Ken Pomeroy / Cruel Joke (Rounder Records, 2025)

Hay discos que parecen escritos en la trinchera de los días que preceden al verano. Esos en los que la primavera se despide sin aspavientos, dejando un reguero de cielos plomizos, recuerdos sin ordenar y una brisa que ya no refresca, pero tampoco abrasa. Cruel Joke pertenece a esa familia: un álbum con las manos manchadas de tierra y un oído afilado para el silencio. Ken Pomeroy, joven trovadora de Moore (Oklahoma) y sangre Cherokee, firma aquí una de esas obras que no buscan epatar sino acompañar. Como si Gillian Welch y Townes Van Zandt se hubieran encontrado en una cantina vacía para compartir cicatrices.

A los 22 años, Ken Pomeroy lleva más vida cantada que muchos veteranos. Criada entre el ukelele barítono y los discos de James Taylor, debutó a los 14 con Hallways y se ha curtido en festivales como el Woody Guthrie o el SXSW, siempre con la palabra como brújula y el folk como lengua franca. Pero lo que realmente distingue a Pomeroy es la forma en que su herencia Cherokee se filtra en cada verso: no como una bandera, sino como un humus narrativo. Como quien no necesita proclamarlo porque ya lo es. En Cruel Joke, esa herencia toma forma en animales que son metáforas, en paisajes interiores con olor a tierra mojada, en un uso del relato que entronca con la oralidad ancestral.

Producido por Dakota McDaniel, Gary Paczosa y Colton Jean, el álbum se mece entre guitarras acústicas, pedal steel discreto y percusiones que entran como un pensamiento lateral. Las canciones —doce, ni una más ni una menos— funcionan como un cuaderno de bitácora emocional, un intento de poner en orden lo vivido sin necesidad de conclusiones. “Supongo que una broma cruel es todo lo que podemos permitirnos”, canta en Pareidolia, una de esas piezas que empiezan como un bostezo y acaban como un grito contenido. Cicadas, por su parte, es una letanía abrasiva que se hizo viral tras aparecer en Reservation Dogs. Si alguien ha conseguido que el zumbido de una cigarra suene a infancia perdida, es ella.

Pero el corazón del disco está en Coyote, donde comparte créditos con John Moreland, y en la que canta con voz quebrada: “Sé que soy el coyote / Muerdo solo porque tengo miedo”. Pomeroy no se disculpa por su herida, la habita. Como si supiera que ser quien eres implica, a veces, caminar por la cuerda floja.

Hay canciones que duelen (“Stranger”, “Dogs Die”), otras que arañan (“Wolf in Sheep’s Clothes”), alguna que roza lo confesional con una ternura incómoda (“Flannel Cowboy”) y una que homenajea a su perro Wrango con más dignidad que la mayoría de obituarios humanos. Ninguna sobra. Incluso Rodeo Clown, que parece un guiño lúdico, guarda su pequeña derrota entre cuerdas.

En un país donde el presidente gobierna a golpe de consigna y desprecio, y donde el folk muchas veces se ha visto reducido a cliché boutique, figuras como la de Ken Pomeroy adquieren una dimensión política sin necesidad de panfletos. Su música no busca redimir ni salvar, pero en su honestidad hay una forma de resistencia: cantar lo que duele, sin anestesia ni disfraz.