa en voz alta. Se cruzan aquí la urgencia eléctrica de los años ochenta, el desencanto elegante de los dosmiles y la poética escéptica de un hombre que nunca escribió para gustar, sino para entender. Al final, lo dijo él: “De haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura / Y haber malgastado en borradores la presente”. Pues bien, esos borradores son hoy canciones. Y no, no es para menos.
11. J´AIME / Anachronistic D’Amour (Jabalina, 2025)



El método de trabajo —“a ratitos aquí y allá”— no es una anécdota, sino la declaración de principios de un artista que prefiere construir sus discos como quien restaura una pintura: capa sobre capa, textura sobre textura, recuperando grabaciones de hace 25 años y reinsertándolas en el presente. Esa práctica de “falsificación romántica”, como él mismo la llama, da lugar a canciones que no sólo dialogan entre sí, sino también con su propia biografía sonora. The Great Big Liar o No World Without Love confirman esa tensión entre sarcasmo y ternura que convierte su pop en algo esencialmente humano, incluso cuando parece escrito por un androide melancólico.
10. Le Volume Courbe / Planet Ping Pong (Duophonic Super 45s, 2025)



Pese a la aparente dispersión estilística, hay un hilo invisible que lo cose todo: la voz frágil pero decidida de Charlotte, su oído para el accidente feliz y ese sentido del humor de quien prefiere el caos encantador a la producción milimétrica. Como ocurre en las mejores partidas de ping-pong, aquí lo importante no es tanto el punto como el ritmo del juego. Planet Ping Pong no es un disco fácil, ni lo pretende. Es un artefacto extraño, un cuaderno de apuntes hecho con recortes, grabaciones caseras y visitas al otro lado del espejo. Pero también es, sin duda, su obra más abierta, luminosa y generosa. Un testimonio sonoro de que incluso en los momentos más difíciles, se puede seguir jugando.
9. Sven Wunder / Daybreak (Piano Piano Records, 2025)



Lejos de los guiños anatolios de Eastern Flowers o del minimalismo japonizante de Wabi Sabi, Daybreak subraya la faceta más sinfónica y panorámica de Wunder. Un disco que parece escrito para que el oyente camine entre las dunas de un Mediterráneo inventado con la misma soltura con la que hojea una reedición de Piero Umiliani. Y que confirma, con cada acorde y cada textura, que la abstracción no es huida, sino otra forma de narrar.
8. Biche / B.I.C.H.E. (Ça Va Sound, 2025)



Es un segundo álbum que se ha demorado en llegar pero que reluce gracias a canciones envueltas en capas de pop experimental que nunca pierden el norte melódico. Es exigente sin ser pretencioso, accesible sin ser complaciente. Uno de esos discos que te hacen recordar que el pop, cuando se hace bien, puede ser tanto un acto de rebeldía como un juego de niños. Y Biche, en este nuevo asalto, demuestran que saben jugar como pocos.
7. Rachid B / Al Ghorba



En un panorama saturado de copias y reformulaciones, el debut de Rachid B destaca por su carácter irreducible. No busca innovar: busca decir la verdad desde un lugar que no suele tener micrófonos delante. Quizá por eso Al Ghorba es, como escribió alguien, “una de las sorpresas de 2025”. Quizá porque su fuerza está en no reclamarla. Lo que sí queda claro, al terminar el disco, es que la patria del emigrante no está en un punto del mapa, sino en la manera en que aprende a sostener lo que ama sin tenerlo cerca. Al Ghorba es la banda sonora de esa geografía invisible. Y escucharla es acompañar a Rachid B en un viaje que no señala puerto ni destino: sólo una dirección posible, la del corazón dividido que sigue avanzando.
6. Benjamin Biolay / Le Disque Bleu (Virgin Records, 2025)



Es improbable que un disco doble en 2025 amplíe radicalmente la base de oyentes de Biolay. Su apuesta —física, conceptual, narrativa— no busca la inmediatez; pide un tipo de atención que hoy se confunde con arqueología. Pero quienes ya lo acompañan desde hace años reconocerán aquí un proyecto honesto, expansivo, escrito desde un lugar que sólo se alcanza cuando uno deja de correr. Le Disque Bleu exige, pero acaba dando más de lo que promete. Al final, es uno de esos trabajos que no pretende convertir a nadie, pero que confirma a sus fieles que siguieron el camino correcto. Y esos, créeme, saldrán de este azul con una media sonrisa de satisfacción.
5. SOYUZ / KROK (Mr Bongo, 2025)



Entre Varsovia, São Paulo y Estocolmo, la banda construye un disco que evita el exotismo de postal y la fusión facilona. En su lugar, propone un viaje imaginario —el puente imposible entre Tariverdiev y la Tropicalia— donde la melancolía de Europa del Este y la luz brasileña se rozan sin convertirse en decoración mutua. KROK es un álbum que habla desde ese cruce, desde ese paso, y que convierte el exilio en un terreno fértil, aunque sea a la fuerza.
4. Lumiero / Il Primo Grande Disco Di Lumiero(Marengo / Four Flies / Believe, 2025)



Confirma que Lumiero posee una forma de mirar la canción italiana que evita grandilocuencias y tampoco recurre a la asepsia moderna. Su territorio es ese punto intermedio donde las historias se cuentan con precisión, los sentimientos se sostienen sin aspavientos y la música encuentra una respiración propia. En un contexto donde incluso los nombres de los sellos parecen escritos para recordar viejos despropósitos, este debut aporta una rareza valiosa: la sensación de que el mundo, por un momento, está afinado.
3. Forever Pavot / Melchior Vol. 1 (Born Bad Records, 2025)



Puede que Melchior Vol. 1 no responda a ninguna pregunta urgente de la actualidad, pero sí abre un territorio inesperado: el de un artista que toma géneros arrinconados —la library music, el prog francés, el jazz-rock de archivo, el pop barroco, la psicodelia turca— y los exprime hasta que vuelven a respirar. No hay arqueología aquí, sino imaginación aplicada: la capacidad de ensamblar piezas antiguas hasta construir un artefacto nuevo, reconocible en su linaje pero libre en su carácter. Algo así como si un robot y un artesano hubieran llegado al acuerdo de repartirse el tiempo, las decisiones y las rarezas. Un disco extraño, dúctil, juguetón —en el mejor sentido— y con ese punto de humor involuntario que acompaña siempre a las máquinas que intentan parecer humanas. Quizá por eso funciona tan bien: porque Émile Sornin nunca ha pretendido parecer infalible. Prefiere inventar mundos que duren lo que dura una broma bien contada. Y en ese arte, Melchior Vol. 1 es, sencillamente, un hallazgo.
2. Andrea Laszlo De Simone / Una lunghissima ombra (Universal Music, 2025)



Alguien escribió en Twitter (o llámalo X), al escuchar este disco: “Ascoltando il nuovo album di Andrea Laszlo De Simone mi sento un po’ vivere, un po’ morire, un po’ galleggiare nell’universo, un po’ nel mezzo di una crisi esistenziale.” Difícil resumirlo mejor. Este disco produce exactamente eso: la sensación de estar vivo, de morir un poco y de flotar en algún punto intermedio donde lo espiritual y lo cotidiano se rozan. Una lunghissima ombra no solo confirma a Andrea Laszlo De Simone como uno de los compositores más singulares del pop europeo contemporáneo; lo eleva a la categoría de autor total, capaz de convertir la introspección en un espectáculo cósmico. Un disco inmenso, en voz baja, que proyecta una sombra larguísima sobre todo lo publicado este año.
1. Yzoula & Louis Fontaine / Des Animaux Pires Que Moi (Broc Recordz, 2025)



Las referencias son claras –Gainsbourg, Morricone, De Roubaix, incluso un poco de Jean-Claude Vannier– pero no se citan para decorar. Están ahí porque deben estar, como ingredientes en una receta alquímica. Y como toda buena pócima, su eficacia depende del equilibrio. En eso, Fontaine es maestro: ni una nota más, ni un loop menos. Todo está al dente. Des Animaux Pires Que Moi no es un pastiche ni un homenaje. Es un álbum que reconoce sus fuentes pero no se detiene en el guiño. Las trasciende. Por eso no parece una copia en sepia sino un objeto real, publicado en 2025 pero con el aura de haber sobrevivido a varias vidas anteriores. Quienes gusten del cine rodado en 16 mm, de los sintetizadores con polvo y de las voces que rondan lo esotérico se lo pondrán en bucle. Y con razón.


