Kwashibu Area Band / Love Warrior’s Anthem (Soundway Records, 2025)

Después de poner el highlife patas arriba junto a Pat Thomas, y de convencer a medio planeta de que la música de baile puede ser elegante y contestataria al mismo tiempo, Kwame Yeboah y los suyos regresan con Love Warrior’s Anthem, un disco breve, sin prisas, que se escucha como quien mira por la ventana un domingo por la tarde. Siete canciones, poco más de media hora, y una demostración de que el groove no siempre necesita correr para llegar lejos.

Formada en Kumasi, Ghana, la Kwashibu Area Band ha sabido ganarse un sitio como algo más que banda de acompañamiento. Con Yeboah al frente —multiinstrumentista, director musical de gente como Cat Stevens o Craig David, y heredero natural del highlife gracias a su padre, A.K. Yeboah— el grupo se ha especializado en actualizar sin traicionar. En discos como Pat Thomas & Kwashibu Area Band (2015) o Obiaa! (2019), consiguieron devolver a la primera línea a Pat Thomas, con una mezcla contagiosa de sabiduría setentera, arreglos orgánicos y ritmos que invitan a no quedarse quieto.

Pero aquí el plan es otro. Love Warrior’s Anthem no apunta a la pista de baile ni al hit radial. Este es un disco de texturas. Las canciones, aunque bailables en su estructura, están más interesadas en sugerir que en exhibirse. Menos trópico, más atardecer. Menos festival, más patio interior.

Abre con Mpaebo Mu Asomdwee, un instrumental pausado, casi ceremonial, donde la guitarra eléctrica se limita a esbozar, mientras el teclado hace las veces de guía espiritual. En Sumsum Adwuma el ritmo se asienta y aparece ese bajo cálido y minimalista que parece tener todo el tiempo del mundo. Nkwanta Bisa (At the Junction) es probablemente el tema más redondo del disco: una base dub relajada, guitarras limpias y precisas, y unos arreglos de metales que entran y salen como si no quisieran molestar.

M’akoma Nnwom merece mención aparte. Es un homenaje al legendario Nana Ampadu, figura central del highlife ghanés, y también una postal personal de la infancia de Yeboah. La canción fluye en tono menor, con una cadencia hipnótica y ecos psicodélicos que remiten a una espiritualidad sin alarde.

Las tres últimas piezas —Tamale Sunsumwom, Love Warrior’s Anthem y Gyina yi3 (Steady and Firm Love)— se mueven entre el reggae elegante y el jazz despojado, con la percusión de Eric Owusu y la producción de Giuseppe “Big Finga” Coppola aportando aire y profundidad.

Este no es un álbum para escuchar con prisas ni con ruido alrededor. Es música pensada para el detalle: para detectar cómo una figura de guitarra se transforma en un patrón de teclado o cómo una línea de bajo se convierte en columna vertebral sin exigir protagonismo. No hay virtuosismo gratuito ni exhibicionismo, pero sí una precisión sutil que sólo se consigue cuando los músicos confían más en el conjunto que en el solo.

Love Warrior’s Anthem no es un regreso ni una reinvención: es una declaración tranquila de madurez. Highlife introspectivo, funk con modales, reggae de habitación con ventilador. Un disco que no tiene prisa pero sí memoria. Y que, como todo lo que hace la Kwashibu Area Band, tiene esa rara virtud de sonar relajado sin perder un solo paso.