Las canciones del momento: Julio - Agosto 2025

Mientras algunos festivales anuncian su cartel con fanfarria y confeti, lo que suena de fondo no son guitarras ni bombos, sino el tintineo de las transferencias de KKR, el todopoderoso fondo buitre que ahora también programa conciertos. Qué bonito eso de cantar sobre la paz mientras te financia un conglomerado con vínculos proisraelíes en plena ofensiva armada. El FIB, por ejemplo, ha acabado sonando más a fondo de inversión que a fondo de escenario, y eso que aún no le han puesto precio al confeti.

Por otro lado, los políticos de siempre —con su capacidad infinita para la mediocridad— siguen prometiendo soluciones que no resisten ni el calor de las aceras. Peter Lim, fiel a su papel de antagonista silencioso, continúa sin irse del Valencia C.F., cual villano de serie que se repite cada verano con nuevas formas de no gestionar. En resumen: un país donde sobran discursos y faltan ventiladores.

Y frente a todo eso, canciones. Esta vez son 18, las justas para no derretirse, ni perder el sentido del ritmo ni el poco juicio que nos queda. Una playlist como sistema de defensa emocional, para recordar que aún hay belleza, matices, emoción… y gente que hace música sin necesidad de comprarse un palco en Abu Dabi.

Yaya Bey abre la carta con end of the world, primera muestra de do it afraid, un álbum que mezcla neo‑soul, hip‑house, rap y soca con la naturalidad de quien escribe su experiencia vital sin censura. Un arranque suave, sincero y feminista por sorpresa.

B.C. Camplight ofrece The Tent, pieza de chamber‑pop negro, sobria y sin overbooking emocional, pero con un humor británico que se desliza por debajo del cronómetro.

Jeanines, con You’ll Figure It Out, confirman que el indie femenino sabe brillar con melodías minimalistas que se instalan en el subconsciente y se niegan a marcharse.

Adrian Quesada, maestro del bolero moderno, firma Ojos Secos en Boleros Psicodélicos II, lujo hip‑hoperil, rebosante de nostalgia latinoamericana y arreglos vintage bajo una producción actual.

Hollie Cook, con Shy Girl, apuesta por reggae de estuche elegante y voz en cristal, una brisa caribeña que suena tan fácil como difícil.

Emma Pollock, en Prize Hunter, regresa al pop guitarrero con clase escocesa, riffs secos y ese deambular melódico de exploradora emocional.

Barry Can’t Swim, con About To Begin, nos regala synth‑pop con textura análoga y retranca británica: emotivo sin empalarse.

The Sorcerers encabezan Ancestral Machines, un groove instrumental vintage con sabor a biblioteca sci‑fi de pulpa.

Drugdealer explora junto a su (nuestra) musa Weyes Blood en Real Thing ese soft‑rock romántico que huele a dusk‑driving y alcohol en minúscula.

Dom Salvador, sigue reinventándose en jazz‑soul brasileño con Não Poderemos O Amor Parar, resonancias de resistencia con alma de club nocturno.

Joey Waronker & King King, con Greener Grass, derriban fronteras entre folk y pop existencial; poesía sónica que cuestiona sin dramatismos.

Hermanos Gutiérrez, junto a León Bridges en Elegantly Wasted, exiliados de oro sureño: country‑beat refinado con sabor a tequila.

Durand Jones & The Indications, en Flowers, sorprenden al mezclar soul jazz‑funk con letras aparentemente simples teñidas de elegancia profunda.

Billie Marten, aporta Feeling, confesional brit‑folk que se adentra en la psique con delicadeza clínica.

Zoh Amba, con Ma, imprime R&B contemporáneo con arreglos detallistas, como si susurrara en una conversación lluviosa.

Matthew Herbert & Momoko Gill, en Calm Water, fusionan electrónica y jazz con técnicas de muestreo doméstico, creando atmósferas de soledad reconfortante.

Natalie Bergman, con Lonely Road, hunde el pie en el country íntimo, ideal para carreteras secundarias y reflexiones tardías.

Y cierra Domenique Dumont, con La vie va, chanson instrumental etérea, perfecta para imaginar un cine mudo bajo la lluvia.