Lola Puñales: Al filo de la Leyenda Subterránea

En la periferia de la memoria musical, en un espacio donde las leyendas locales se mezclan con el polvo de las cintas perdidas, encontramos a Lola Puñales, una banda que, como su nombre sugiere, supo encarnar el filo y la herida. Surgida en la Valencia de mediados de los 90, su música fue un refugio para los que buscaban algo más oscuro, más incómodo y profundamente visceral. No fue un grupo de estadios ni de grandes contratos, pero dejó una cicatriz duradera en la escena underground valenciana, un legado que, como los mejores secretos, ha sobrevivido a fuerza de bocaorejas y recuerdos dispersos. Hoy, 30 años después de su formación, sus grabaciones están finalmente al alcance de cualquier oído curioso gracias a las plataformas de streaming. Y es precisamente en este salto inesperado al mundo digital donde encontramos el eco de su auténtica trascendencia.

De los casi diez años de actividad de Lola Puñales, quedaron registros sonoros que documentan tres etapas distintas de su trayectoria. La primera corresponde a su fase inicial como banda instrumental (1995-1996), caracterizada por un enfoque experimental y orgánico que sentó las bases de su identidad. A esta le siguió una segunda etapa, marcada por la colaboración con el vocalista Luis Veiga-Pinto (1997-1999), en la que su sonido adquirió un cariz más estructurado pero igual de inquietante. Finalmente, entre 2000 y 2003, la incorporación de Carolina Otero como vocalista añadió nuevas dimensiones melódicas a su propuesta, mientras exploraban territorios más introspectivos y complejos. Este recorrido quedó plasmado en cinco maquetas y un LP inédito, que por primera vez se encuentran disponibles en Bandcamp, invitando a los amantes de la arqueología musical a descubrir o recuperar un repertorio lleno de aristas y matices. Complementando esta publicación, tres videoclips rescatados en YouTube ofrecen un valioso archivo visual con críticas de la época, carteles, fotografías y las icónicas portadas de sus grabaciones.

Esta publicación coincide con la inauguración de Desmemòria Subterrània. Art, música i descaro en la València de los 90, una exposición que abrirá sus puertas en el Colegio Mayor Rector Peset a partir de febrero de 2025. La muestra, dedicada a la vibrante escena underground valenciana, reúne materiales de bandas y artistas que marcaron aquella década, como Los Mocetones, Fritzcarraldo, Las Máquinas o Felpudo Tos, entre otros. En este contexto, Lola Puñales se erige como un ejemplo singular, una banda que, alejada de los estándares comerciales, encontró en la escena independiente un ecosistema fértil donde desarrollar su sonido inconfundible. Para el público contemporáneo, esta exposición y la reciente disponibilidad de sus grabaciones representan una oportunidad única para sumergirse en un periodo en el que la creatividad desbordaba los límites establecidos y encontraba su hogar en locales, radios y fanzines que hoy son historia viva.

La discografía de Lola Puñales no es extensa, pero está cargada de intensidad y experimentación. Su primera maqueta, grabada en 1996, capturaba el espíritu de improvisación que definía a la banda: bajos contundentes, guitarras angulosas y una batería que parecía a punto de desmoronarse en cualquier momento, pero nunca lo hacía. Le siguieron varias grabaciones autoeditadas, distribuidas en cintas que circulaban como pequeños tesoros entre los fieles de la escena local. Estas grabaciones, aunque técnicamente rudimentarias, reflejaban un enfoque casi artesanal: cada tema era un collage de ideas, ensamblado con precisión quirúrgica pero con el corazón en la mano.

En 2003, después de años de evolución y cambios en la alineación, Lola Puñales grabó su obra más ambiciosa, Amor en crudo, un álbum producido por el reconocido técnico de sonido Alfonso G. Rodenas. El disco, que nunca llegó a editarse tras la disolución de la banda, adquirió un estatus mítico entre los pocos que pudieron escucharlo. Las grabaciones que sobrevivieron revelan un trabajo más refinado, sin perder la energía visceral y la complejidad que definían su estilo. Su reciente llegada a plataformas de streaming supone una revelación para quienes solo conocían su leyenda y una invitación para nuevas audiencias a sumergirse en un sonido tan fascinante como inclasificable.

Lola Puñales no era una banda fácil de encasillar, y probablemente lo preferían así. Con un sonido que oscilaba entre el math rock, el post-hardcore y el avant-garde metal, su música era una compleja mezcla de influencias. Por un lado, se nutrían de la agresividad inquietante de Birthday Party, la melancolía atmosférica de The Cure y el ritmo infeccioso del funk metal de Primus o Red Hot Chili Peppers. Por otro, reivindicaban su herencia local con ecos del rock andaluz de Medina Azahara y Triana. Sin embargo, su eclecticismo no terminaba ahí: entre los acordes disonantes y los ritmos polirrítmicos se percibía también la influencia de la copla. Sí, la copla. Concha Piquer, Quintero, León y Quiroga eran parte del panteón sonoro de la banda, un guiño irónico pero genuino a la tradición española.

En el corazón de Lola Puñales estaban Vicente Perelló (batería), Rafa Noguera (guitarra) y Javier Lacasta (bajo), tres músicos cuya química nacía del caos organizado. Su método compositivo se basaba en largas sesiones de improvisación en el local de ensayo, donde separaban el grano de la paja musical para dar forma a un repertorio que luego pulían en el estudio.

El resultado era un sonido crudo pero sofisticado, lleno de esquinas filosas y curvas inesperadas. Aunque los críticos les colocaban junto a bandas como Helmet, Fugazi o Prong, ellos mismos admitían no haber escuchado a muchos de sus supuestos compañeros de escena. Su sonido era menos un producto de la comparación que una respuesta visceral a su entorno: la Valencia de los 90, con su mezcla de tradición, modernidad y decadencia.

Los escenarios eran su hábitat natural, y cualquiera que haya asistido a uno de sus conciertos en míticos locales valencianos como Woodstock o Wah-Wah puede dar fe de ello. Sin embargo, el destino no fue generoso con Lola Puñales: la falta de apoyo de un sello discográfico y la ausencia de redes sociales en su época contribuyeron a su desaparición casi sin dejar rastro. Aun así, en los pocos artículos y reseñas que sobreviven, se percibe el respeto con el que la crítica los recibió, reconociendo su capacidad para sintetizar influencias dispares en un sonido propio y profundamente auténtico.

Tras su disolución, sus integrantes tomaron rumbos diversos pero no menos interesantes. Vicente Perelló continuó explorando territorios rítmicos en proyectos experimentales, mientras que Rafa Noguera se sumergió en la composición instrumental. Javier Lacasta, por su parte, abrazó el papel de ilustrador de libros, trabajando para editoriales como Anaya o Edelvives. Aunque el paso del tiempo inevitablemente desdibuja las líneas de su historia, la música de Lola Puñales sigue resonando como una crónica íntima de una escena y un momento en los que el arte no era un producto, sino una necesidad.

Hoy, en un giro inesperado, las maquetas de Lola Puñales y algunos de sus conciertos han sido rescatados y subidos a plataformas de streaming. Para los aficionados al vinilo y las cintas de cassette, esto puede parecer un sacrilegio, pero para el resto de nosotros, es una oportunidad invaluable para explorar su legado. La música de Lola Puñales es un testimonio de la riqueza de la escena underground valenciana y un recordatorio de que las mejores historias a menudo se encuentran entre las grietas.

Y ahora, con su obra resucitada en el terreno virtual, no cabe duda de que aquellos acordes disonantes, esos ritmos imposibles y esa melancolía casi tangible encontrarán nuevos oyentes a los que marcar. Porque, al final, como en la copla que les dio nombre, hay historias que simplemente no se pueden olvidar.