El jazz siempre ha tenido un romance tórrido con el color azul. Está en su ADN: del Kind of Blue de Miles Davis al lamento melancólico de Billie Holiday, y ahora, en pleno 2025, Kelela se suma a esta tradición con In the Blue Light, un álbum en vivo grabado en el icónico Blue Note de Nueva York. Más que un simple registro de sus presentaciones, es una postal sonora de la hora azul —ese fugaz instante fotográfico donde la luz natural aún pelea su última batalla contra la noche— y sí, también un guiño travieso al género que impregna cada rincón del club donde nació este disco.
Desde sus primeros acordes, In the Blue Light es un regreso a lo esencial, como si Kelela, después de las exuberantes producciones de Raven (2023) y su remixes en RAVE:N (2024), hubiera decidido apagar los sintetizadores, bajar la bola de espejos y quedarse, literalmente, con las luces bajas. Su voz, siempre etérea pero nunca distante, toma el control absoluto, escoltada apenas por arreglos de piano, contrabajo y batería que recuerdan que, por muy futurista que haya sido su trayectoria, siempre ha tenido un pie en el pasado.
Hay algo casi cinematográfico en este álbum, como si cada canción fuera una escena de un noir urbano dirigido por Wong Kar-wai (si Wong alguna vez se atreviera a poner un R&B de íntima intensidad en lugar de un bolero en sus bandas sonoras). Los temas de Take Me Apart (2017), como LMK y Blue Light —ahora más introspectivos que nunca—, se transforman en confesiones íntimas frente a un público que apenas se atreve a respirar. Y cuando llega su reinterpretación de Furry Sings the Blues de Joni Mitchell, uno no puede evitar imaginar a la esfinge sonriendo con aprobación en algún rincón, pensando: “Sí, eso es exactamente lo que quería decir”.
El álbum también es un testimonio de la evolución de Kelela. De los días en que experimentaba con el grime en Cut 4 Me (2013) a sus inmersiones electrónicas en Hallucinogen (2015), siempre ha sido una alquimista sonora. Aquí, sin embargo, se entrega por completo al momento, a ese cruce entre la vulnerabilidad y el poder que ha explorado a lo largo de su carrera. Y si bien el documental sobre la grabación de estas sesiones promete mostrarnos el proceso detrás de esta obra, In the Blue Light ya revela todo lo necesario: una artista en su elemento, interactuando con su público con la naturalidad de quien sabe que el verdadero encanto del directo no está en la perfección, sino en la honestidad.
Quizás lo más relevante de este álbum no sea su ejecución impecable, sino la manera en que Kelela logra capturar algo tan intangible como una atmósfera. Si el jazz siempre ha sido azul, In the Blue Light es su tono más puro: el azul de la hora mágica, donde todo parece posible, incluso que una artista que construyó su carrera en el futuro encuentre su momento más brillante en un formato tan clásico.
Porque al final, ¿no es eso lo que hace grande a un disco en vivo? Esa conexión instantánea, esa sensación de que podrías cerrar los ojos y encontrarte ahí mismo, en una mesa del Blue Note, con un cóctel en la mano y la certeza de que, aunque la noche sea breve, la música la hará infinita.


