Little Simz / Lotus (Forever Living Originals, 2025)

Según los antiguos egipcios, la flor de loto estaba asociada al renacimiento. Se cierra por la noche, se oculta bajo el agua, y al amanecer emerge intacta, brillante, como si nada hubiese pasado. En el budismo representa la pureza del cuerpo y del alma. Pero en el caso de Little Simz, Lotus no es un símbolo decorativo, sino una tesis autobiográfica: una reconstrucción desde el barro, un acto de voluntad más que de fe.

El disco nace tras un periodo de crisis personal y profesional: la ruptura con Inflo, su productor habitual y amigo de infancia, terminó en los tribunales con una demanda por impago de casi dos millones de libras. La ironía es sangrante: una disputa de dinero en el seno del colectivo Sault, supuestamente basado en valores anticapitalistas. De esa herida sin cerrar nace Lotus, un álbum que en sus mejores momentos funciona como exorcismo y en los más devastadores como confesión descarnada.

Lejos de las producciones maximalistas de Grey Area o Sometimes I Might Be Introvert, esta vez la producción corre a cargo de Miles Clinton James (asociado a Kokoroko), quien opta por una sonoridad más cruda, menos pulida, con texturas teatrales y una puesta en escena casi documental.

El disco abre con “Thief”, una declaración de guerra sin ambages. La letra lanza dardos sin metáforas ni eufemismos: “Making me feel like a guest, but I paid for the jet”. Es la Little Simz más afilada que se recuerda, directa como un parte de lesiones. La crítica británica habla de “furia sin modulación” y no exagera. El tono emocional se mantiene en cortes como “Hollow” —donde asoman la envidia y los celos de quien se dice aliado— o “Lonely”, el epicentro emocional del álbum, que retrata el bloqueo creativo con una lucidez poco habitual en el género.

No obstante, Lotus no es una pura bajada a los infiernos. En medio del caos, hay lugar para la reafirmación y el orgullo. “Lion” y “Enough” introducen un groove afro-funk contagioso que recuerda a una Lauryn Hill primeriza. “I’m a Black electric girl”, proclama en un estribillo que debería ser coreado en estadios. La pieza central, “Lotus”, reúne a Michael Kiwanuka y Yussef Dayes en una especie de misa soul de medianoche, entre esperanza y trance.

El resto del disco sigue explorando registros emocionales con tacto y apertura: “Only” vira hacia un jazz lujoso, “Peace” ofrece refugio interior, y “Blue” (con Sampha) es puro despojo: piano, guitarra y piel de gallina. El único desliz, si lo hay, es “Blood”, colaboración con Wretch 32 y Cashh, que parece provenir de otro disco. Pero el conjunto es sólido, valiente, áspero en el mejor sentido.

Este trabajo marca un punto de inflexión en la trayectoria de Simbiatu Ajikawo. Desde sus inicios con Blank Canvas y Stillness in Wonderland, pasando por la cima crítica de Introvert, su carrera ha oscilado entre lo introspectivo y lo reivindicativo, pero Lotus abre otra puerta: la de la vulnerabilidad sin artificio. 

A diferencia de anteriores entregas, aquí no hay narradoras interpuestas ni metáforas literarias: hay carne, voz y sudor. En palabras de la propia artista, “Este álbum es mi vida. Quiero que la gente escuche y diga: ella ha pasado por algo, pero está sanando, está aprendiendo, sigue aquí”. Y eso —más allá de cualquier beat, verso o estructura— es lo que hace de Lotus un disco imprescindible: su capacidad para transmitir verdad, aunque duela.

Como decía Larry David, “el problema no es que las cosas vayan mal, sino que pueden ir mal en cualquier momento, incluso cuando parecen ir de maravilla”. La historia de Lotus confirma la sospecha, pero también ofrece una salida: no hay caos que no pueda convertirse en belleza. Basta con tener el valor de mirarlo de frente… y hacer un disco tan demoledor como este.