Descubrí a Lamont Landers casi por accidente, haciendo scroll infinito en Instagram hasta toparme con un post de Questlove. Lo primero que pensé fue que aquello olía a hype digital: otro blanquito aplicado con querencia a los clásicos del soul, viralizado en concursos televisivos y con más brillo epidérmico que hondura real. Mis prejuicios se vinieron abajo cuando escuché Introducing… Lamont Landers (Lucille Records, 2025). No estamos ante un estilista literario al modo de Nick Waterhouse, pero sí frente a un músico con gusto y actitud, capaz de equilibrar emoción y elegancia sin excesos manieristas.
Criado en Decatur, Alabama, Landers absorbió desde niño una dieta mixta de Allman Brothers Band, Stevie Ray Vaughan y los discos de soul que sonaban en casa: Al Green, Ray Charles, Marvin Gaye. Se hizo guitarrista en la adolescencia, cantante por accidente —cuando el vocalista de su grupo universitario renunció— y personaje viral gracias a un vídeo casero de Hit the Road Jack. Después llegaron los focos: Showtime at the Apollo, America’s Got Talent, millones de visualizaciones en TikTok y, lo más decisivo, aquel post de Questlove con Rubber Band Man que llamó la atención del productor Dave Cobb.
Cobb lo fichó para Lucille Records, lo metió en el estudio de Savannah con músicos curtidos y le ayudó a moldear este debut en forma de EP. Introducing… Lamont Landers son siete cortes que alternan la crudeza del lamento (America, con órgano de iglesia y palmas encolerizadas contra el gobierno que vende humo) y la ligereza juguetona (Oh Shit! (I’m In Love), coescrita con Aaron Raitiere, puro groove trompetero de enamoramiento imprevisto). Hay espacio para el soul sureño melódico en Golden Skies, para el swagger motownesco en Lotta Love (con letra de Madeline Edwards, hallada en Instagram como quien pesca oro en un río) y para el poso espiritual de Devil Is Alive And Well, firmada junto a Lori McKenna.
La producción de Cobb evita la pátina retro prefabricada y apuesta por la inmediatez: guitarras sin barniz, baterías sudorosas, un bajo que sostiene la armazón y teclados que recuerdan a los de los clubs de Alabama, más que a un laboratorio sónico de Nashville. Landers no se limita a interpretar; escribe con la urgencia de quien aún está encontrando su voz, y eso dota al disco de una honestidad que engancha.
Con este EP, Landers despeja dudas: no es un truco viral ni un producto de concurso, sino un intérprete con una voz cálida y flexible, un guitarrista solvente y un compositor en proceso de maduración. Lo suficiente para apostar por él como una de las revelaciones del año.


