La Sustancia: Moore, Gore e Hyperpop

Si Matmos quisieran hacer un álbum inspirado en La Sustancia, no necesitarían más que la pista de audio de la película: un collage de regurgitaciones, huesos quebrándose, incisiones quirúrgicas, chasquidos de carne y explosiones de sangre que harían palidecer a cualquier beat experimental. En su regreso al cine después de Revenge (2017), Coralie Fargeat se sumerge de lleno en el body horror con una precisión quirúrgica, una sátira feroz del culto a la juventud y un diseño sonoro que, en lugar de esconder el dolor, lo amplifica hasta lo grotesco. Y en medio de todo, Pump It Up de Endor retumba como un himno distorsionado del sacrificio contemporáneo por la eterna juventud.

Desde los primeros minutos, La Sustancia deja claro que no va a escatimar en detalles sonoros. Cada transformación del cuerpo de Elisabeth Sparkle (Demi Moore) y su versión rejuvenecida, Sue (Margaret Qualley), se percibe en el oído como un golpe directo al estómago. La textura auditiva de la película es tan esencial como su paleta visual: si el cuerpo sufre, el sonido lo grita.

El gore en el cine suele tener un papel decorativo o exagerado, pero aquí es un manifiesto. Con cada rejuvenecimiento, con cada uso de la misteriosa sustancia, el sonido juega un papel clave para reforzar la sensación de pérdida y deterioro. La carne se dobla, se infla, se rasga. Y mientras tanto, la banda sonora de Raffertie mezcla sintetizadores envolventes con silencios tensos y explosiones de ruido puro.

Pero nada, absolutamente nada, se clava en la mente del espectador como la insistente y sarcástica presencia de Pump It Up. Si hay una elección musical que atesora el espíritu de la película, es este tema de Endor. Un pepino house hiperacelerado, vitaminado hasta la exageración, de esos que suenan en gimnasios y videos de influencers que prometen “cuerpos perfectos en 30 días”. Y ahí está la ironía: la letra, repetitiva hasta lo hipnótico, es un eco del ciclo de obsesión y autoaniquilación en el que Elisabeth y Sue quedan atrapadas.

Cuando la canción entra en escena, no lo hace como un simple acompañamiento. Es un martilleo mental, un recordatorio de que la cultura del fitness y la juventud eterna tienen un soundtrack tan pegajoso como ineludible. Mientras el cuerpo de Elisabeth se destruye, Pump It Up sigue insistiendo, sin piedad, como un mantra de autoexigencia insaciable. En una película que dialoga con el cine de David Cronenberg y el body horror contemporáneo de Julia Ducournau (Titane), este tipo de elección musical es brillante en su contradicción: una canción que incita al movimiento, pero dentro de un contexto donde el movimiento solo acelera la caída.

En su último episodio, Marea Nocturna señaló con acierto la influencia de David Lynch en La Sustancia, particularmente en la forma en que Coralie Fargeat captura Los Ángeles como un espacio de descomposición y simulacro, una ciudad que, como la protagonista, se derrite bajo su propio mito. Al igual que Inland Empire, la película de Fargeat absorbe el mood de una urbe que es a la vez deslumbrante y espectral, donde la luz de neón no ilumina, sino que devora. Sus calles parecen existir en un estado de tensión permanente, una superficie brillante que esconde un abismo de cuerpos descartados y sueños que han sido triturados por la industria del entretenimiento. En este sentido, Elisabeth Sparkle no deja de ser otra versión de Nikki Grace (Laura Dern en Inland Empire), atrapada en una espiral de transformaciones que la acercan más al monstruo que al ideal de juventud que persigue. La diferencia es que aquí, la metamorfosis no es solo psicológica, sino también física, amplificada por el horror visceral del body horror que Fargeat maneja con precisión quirúrgica.

Demi Moore y Margaret Qualley cargan con el peso de la película, desdoblándose en dos caras de la misma moneda: una mujer atrapada en el reflejo de lo que alguna vez fue, y otra que encarna el ideal que la sociedad exige sin cuestionar. La entrega física de ambas actrices es asombrosa, no solo por la transformación visual sino por cómo logran transmitir, con cada gesto y mirada, el vértigo de perderse en una imagen ajena.

Los hombres en la película, en cambio, son meros agentes de este sistema de consumo de la juventud. Su rol no es el de villanos clásicos, sino el de engranajes de una maquinaria que descarta lo que deja de brillar. En este sentido, La Sustancia es una demolición meticulosa del patriarcado del entretenimiento y de su relación con el cuerpo femenino.

Desde su estreno en Cannes, La Sustancia ha acumulado premios y nominaciones, consolidándose como un hito en el cine de género. Más allá de su impacto en festivales, la película ha generado un debate en torno a la representación de la edad en el cine y los límites de la transformación física en nombre de la belleza. En última instancia, La Sustancia no es solo un body horror de alto calibre. Es un experimento de sonido, un hyperpop visual donde el dolor y la euforia se mezclan en el remix grotesco de nuestra obsesión contemporánea. Un descenso al infierno fitness con banda sonora de gimnasio y diseño sonoro de pesadilla.