La memoria en clave de Nocturno: ‘Treasure’ y la melancolía de Chopin

Hay algo profundamente apropiado en que Treasure (2024), la tragicomedia de Julia von Heinz sobre la memoria y el duelo, encuentre en Chopin un cómplice sonoro. La película, basada en la novela Too Many Men de Lily Brett, sigue a Ruth (Lena Dunham), una periodista musical estadounidense, y a su padre Edek (Stephen Fry), un superviviente del Holocausto, en un viaje a Polonia. Lo que comienza como un intento de reconectar con las raíces familiares se convierte en un enfrentamiento incómodo con el pasado, matizado por el humor cáustico del guion y la química agridulce entre sus protagonistas.

La música incidental de Treasure, compuesta por Antoni Łazarkiewicz y Mary Komasa, envuelve la película con una emotividad sutil que acompaña sin subrayar en exceso el drama de la historia. Su banda sonora funciona bien, creando un equilibrio entre la melancolía y la ligereza que define el tono del filme. Sin embargo, más allá de esta partitura original, Treasure utiliza otras piezas musicales en momentos clave, como el Nocturno en Mi bemol mayor, Op. 9 No. 2 de Chopin, que aparece en una escena significativa y refuerza la tensión emocional del viaje de Ruth y Edek. Estos temas preexistentes no solo aportan profundidad al relato, sino que también establecen conexiones con la historia y la identidad cultural que la película explora.

Es difícil pensar en Polonia sin acordarse de Chopin, ese expatriado perpetuo cuya música lleva el peso de una tierra que nunca dejó del todo atrás. Si Treasure es, en su esencia, un road trip con destino al trauma, el Nocturno en Mi bemol mayor funciona como un GPS emocional. Es una pieza que se ha convertido en sinónimo de nostalgia refinada, con su melodía flotante y su armonía suave que parecen balancearse entre la tristeza y la dulzura.

Para Edek, que ha pasado su vida evitando mirar hacia atrás, Chopin podría ser el sonido de lo que quedó enterrado en el tiempo. Para Ruth, en cambio, representa una ventana a una historia que intenta descifrar con torpeza. En una de las escenas donde suena el Nocturno, la pieza actúa como un tercer personaje: un testigo silencioso que no juzga pero que todo lo recuerda.

Lo fascinante de Treasure es su decisión de abordar un tema tan duro y conmovedor como el Holocausto sin sucumbir al tono grave que se espera de él. El humor de la película es seco, irónico, a veces incómodamente ligero, como si intentara equilibrar el peso de su propia historia. En este sentido, la música de Chopin funciona casi como una parte del relato: donde la comedia desdramatiza, la música reintroduce la gravedad con una sutileza implacable.

En una escena clave, Ruth y Edek visitan la Casa Museo de Chopin en Żelazowa Wola, el pueblo donde nació el compositor. Mientras caminan entre los objetos restaurados y la vegetación meticulosamente cuidada, Edek, generalmente esquivo con los recuerdos, le cuenta a su hija que la madre de Chopin era una mujer feliz. Lo dice con una mezcla de ternura y resignación, como si la felicidad de alguien en el pasado fuese un concepto lejano, casi inalcanzable. Ruth lo escucha en silencio, sorprendida por la repentina calidez en la voz de su padre. Cuando salen del museo y suben al taxi que los llevará a los sitios del pasado traumático de la familia, la radio comienza a sonar. Es el Nocturno en Mi bemol mayor, flotando en el aire con una delicadeza casi cruel. Ruth observa a su padre, pero él mantiene la mirada fija en la ventana, como si no hubiera oído nada.

Tal vez esa sea la verdadera esencia de la película: un baile entre la negación y la aceptación, entre la risa y el lamento. Y en ese espacio ambiguo, Chopin sigue tocando, como si supiera que algunas heridas solo pueden explicarse a través de un lenguaje musical.