O cómo sobrevivir a políticos corruptos, guerras absurdas y un verano que llega con mala leche.
Mientras los políticos se enzarzan —como siempre— en batallas intestinas con aroma a whisky rancio, mientras las guerras siguen alimentando titulares que parecen escritos por un guionista sin imaginación, y mientras los termómetros se disparan en este fin de primavera más propio del desierto que del calendario (negacionistas climáticos, ahí os lo dejo), los ciudadanos de a pie hacemos lo que mejor sabemos: sobrevivir. Algunos lo hacen con sarcasmo, otros con helados, y algunos más —los más sensatos— con música. Aquí va, por tanto, nuestra pequeña contribución al arte de sobrellevar lo insoportable: Las canciones del momento: junio 2025. Veinticinco pistas que, sin prometer salvación, al menos ofrecen compañía.
Abre la función El Michels Affair junto a Clairo con Anticipate, un ejercicio de soul orquestal que parece sacado de un club neoyorquino de los años 70, pero con la producción quirúrgica del siglo XXI. Trompetas, cuerdas, groove contenido y esa voz suave que convierte cualquier desamor en terciopelo emocional. Un tema que sirve tanto para brindar como para brindar por lo que ya no fue.
Zé Ibarra entrega Transe, un himno brasileño de pop mestizo, donde la modernidad y la herencia se abrazan sin complejos. Guitarras juguetonas, percusiones que invitan a la ingravidez y un estribillo que se pega más que el sudor en la nuca. El paulista sigue demostrando que Brasil tiene cantera inagotable, incluso cuando el país atraviesa sus propios laberintos políticos.
Desde Escocia, James Yorkston, siempre elegante en su melancolía, publica A Moment Longer, una delicada conversación a dos voces junto a Nina Persson. Aquí el folk no es refugio bucólico, sino un espacio íntimo donde las palabras flotan con la parsimonia de un atardecer largo y las cuerdas acarician sin estridencias.
En el sur global, Jadsa firma Sol na pele, uno de esos temas que sólo se explican bien si uno ha paseado por la calidez de Salvador de Bahía. Samba psicodélica con brillos de soul, teclados que reptan y una producción exuberante. No hay minimalismo aquí: hay exceso con criterio, que es mucho mejor.
Foxwarren reaparecen con Dance, una especie de cruce improbable entre un Aaron Dessner optimista y un club de campo canadiense a media tarde. Hay guitarras soleadas, un estribillo juguetón y ese pulso contenido que sugiere que la banda ha decidido permitirse sonreír esta vez.
yeule aporta su ración de distopía emocional en Tequila Coma, un tema donde el trip-hop se recubre de neblina digital, con producción quirúrgica de A.G. Cook. Hay momentos donde parece que FKA twigs estuviera cantando dentro de una máquina recreativa rota.
En el territorio norteamericano clásico, Grace Potter rescata Before The Sky Falls, grabación perdida con T-Bone Burnett que combina blues contenido y americana de altos vuelos. La voz se desliza sobre bajos de contrabajo y percusión de madera, como si todo ocurriera dentro de un granero con la acústica perfecta.
Tchotchke firman Did You Hear?, garage pop vitaminado que podría haber sonado en un jukebox de Ronettes modernas producidas por The Lemon Twigs. El tipo de canción que pide peinados altos, coros redondos y algo de confusión amorosa en la letra.
Emma Swift aporta No Happy Endings, balada de digestión lenta con sabor a Nashville dolido. Ella lo cuenta desde su experiencia personal, pero cualquiera que haya tenido el corazón arrugado sabrá pasear por su melodía.
Amanda Whiting entrega It Could Be, donde el arpa toma el protagonismo en un groove lánguido y narcótico, acompañado de soul cálido y jazz filtrado por la niebla de Cardiff. Hipnótico sin necesidad de alardes.
Chloe Foy se interna en la introspección con Your Beauty Is Your Silence, donde su voz camina con la prudencia de quien pisa cristales rotos. Folk minimalista con dosis de catarsis tranquila.
En el flanco más urbano, dreamcastmoe se cuela con expectations, un tema de R&B mutante que va deslizándose entre beats y falsetes como si el futuro estuviera compuesto de glitch y caricias digitales.
McKinley Dixon arma Crooked Stick, en colaboración con Ghais Guevara, para darle al hip-hop un giro literario y emocional, con arreglos de jazz cálido que hacen pensar en una biblioteca en pleno Bronx.
En París, Liv Del Estal canta À travers les buildings, donde el pop francés se reviste de vaporwave elegante mientras la Torre Eiffel se refleja en un cristal de oficina a las 20h.
Loyle Carner reaparece con Feel At Home, hip-hop de cercanías que funciona como diario emocional: confesiones a pecho abierto, bases contenidas, versos que fluyen como conversación con uno mismo.
Miso Extra regala Good Kisses, pop experimental con ritmos rotos, samples juguetones y una ligereza que es puro caramelo radiofónico para oídos atentos.
Linda Mirada retoma Obstáculo, brillante pop ibérico de sintetizadores amables y melodías circulares. Como si Ana Curra hubiera compartido vermut con Giorgio Moroder en un chiringuito.
Léonie Pernet presenta Réparer le monde, electrónica elegante de resonancia política, donde las programaciones minimalistas arropan una voz que propone arreglar el mundo desde lo íntimo.
J’aime propone Amplified Heart, reverbcore crujiente, guitarras desabridas y atmósfera nocturna. Como si Charlie Megira y Poison Ivy se pusieran a tocar en plena Plaza del Castillo bajo la atenta mirada de Alan Vega. Canción para los que buscan belleza en los rincones menos iluminados.
Ron Sexsmith, clásico contemporáneo del pop canadiense, entrega Don’t Lose Sight, con esa mezcla de ternura melódica y estribillos redondos que tanto le caracteriza. Un optimista que ha leído demasiada prensa.
Herman Düne publica Odysseús, donde su folk trotón y sus letras semirrealistas funcionan como siempre: canciones que avanzan como quien cuenta historias en el asiento trasero de una furgoneta.
Perio vuelve con Graffiti Palace, algo así como un himno indie francés para bailar sin despeinarse mientras los bancos centrales se derrumban.
Laure Briard canta Naufrage en hiver, chanson psicodélica para pasear por Marsella en diciembre con gabardina y gafas oscuras.
Y como epílogo, el siempre marciano Gruff Rhys lanza Chwyn Chwyldroadol! (título galés, por si hay duda). Psicodelia pastoral, pop excéntrico y humor contenido en otro capítulo más de su personalísima filmografía sonora.
Cierra la selección Rémi Klein con End Credits, pieza instrumental donde los sintetizadores bailan en cámara lenta como si este fuera el final provisional de un ciclo.
No está mal para un mes de junio con políticos atrincherados, guerras de opereta y olas de calor africano en pleno Levante. Frente a eso, canciones. Siempre canciones


