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Juana Molina.

El misterio sigue reposando en las canciones de Juana Molina. Un misterio que esta músico argentina, de biografía con poderoso poso artístico y una trayectoria erigida sobre una concepción muy particular de la canción, inoculó con sutileza y precisión en ‘Halo’ (Crammed Discs, 2017). Una obra mayor que sigue creciendo a medida que la autora de discos pretéritos como ‘Son’ (Crammed Discs, 2006) o ‘Wed 21’ (Crammed Discs, 2013) reinterpreta sus temas en directo, estrechando vínculos antes no atisbados con su propio sonido. Atrapando al vuelo el hueso de sus recientes experiencias artísticas, que parten de sus relaciones con la música africana  y que transitan por su confraternización con el pop anglosajón menos complaciente para configurar una puerta de entrada a un universo tan particular como excitante.

En directo da la impresión de que te desprendes un poco de la sofisticación para dar paso a un sonido cercano al kraut alemán y al pop obtuso y cubista de bandas como Deerhof. 

A mí me parece que una vez que cada uno de nosotros termina de hacer las cosas, los demás las comparan con las referencias que tienen. Yo nunca lo había pensado, pero no porque no me lo parezca sino porque no se me ocurrió.

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Portada de ‘Halo’

¿’Halo’ es un disco tan inacabable que aún tiene tanto por contar en directo?

Las canciones siguen creciendo de algún modo. En el caso de ‘Halo’, creo que los temas en vivo cobran otra fuerza, otra intención. Lo que aparece en el disco viene de cuando uno busca para ver que pasa, va tanteando el camino para ver donde va. Entonces lo que queda plasmado en el álbum es ese ir hacia la canción. Es una especie de camino horizontal, mientras que en directo es algo vertical sobre la misma canción que se va construyendo. Es como que de golpe se pone en 3D, una energía que viene de tocar algo que ya sabes cómo es pero que se resuelve con otra intención. En mi caso esa intención siempre es muy distinta, en los discos aparecen esbozadas las canciones y en el directo se despiertan.

¿Crees que las canciones mutan con el tiempo? ¿Tus experiencias vitales de un tiempo a esta parte pueden influir en que las canciones de ‘Halo’ hayan cambiado un ápice meses después de haber sido registradas y publicadas?

Te diría que no cambiaron esencialmente. Algunas van mutando de a poco. Ahora estamos tocando con un baterista nuevo y aparecen algunas cosas nuevas, ya que es inevitable que cada músico vaya aportando. Al principio me cuesta asumir esos cambios, ya sea de sonido o de intención. En ese caso rebobino y hago un recálculo y prefiero ir por el camino que sale más naturalmente que tratar de forzar el trayecto que yo tengo en la cabeza.

Decía Antonio Machado que “la inseguridad es la madre de los poetas y su musa la desconfianza”. ¿La música de Juana Molina es hija de la incertidumbre, de la creencia de no darlo todo por hecho y hacer de la búsqueda su fin?

Sí, absolutamente. Cada vez que hago un disco digo “ya está, esto es lo último que hice” y en el momento después, justo al empezar otro, creo que no va a resultar nada. Además, pienso que la inseguridad es la madre de todo lo que pasa. Es un tema que me persigue muchísimo, aunque, respecto a la desconfianza – en especial hacia uno mismo – no estoy tan segura. Creo que es más bien un estado al que hay que llegar y lo que más me cuesta es eso. Salir del trance que supone grabar un disco y volver a entrar de nuevo en ese mundo es bastante difícil, pero en el momento que lo haces, las cosas pasan solas.

¿Cambiará mucho tu set de Barcelona con respecto a lo que realizaste en la edición del Sonar de 2017 o lo que funcionó como un reloj mejor no tocarlo?

Ese reloj tiene otras piezas porque el batería, como te comenté antes, es otro (Pablo González) y el sonido cambia. Pero creo está igualmente bien ajustado, es otro reloj (ríe). Recién comenzamos a tocar con Pablo y tenemos varios shows antes de tocar en Barcelona y creo que estará bastante “ajustadito”.

atonalQueda claro que al auge (comercial) de la música latinoamericana contemporánea viene dado por el baile y los géneros que orbitan a su caza y captura (reggaeton, trap, rap…) pero también es necesario reivindicar un espacio para aquellas propuestas que hurgan en lo ancestral y buscan una expresión menos epidérmica. ¿No crees?

Todo lo que está tan lejos de mí. Me parece muy importante el baile y no solo los ritmos latinoamericanos son los que hacen bailar. El ritmo es una cosa muy compleja, por cómo te puede tocar una fibra que te saca a bailar o no. Hay gente que baila con los Rolling Stones, sin embargo yo oigo a los Rolling Stones y no se me mueve un pelo. La sensibilidad del baile es muy personal, por lo menos en mi caso, y en otros casos muy cultural. En ocasiones está muy instalado en el inconsciente colectivo, y que con tal o cual música se baila. Yo creo que con esa tal o cual música se mueven pero no sé si bailan. En cuanto a lo ancestral, la música que más te puede hacer bailar es la africana. También hay mucha música anglosajona tradicional que me provoca el mismo efecto. Música que comparte raíz con ciertas tradiciones del norte español. Cuando visité Galicia no parecía que estuviera en España; tengo sangre gallega y hay algo en esas músicas tradicionales, muy hipnótico que provoca un baile más suave pero incansable, interminable. Es algo que te va llevando y no puedes parar de moverte. El tema del ritmo es muy misterioso: cómo algo con los mismos ingredientes te puede hacer bailar o no. Creo que depende esencialmente del entramado entre los pulsos del ritmo fundamental. Dicen: “el bombo a tierra, el plato arriba y un hi-hat subdividiendo”, eso puede ser buenísimo o puede ser aburridísimo. Que funcione o no depende de la trama que se vaya armando, de como sea la línea de bajo o de como haces que todo eso de golpe, vibre. Y no lo podría explicar, lo puedo sentir nada más.

Tuve la oportunidad de entrevistar a tus compatriotas Weste, quienes abrieron para ti un show en el Teatro Vorterix de Buenos Aires. Ellos son un claro ejemplo del acierto al colisionar folk y paisajes contemporáneos mecidos por la electrónica. ¿Ves ahí un futuro para la música popular?

Me parece que lo popular es lo que funciona en el momento. Lo que la gente necesita y de repente se hace popular. En mi caso, no me gusta utilizar instrumentos folklóricos o tradicionales porque son demasiado característicos y te sitúan en determinado lugar inmediatamente. Es como tirar unas estacas que te dejan fijo en un sitio muy concreto. Prefiero la abstracción en la música, no saber muy bien donde estás y que se arme un universo nuevo en el que te puedas mover o no, que tengas que entrar en él para hacerlo con soltura. Esas influencias tan evidentes únicamente te dejan orbitar alrededor de un lugar muy específico. Aunque no digo que eso esté mal, tan solo que yo no lo haría. Prefiero la sorpresa.

Parece que con Instagram has encontrado un medio complementario con el que sazonar tus propuestas audiovisuales y tener un contacto directo con tus seguidores. ¿Las herramientas son buenas y efectivas si la premisa al usarlas es la conveniente?

Las herramientas no tienen juicio, no hacen lo que ellas quieren. Eso sí, no me gustan utilizar muchas plataformas porque me agota. Facebook es más complicado y nunca llegué a tener una relación muy buena con él. Con Instagram me siento mucho más cómoda, pienso que es más directo, hay que dar muchas menos explicaciones y me gusta el formato. La gente no dejaba de recomendármelo pero lo descubrí tarde. Me parece más íntimo que Facebook, más directo y a la vez más misterioso, como abrir una rendija más finita por la que se ve más.

Muchas de tus canciones apelan al inconsciente, estoy pensando en ‘Lentísimo Halo’ o ‘Cálculos y oráculos’ . ¿En qué manera crees que pueden perder efectividad en su traslación al directo? ¿Existe algún truco escénico para fomentar la hipnosis colectiva o todo está en el sonido?

Todo está en el sonido, pero cuando hacemos shows en Buenos Aires o el resto de Argentina, donde podemos viajar con nuestro productor de sonido en directo, creamos un clima de luces bastante fuerte. Cuando viajamos lejos, como en el caso de Barcelona, le cedemos el rider de luces a un iluminador que creará cierto clima pero ajeno a lo que hace nuestro iluminador local, quien está más apegado a la música. Aún así creo que lo importante es la música y no hay que invadir con las luces.

¿Crees que la música que intenta ir dos pasos más allá, al aplicar un concepto o dirigirse a un oyente atrevido y cultivado, va a seguir sumando público o es una costumbre reservada para generaciones anteriores y que se diluirá con el tiempo?

El promedio de edad del público que viene a mis conciertos es de 30 años e incluso más jóvenes. Una semana antes de los shows me llaman todos mis amigos para pedirme entradas para sus hijos. Vienen los hijos de mis amigos (ríe) y creo que cada vez tengo un público más joven, lo que me da la sensación de haber acertado y estar al día. Creo que muchísimo más que hace cinco o 10 años. Hay algo en mi sonido, que no sé bien que es, que hace que funcione en lo que emerge y no en lo que cae. Eso me da alegría y después alivio.

 

 

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