Kathryn Williams / Mystery Park (One Little Independent, 2025)

Las despedidas del verano, en la voz de Kathryn Williams, suenan como una caricia resignada. En Goodbye To Summer, el segundo corte de su nuevo disco, la cantante inglesa parece asumir que la luz declina pero el tiempo —ese personaje implacable— sigue su curso. Mystery Park (One Little Independent, 2025) nace precisamente en esos márgenes: los silenciosos de la maternidad y la memoria, los lugares donde una mujer de 51 años observa el crecimiento de sus hijos mientras acompaña el envejecimiento de sus padres. En ese “puente”, como ella lo llama, florece un álbum que medita sobre la soledad, la esperanza y el paso del tiempo, pero también sobre el acto de guardar silencio ante lo que importa. “Para cualquiera que haya sentido algo y lo haya mantenido en silencio”, escribe Williams. Es difícil imaginar una dedicatoria más honesta.

Más de veinticinco años después de aquel debut de 80 libras —Dog Leap Stairs (1999)— y de su nominación al Mercury Prize por Little Black Numbers, Williams continúa moviéndose en su propio eje. Ha trabajado con Carol Ann Duffy, Paul Weller o Dan Willson (Withered Hand), pero su brújula no apunta a la exposición, sino a la intimidad. Si Night Drives (2022) la llevó a terrenos más oscuros y electrónicos, Mystery Park es un regreso a la tersura acústica de Old Low Light y Relations, donde la voz se posa sobre cuerdas y silencios con un dominio sereno. No hay artificio: sólo canciones que parecen escritas a la hora del té, mientras la lluvia cae al otro lado del cristal.

El título remite a un parque real de Liverpool, donado por un benefactor anónimo que su padre evocaba en los paseos familiares. Esa historia germina en This Mystery, una de las piezas más conmovedoras del disco, donde Williams aborda la demencia paterna con la imagen de un “disco roto en la carretera”. La canción, sin embargo, no se regodea en la pérdida: halla consuelo en la permanencia de la música (“Tu voz sigue siendo la misma bebida / dulce y larga”). Como si la melodía, incluso fragmentada, pudiera mantener la memoria en pie.

El álbum abre con Thoughts of My Own, una especie de autorretrato doméstico con un toque de humor británico: “estos días no paso del porche / soy tan útil durante el día, como una antorcha”. Le sigue la ternura expansiva de Sea of Shadows, escrita para su hijo mayor, donde la sabiduría materna se filtra entre camisetas de MF Doom y zapatos talla 13. En Personal Paradise, la inspiración viene de su perra Lucy ladrando al otro lado de la valla, una postal cotidiana que deviene meditación sobre la aceptación de la propia carrera artística: “cultivar un terreno propio y marginal” como quien cuida un jardín fuera del mapa.

La instrumentación, sobria y minuciosa, se sostiene en las guitarras de Leo Abrahams y Neill MacColl, la batería contenida de Chris Vatalaro y las apariciones de Ed Harcourt al piano y Emma Smith al violín. Entre los colaboradores también figuran Paul Weller, Polly Paulusma y Beth Nielsen Chapman, que aportan matices de calidez y melancolía al conjunto.

La portada, pintada por la propia Williams, reinterpreta el patrón willow de la vajilla de té de su abuela. Más que un adorno, funciona como mapa de recuerdos: cada trazo conecta con una canción, cada color con una emoción. Mystery Park es así un álbum-collage, tejido de pequeñas piezas que juntas conforman una vida observada con ternura y sin prisa.

No hay giros espectaculares ni baladas de lágrima fácil. Williams prefiere la contención al desgarro, la compostura al dramatismo. En tiempos de ruido, esa moderación resulta casi radical. Mystery Park no provoca cosquilleos alarmantes, pero ofrece un refugio amable ante las primeras lluvias del otoño: un lugar donde quedarse un rato, cerrar los ojos y dejar que la música —como los recuerdos— haga su trabajo.