Lael Neale / Altogether Stranger (Sub Pop, 2025)

El rock narcótico escuela The Velvet Underground —ese que camina despacio pero nunca a ciegas, que tiene la melancolía de los neones fundidos y el ruido de fondo de una ciudad que bosteza con eco— tiene un nuevo satélite en órbita: Altogether Stranger, el flamante álbum de Lael Neale. Grabado a medio camino entre los crujidos sordos del campo y el zumbido incesante de Los Ángeles, este cuarto trabajo abandona cualquier pretensión de atemporalidad para hundirse con elegancia en el ahora: una distopía funcional, un mundo desdibujado en el que sentirse un extraño no es desventaja sino punto de partida.

Lael Neale, asociada desde hace años al catálogo de Sub Pop, firma aquí su obra más libre y a la vez más contenida. Ayudada nuevamente por Guy Blakeslee, quien opta por una producción analógica de andar por casa —cassette, cintas, errores bienvenidos—, las canciones aparecen sin maquillaje ni efectos especiales, como si uno las encontrara grabadas en el contestador automático de una civilización extinta.

Altogether Stranger tiene apenas nueve piezas y dura lo que un trayecto en coche por la costa sin necesidad de repostar, pero le basta para cartografiar un espacio en el que el motorik convive con baladas eléctricas, el lo-fi se enrosca en drones brillantes y la contemplación espiritual se disfraza de pop de dormitorio. Es un disco que huele a electricidad y yerba mojada, a cinta magnética y soledad buscada. Y con el espíritu artístico de Reed y Cale bailoteando entre los surcos.

La primera pista, Wild Waters, abre con aplausos que suenan más a relámpago rítmico que a ovación. La guitarra se desliza con ansiedad contenida y la voz de Neale, nítida como un cántico en una iglesia vacía, lanza imágenes con filo: “Save me a place at the table / Say grace / I’m eating my words / But still wasting away”. En sus versos late la sospecha de que todo —incluso el agua— se ha vuelto mercancía, y que la única escapatoria viable es una vuelta (espiritual) al campo.

En All Good Things Will Come to Pass, Neale bordea la sátira con una fábula de ambición desbocada y paisajes suburbanos arrasados. La pandereta, que entra como un invitado ebrio pero bienvenido, aporta el punto festivo a esta crónica del declive, en la que “the ocean is a trash can” funciona tanto como constatación como advertencia.

La carretera aparece en Down On The Freeway, tema de huida por definición, con ritmos que recuerdan a Kraftwerk en modo contemplativo y líneas como “Get me out of the lines / Out of the city”, lanzadas no tanto como grito de socorro sino como mantra resignado. Aquí la ciudad no abruma: hipnotiza con su rutina.

Tell Me How To Be Here es el centro emocional del álbum, un intento (fallido) de adaptación al mundo exterior que comienza creando atmósfera y se disuelve en ruido blanco. Lael canta “Can you help me be here right?” con un temblor que no es duda sino diagnóstico. El Mellotron, oxidado y espectral, acompaña con dignidad de médium.

En el extremo más luminoso se sitúa Come On, estallido de energía que dura lo que un estornudo, pero deja el mismo poso de alerta. Es casi una canción protesta, pero dirigida a uno mismo: si quieres pertenecer (a algo, a algún lugar), dice Neale, tendrás que hacerlo sin perder el aliento.

New Ages y All Is Never Lost funcionan como un díptico: la primera pisa fuerte, como si Grace Slick hubiera grabado un demo en una granja digital; la segunda, en cambio, se eleva lentamente hasta un lugar donde la espiritualidad no es dogma sino consuelo: “There’s still a light inside of us” no suena a consigna sino a revelación privada.

El disco se cierra con There From Here, meditación sobre el movimiento (físico, emocional, planetario). “I’m sad as the last unsold souvenir”, canta Neale desde un piano mínimo y un aeropuerto existencial. No hay redención ni moraleja, solo un asiento en clase turista y la esperanza de no quedarse dormida antes del despegue.

Altogether Stranger no se alinea con ninguna moda concreta, pero dialoga a su manera con el art pop de tonos fantasmas, con la psicodelia doméstica y con los diarios personales disfrazados de álbum. Hay en estas canciones una mirada alienígena, sí, pero también una ternura casi maternal por el caos de los humanos. Neale no viene a juzgar ni a iluminar: su rareza es su forma de pertenecer.

Y es que, en tiempos donde hasta el folk ha sido recubierto de filtros y barnices artificiales, el gesto de Lael Neale —colocar un Omnichord sobre la mesa y decir “esto es lo que tengo”— se convierte en acto político. O al menos, en un bello malentendido.¿Es Altogether Stranger el principio de una nueva era? Quizás no. Pero si el fin del mundo va a venir, apagones mediante, en formato cassette y walkman a pilas, al menos que suene así.