Keren Ann / Paris Amour (Bring Back Music, 2025)

París siempre ha funcionado como una especie de decorado universal para ensamblar historias y recuerdos, un telón de fondo que ha inspirado a medio mundo: Sarah Vaughan le dedicó su voz aterciopelada, Jacques Dutronc la retrató con ironía, Joni Mitchell paseó por sus orillas, Charles Trenet la hizo eterna y Benjamin Biolay convirtió sus bulevares en canción contemporánea. Ahora es Keren Ann quien toma la palabra y publica Paris Amour, un disco que no sorprende por su atrevimiento formal, pero sí por la paradoja que encierra: cantarle a una capital que, como tantas otras, se ha vuelto cara, inhóspita y a menudo reducida a postal para turistas.

El listón de Keren Ann está altísimo desde que en 2002 entregó La Disparition, aquel álbum que consolidó su aura enigmática con canciones delicadas y un acabado de orfebrería. Su trayectoria ha sido la de una viajera incansable: nacida en Cesarea, de madre neerlandesa y padre israelí, criada entre Tel Aviv, La Haya y París, y convertida en artista cosmopolita, políglota y multifacética. Con la guitarra, el piano y hasta el clarinete a su alcance, se ha movido entre el folk-pop de raíz íntima y un pop sofisticado con inclinaciones cinemáticas, dejando discos notables como Nolita o Keren Ann, coescribiendo “Jardin d’Hiver” junto a Benjamin Biolay para Henri Salvador, o sumergiéndose en proyectos paralelos como Lady & Bird con Barði Jóhannsson. Lo suyo nunca ha sido acomodarse.

En Paris Amour se advierte una concepción casi doméstica —fue escrito y producido en su apartamento de Montmartre—, pero suena expansivo, como una banda sonora con vocación de clásico. Keren Ann produce con una precisión quirúrgica, dejando que cada arreglo respire, con ecos de la exuberancia setentera y un pie puesto en la sofisticación pop que podría haber firmado un François de Roubaix. La apertura con La Sublime Solitudereivindica el aislamiento como espacio fértil; Paris Amour es la oda declarada a su ciudad; y La Musique À Fond late con urgencia pop, elevando el poder redentor de la música con un estribillo a medio camino entre la plegaria y el mantra.

Los títulos son, como siempre, pequeñas píldoras poéticas: Les désirs fatigués des navires d’argent o Que la vie est belle dejan entrever esa ironía melancólica de quien ha vivido lo suficiente para relativizarlo todo. Y el cierre, L’Écho des Tirs, encuentra en la trompeta de Avishai Cohen un eco estremecedor que conecta París con los fantasmas de Oriente Medio. Allí, donde el dolor es inevitable, Keren Ann se empeña en plantar también una semilla de esperanza.

Con este décimo álbum, publicado justo un cuarto de siglo después de su debut, Keren Ann no solo reafirma su identidad parisina: ofrece un testimonio vital que fluctúa entre la soledad y la celebración, el duelo y la sensualidad. Paris Amour no es un monumento a París, sino un álbum que brota de sus calles, íntimo y sofisticado, como si uno pudiera mirar la ciudad desde la ventana de su casa mientras suenan discos de Nico o Suzanne Vega en el tocadiscos. Una carta de amor nada ingenua, escrita por alguien que conoce la belleza y las trampas de la capital francesa.